ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

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ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Dom Ene 31, 2010 2:00 am

ZKIII||Terceras partes nunca son buenas 100



55. Punto y aparte





—¡Vamos! Ya falta poco!
—¡No puedo! ¡Aaaah!
—Un poco más.... Tendremos que sedarla ¡Rápido!




Gabriel estaba sentado en frente de su ordenador portátil, intentado adivinar que código html no estaba bien configurado. Marisa llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
—¿Qué haces? —dijo Marisa con sueño.
—Estoy terminando un proyecto que me pidieron en la Universidad. Enseguida termino —dijo cerrando las ventanas de algunos juegos con los que se entretenía a ratos.
—Bueno, me voy a la cama.
—¿Quieres... —dijo Gabriel sin continuar la frase.
—No sé —dijo Marisa indiferente—. No estoy muy animada.
—Pues yo te animaré —rió Gabriel. Aquella frase provocaba un cambio de actitud en Marisa, pero aquella vez no lo hizo.
—Emmm... Gabriel. Tenemos que hablar —dijo sentándose en una silla que había al lado.
—Vale —dijo Gabriel al que le cambió la expresión del rostro—. Eso suena mal ¿Lo sabes?
—Bueno, no te asustes... es que... seguramente no es nada pero...
—¿Qué ocurre?
—Verás, ¿Te acuerdas que te dije que iba a tomar pastillas para... —Marisa tampoco terminó la frase.
—Sí, qué pasa ¿No te encuentras bien?
—Eh, no, no es eso. Es que... cuando acabó el mes me di cuenta que me dejé una pastilla. No le di importancia... El caso es que... hace días que no tengo...
—Entiendo —dijo Gabriel. Hoy muchas frases no se iban a terminar.
—Repito, no creo que me pase nada. Pero... bueno, prometimos no callarnos las cosas ¿no?
—Sí —rió Gabriel.
—Me voy a la cama —dijo Marisa.
—Enseguida vengo —dijo Gabriel que volvió a concentrarse en el ordenador. Aunque justo después de escuchar el sonido de la puerta cerrándose, perdió la concentración.




Gabriel caminaba por un pasillo del hospital cuando escuchó los pasos de alguien.
—Gabriel —dijo la voz de una mujer. Era su madre.
Corrió hacia él. Estaba muy contenta y algunas lágrimas salían de sus ojos. Gabriel la abrazó.
—¿Cómo está el niño? ¿Y Marisa? —preguntó la madre que de repente se preocupó.
—Bien, bien... Marisa está recuperándose. El parto ha sido agotador. Tuvieron que sedarla —dijo Gabriel mirando hacia una habitación llena de incubadoras.
—¿Está aquí? —preguntó la madre.
—Ahora mismo la enfermera está con él.
La madre se rió.
—¡Qué bonito! Se parece a ti.
—Eso es algo contradictorio... —intentó bromear Gabriel.
—¿Y tú? ¿Estás bien?
—Sí... hace horas que no como.
—¡Tienes que comer, hijo! Ahora tienes que cuidar de este pequeñín.
—¿Y si os invito? —dijo otra voz. Era Dani.
—¿Hijo? —dijo la madre sorprendida—. ¡No sabía que habías vuelto.
—No podías. Pero Gabriel me llamó. Y aquí estoy.
Los dos hermanos se abrazaron.
—Y pensaba que ibas a morir virgen —dijo Dani.
—Créeme, no eres el único que pensaba eso —dijo la madre.
—¡Mamá!
—Es broma —rió la madre.
—Bueno, venga. Que os dije que invitaba —dijo Dani—. Tengo noticias nuevas.
—¿Qué tipo de noticias? —preguntó Gabriel.
—Digamos que... José tendrá un primo.




Música: Lo mismo

Melafó estaba intentando grabar una canción en el estudio. Era el turno de Hyun Suk en la guitarra, ya que grababan los instrumentos por separado. Habían “compuesto” otra canción e inmediatamente querían ver como sonaba en el estudio.
—Oye. Estas letras no están nada mal —dijo Bertu, que “compuso” la música.
—Lo sé —dijo Willy—. No es mía.
—¿Cómo que no es tuya? ¿La copiaste?
—No. La escribió Hyun Suk.
—¿Hyun Suk? —dijo Bertu observando a Hyun Suk en el interior de la sala de grabación.
—Sí, ayer me la pasó por Messenger.
—A lo mejor la ha sacado de algún sitio.
—No lo creo, mira como está tocando. La ha escrito él. Había bastantes faltas de ortografía.
—Entonces me lo creo —dijo Bertu.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció Blestal, con una chaqueta negra que hacía juego con sus gafas. Iván y Dani salieron de la sala donde estaban ensayando (eran los siguientes a pasar por grabación).
—Nas —dijo él ajustándose la chaqueta.
—¿Blestal? ¿Qué haces aquí¿ —preguntó Willy.
—El 25% de esta discográfica es mía, así que me voy pasando por aquí.
—Hola Kike —dijo Iván.
—No vuelvas a llamarme así —dijo tajante.
Iván asintió y salió de la habitación.
—Un momento ¿Quién eres tú? —dijoseñalando a Bertu.
—Bertu —dijo él ofreciéndole la mano para estrecharla. Blestal no se movió.
—¿Y eres...?
—Se ha reincorporado con nosotros —dijo Dani.
—Así que ahora sois cinco, ¿eh?
—Sí —dijo Willy.
—Hemos pasado de los Jonas Brothers a Simple Plan. Perfecto —dijo con arrogancia—. Me tengo que ir. He quedado con un socio.
Al salir por la puerta, Bertu abrió la boca.
—¿Qué les pasa a Simple Plan? —dijo Bertu.
Y entonces se fijaron en Hyun Suk que seguía tocando la guitarra dentro del estudio y que no se enteró de nada.
—¿Tenéis hambre? —os invito a una hamburguesa.
—Sí, vamos —dijo Iván que ya salió de su escondite.

En Hong Kong, aunque se encontraba en el hemisferio norte, por aquellos días llegaban tranquilamente a los veinte grados. José estaba observando la calle por la ventana.
—No te vayas a caer, hermanito —dijo una voz desde la entrada de la habitación—. Vamos, tenemos que irnos.
—¿Ya? —dijo José girándose. En su mejilla aún tenía la cicatriz que se hizo días atrás en una pelea.
—Captura los billetes —dijo Ronald entrando en la habitación.
José dudó.
—¡Vamos! —dijo Ronald mostrando una pistola a su hermano.
Finalmente, José capturó las dos bolsas deportivas llenas de billetes y subió al coche que los esperaba en la entrada de aquella casa.


Última edición por Bertu el Dom Ene 31, 2010 9:36 pm, editado 1 vez

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Dom Ene 31, 2010 2:32 am

56. Hong Donkey Kong

José abrió los ojos. El intermitente de su vehículo le despertó. Tenía pequeños trozos de cristal esparcidos por la cara. Intentó levantarse, pues su rostro estaba pegado en el poco cristal que aún no había caído. Notó el aire frío.

No consiguió levantarse. Entonces vio que algo iba mal. Su coche estaba al revés. Rompió el cristal de la ventana y logró salir al exterior. Delante de él se apreciaban dos coches idénticos quemándose. En realidad, solo había uno. Estaba viendo doble.

Intentó acercarse a él. Tenía un brazo roto. En el interior de aquel vehículo se encontraba una mujer de la misma edad que José. Apurándose, intentó sacarla de ahí. Ahora intentaba ser el héroe, intentando equilibrar el karma con aquello que había hecho y empezaba a recordar.

De repente, unas sirenas le asustaron. Se acercaban unas luces rojas y azules parpadeantes. José, desistió de salvar a la chica y se dirigió corriendo hacia un espeso bosque. Fue entonces cuando escuchó la explosión. El coche que iba impactado a gran velocidad había volado por los aires (capítulo 24).




—¿En qué piensas José? —preguntó Ronald a su hermano. Se encontraban en el interior de un taxi encubierto. Ronald golpeó el brazo que José aún tenía adolorido de días anteriores. José volvió en sí.
—En nada —dijo finalmente—. ¿Puedo preguntar a donde vamos?
—Ya lo has hecho —dijo Ronald sacando un puro de su reluciente traje blanco—. Pero eso no significa que te vaya a responder.
El conductor del taxi miró hacia el retrovisor y gritó unas palabras. Aceleró.
—¿Qué ha dicho? —pregunto José mirando a su hermano.
—Nada, un pequeño contratiempo.
José se giró. Un coche patrulla los estaba persiguiendo con las sirenas puestas. Los estaba alcanzando.
—Te han pillado —dijo José.
—¿Es que te alegras? —rió Ronald—. Tranquilo, todo está controlado.
José vio como un coche a una elevada velocidad se acercaba hacia ellos. Ronald pronunció unas palabras en chino. El conductor del taxi asintió y se desplazó a la derecha, de modo que el vehículo que les iba de frente pudo pasar sin problemas. José se giró y vio como el vehículo desconocido chocó brutalmente con el coche de policía.
—¿Ves? Tan solo un contratiempo. Tengo las espaldas bien cubiertas —dijo Ronald encendiendo el puro.
José no sabía que decir. Se acomodó en el asiento. El vehículo volvía a tener una velocidad normal.
—Tienes que hacer algo —dijo finalmente Ronald.
—Eso no significa que vaya a hacerlo —dijo José siguiendo el juego a su hermano.
—Te equivocas —sacó un papel y un bolígrafo de su traje.
—¿Y eso?
—Quiero que escribas una carta a tu novia. Dile que un pariente te ha ofrecido un trabajo en el extranjero y que sientes mucho no haberte despedido de ella.
—¿Novia? ¿Te refieres a Marisa? Ya no somos novios.
—Entonces mejor. Nadie te echará de menos... O ¿me equivoco?

Salva se dirigió hacia el apartamento de Gabriel. Tocó el timbre. Apareció Gabriel abriendo la puerta acompañado de una bolsa de patatas fritas.
—Hola —dijo Salva—. ¿Cuánto tiempo, eh?
—Pues sí —dijo Gabriel capturando unas cuantas patatas y comiéndoselas.
—Creo que has engordado.
Gabriel dibujó una leve sonrisa y pasó la bolsa a su amigo que esperaba en la puerta.
—Vamos, entra.
Salva obedeció y entró en el interior del apartamento.
—Vaya... es muy... muy...
—Muy desordenado. Lo sé.
—Bueno... iba a decir muy Gabriel, pero sí, muy desordenado.
Los dos se quedaron en silencio.
—¿Y cómo va? —dijo Salva.
—Bien... bien... —dijo Gabriel asintiendo con la cabeza a lo que Salva hizo lo mismo.
Se callaron otra vez.
—Oye... ¿te vas a comer las patatas? —preguntó Gabriel que observó que Salva no las tocaba aunque las tuviera en las manos.
—¿Las qué? Ah, no, no. Toma.
Gabriel capturó la bolsa.
—Gracias —dijo Gabriel comiendo otra vez.
—¿Vas a preguntarme cómo va?
Gabriel no sabía que decir.
—¿Cómo va, Salva?
Salva se abalanzó sobre su amigo e hizo que ese no tragara bien una patata.
—Tío, no sé que me pasa. Laura y yo no conectamos. Yo la quiero, supongo... y ella me quiere a mi, supongo... nos acariciamos, nos besamos, nos... bueno, solo nos besamos, no hemos llegado más lejos, supongo porque yo no he tomado la iniciativa, pero eso no es lo que quería decir. Lo que... lo que sucede es que cada vez que quedamos no sabemos de lo que hablar ¿Me entiendes? Es decir, o nos estamos besando o tenemos conversaciones absurdas que no van a ningún lado. Quizás es que soy un pesado y un aburrido pero... no, no creo que sea eso porque si fuera así, ya me hubiera dejado... ¿o no?
Gabriel finalmente logró respirar después de casi morir atragantado.
—No lo sé, Salva.
—Por favor... necesito tu ayuda. No quiero que Laura me deje.
—Es irónico como ha cambiado la cosa —susurró Gabriel.
—¿Qué has dicho? —dijo Salva.
—Nada, nada.
—Oye ¿No me puedas dar un consejo o... algo?
—Bueno... seguro que tenéis algo en común ¿no? Ya sé que Laura y tú sois muy diferentes pero... —señaló a Salva con el dedo—. Ambos sois humanos ¿Ves? Ya no sois tan diferentes.
—Así que tengo que buscar lo que tengo en común con ella. ¡Claro! Gracias tío. Te besaría si no fuera porque tienes una patata en la barba... ¡Nos vemos! Adiós.
Salva se despidió y salió del apartamento.
—¿Salva besándome? Ya se me ha pasado el hambre.

Placebo – Battle for the Sun

El taxi capturó un camino secundario y se dirigió hacia una misteriosa guarida. Se trataba de una gran casa que prácticamente no tenía ventanas y que la mayoría de su terreno era un bosque que acorralaba toda la propiedad, protegida por un muro de piedra que hacía que aquello más bien pareciera un castillo.
—Gracias Donkey —dijo Ronald capturando el hombro del taxista que asintió y detuvo el coche.
Ronald abrió la puerta y José hizo lo mismo.
De repente, Ronald capturó la pistola y disparó sin traición en la cabeza del taxista que no tuvo tiempo de reaccionar. Una gran manche de sangre se esparcía por todo el vehículo. Incluso el traje blanco de Ronald quedó manchado.
—Tendré que llevarlo a la tintorería —susurró.
José quedó estupefacto.
—¿Qué? Ni que fuera la primera vez que asesino a alguien. Incluso tú mataste a una chica ¿O es que no te acuerdas?
—Estás loco... —dijo José reculando.
—No... me hice pruebas. Solo destaco por tener una pistola —observó el muro de piedra—. Ah, bienvenido a la casa de campo.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Lun Feb 01, 2010 10:19 am

57. La fiesta de Soledad

Sole estaba esperando sentada en su mesa observando como su madre terminaba de poner todos los platos y vasos de plástico. El salón estaba completamente decorado. Su madre había pensado en todos los detalles, bueno, en casi todos.
—¿Cuando llegarán? —preguntó Sole mientras hacía una mueca. Eran las seis de la tarde y aún no se había presentado nadie.
—Tranquila. Ya vendrán.
Sole volvió a observar la mesa, completamente decorada pero vacía.
—¿Hiciste la tarta? —preguntó Sole preocupada.
—Sí —contestó la madre—. ¿Quieres que la ponga a la mesa?
—No, no. Que se va a resfriar.
—Está bien —rió levemente.
Entonces la madre se detuvo un momento.
—Casi me olvido —dijo abriendo una pequeña caja y ofreciéndola a su hija.
—¿Qué es? —preguntó Sole.
—El regalo de papá.
—¿No podrá venir a mi fiesta?
—Lo siento cielo —dijo la madre acariciando a Sole—, ya sabes los horarios que tiene.
—¡Me da igual! —dijo ella tirando la caja al suelo— ¡No va a venir nadie!
Llorando, subió hacia las escaleras.
—¡Soledad! ¡Soledad!




—¡Soledad!¡Soledad! —gritaba la madre.
En el piso de arriba se escuchaba un sonido constante.
—¿Qué estará haciendo? —rechistó la madre—. Perdona a mi hija, cielo, pronto bajará.
—No hay problema —dijo Magui esperando en la puerta.
—¡Lorena Soledad! —gritó finalmente la madre.
—Ya bajo —dijo ella arreglándose el pelo hacia atrás.
—Hola —dijo Magui.
—Hola, Magui.
—¿Vamos?
—Sí, quiero ver a los payasos...

El sótano estaba más activo que nunca. Dani, con la ayuda de Bertu, ya se había llevado la batería de allí. Iván y Hyun Suk estaban afinando las guitarras e intentaban tocar sincronizados por primera vez en la vida.
—Vamos, que esto no es el estudio —dijo Iván molesto—. Tenemos que tocar al mismo tiempo. Jun-tos.
—Eres tú el que va demasiado rápido. Así que cálla-te.
—No se separa así por sílabas.
—¿Eh?
—Nada, da igual.
—Venga chicos. Dentro de dos horas tenemos que estar encima del escenario llenos de ropa interior femenina —dijo Willy apareciendo.
—Amén —dijo Hyun Suk.
—¿Quién tiene los amplificadores? —preguntó Willy.
—Hyun Suk —dijo Iván.
—No, los tenías tu —dijo Hyun Suk.
—Vale... —dijo finalmente Iván—. ¿Cuanto cuestan los amplificadores?

—¡Estoy en casa! —dijo Gabriel poniendo la chaqueta en el sofá—. En casa, suena bien. ¿Marisa?
—Un momento, estoy en el baño.
La puerta del lavabo se abrió. Salía Marisa con una cara de preocupación y con un pequeño aparato en la mano.
—¿Ocurre algo? —dijo Gabriel también preocupado.
—Es... es la prueba de embarazo —dijo Marisa con la mano temblando.
—Y qué... dice... —preguntó Gabriel.
—De momento no indica nada —dijo la joven mostrando el aparato a su novio.
Se oyó un pitido. Luego varios.
Marisa capturó la mano de Gabriel.
—No estás embarazada —dijo una voz mecánica que procedía del interior del aparato.
Los dos se quedaron atónitos.
—Es lo más bonito que me han dicho nunca —dijo Marisa sorprendida.
Gabriel y Marisa se abrazaron.
—Lo siento Gabriel, lo siento... —dijo arrepentida.
—No, no lo sientas —dijo Gabriel tranquilizándola—. No tomes más las pastillas. Ya me ocuparé yo.
—No, Gabriel. Somos una pareja...
—¿Y qué? ¿Crees que tomando la pastilla demuestras que me quieres más? No, Marisa... Déjamelo a mi ¿vale? No me importa ir a la farmacia y guiñar un ojo al farmacéutico diciendo que quiero aspirinas.
—¿Seguro que no te molesta?
—Al contrario. Es incluso un poco morboso.
Marisa se rió.
—Bueno, si es así.... espero que el morbo llegue íntegro en casa.
—No hay problema —rió Gabriel—. ¿Qué hora es?
—Hora de la guerra —rió Marisa.




—¡Soledad, por favor, baja! —gritaba la madre de Sole. Su hija seguía encerrada en su habitación.
—¡No! ¡Es mi cumpleaños y no ha venido a nadie! —sollozó Sole.
—¡Ven, baja! ¡Hay alguien que ha venido a verte!
—¡Es mentira! ¡No hay nadie que quiera verme!
Se oían los pasos por las escaleras. Alguien se dirigía a la habitación de Sole.
—¡No quiero que me vea nadie! —dijo Sole acurrucándose en su cama y protegiéndose con un enorme osito de peluche.
La puerta se abrió.
—Hola, Sole —dijo la pequeña Magui.
Sole se desprendió del osito aún con lágrimas a los ojos. Se acercó a ella.
—Magui... ¿Has venido a mi fiesta?
Magui asintió con la cabeza y dibujó una leve sonrisa.
—Toma —dijo ofreciéndole un regalo—. No es gran cosa, pero espero que te guste.
Sole abrió la caja mientras aún sollozaba. En el interior del envoltorio se hallaba un colgante de color dorado que llevaba una figurita de un gato plateado.

Música: Keane – Everybody's Changing

—¡Es precioso! —dijo Sole boquiabierta.
—¿Te gusta? —dijo Magui contenta.
—Sí, gracias —dijo Sole abrazando a su amiga de toda la vida y mientras su madre observaba la escena desde la puerta de la habitación.
—¿Tienes hambre? —preguntó Sole.
—Sí —rió Magui.
—¡Mamá, saca la tarta! ¡Saca la tarta! —insistió Sole.
—Sí —rió la madre.
Magui y Sole se capturaron de la mano y bajaron las escaleras. Fue una de las mejores fiestas de cumpleaños.

Salva y Laura paseaban sus perros cerca del río Onyar. Allí se sentían observados, pues los —pocos— turistas que se encontraban en los puentes de la ciudad los podían ver.
—Esto está hecho un desastre —dijo Salva observando la basura que se encontraba entre la hierba que pisaban. Laura no contestó.
Los únicos que parecían tener una conversación eran Fido y Tom que iban alternándose algunas ladridos.
El paisaje era monótono. Era como caminar en un pasillo en el que por un lado tenías basura y por el otro agua sucia.
—Me tengo que ir... —dijo finalmente Laura.
—¿Ah, sí? —se detuvo Salva.
—Es que... no me acordé que había nuevo episodio de Smallville y quiero verlo —dijo con una leve sonrisa—. Ay, Tom...
El perro levantó una oreja.
—Tú no. Otro Tom —rió Laura—. Bueno, me voy.
Se acercó a Salva y se besaron. Laura se fue a paso rápido.
—Tenemos que buscar algo en común —se dijo Salva a si mismo. Aquello fue lo que le dijo Gabriel—. ¡Claro! ¡Smallville!

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Mar Feb 02, 2010 1:59 am

58. La mujer de dos cabezas

Sai estaba esperando en la puerta del hospital. Pareció que un doctor le reconoció de sus pecados de años atrás y él no quiso esperar dentro. Hacía bastante frío en el exterior. Un jardinero renovaba los jardines del exterior. Una ambulancia le llamó la atención. De ella salió un hombre con un brazo ensangrentado. Apartó la vista. Fue en ese momento en el que se abrió la puerta y salió Magui.
—¿Te han dicho algo? —preguntó Sai.
—Sí... —dijo Magui mirando por todos lados menos en los ojos de Sai.
—Vamos al coche ¿Vale?
Magui asintió.
—Me... me han dado estos papeles —dijo Magui temblando. Sai no tuvo tiempo de encontrar la llave del coche y los empezó a hojear por encima.
—No entiendo demasiado lo que dice... —dijo Sai dubitativo.
—Hay problemas, Sai...
—¿Problemas? —dijo Sai preocupado.
—Hay una malformación en el feto —dijo Magui señalando una ecografía que se encontraba en los informes.
—¿Esta es... nuestra hija?
—Sí —dijo Magui desviando la mirada—. Lo... lo siento, Sai.
—¿Lo sientes? No, no... no tienes la culpa
—Sí, sí que la tengo. La primera vez que estuve embarazada ya perdí el niño y ahora... que los dos queremos al niño... vuelve a pasar...
—¡No! ¡No pienses eso! ¿Vale? ¡No tienes la culpa!
Magui sollozó. Los dos no se hablaron más en todo el día.




La gente desfilaba por las calles cercanas a la Devesa. Los semáforos estaban llenos de personas que esperaban impaciente el cambio de color. La música de fondo persistía a los gritos de los niños que corrían ilusionados por las piedritas del parque.

—Vamos ¿Han llegado los amplificadores? —dijo Bertu nervioso.
Dani estaba tocando la batería muy concentrado con la ayuda de su reproductor de música en las orejas. Bertu no obtuvo contestación.
—Perfecto... —dijo Bertu afinando otra vez su guitarra.
El telón que tenía delante se abrió por la punta. Aparecieron Wiilly y Hyun Suk arrastrando dos amplificadores.
—Un momento. Estos no son los nuestros —dijo Bertu.
—Los hemos alquilado —dijo Hyun Suk.
—¿Sabéis a quién vais a alquilar?
—Cálmate, Bertu —dijo Hyun Suk—. Mañana los devolvemos. El vendedor era coreano. Nos apoyamos entre coreanos.
—Claro, por eso hay dos Coreas —bromeó Willy.
Hyun Suk pronunció algo que no entendió nadie.
—¿Me has insultado? —preguntó Willy.
—Aprende coreano y lo sabrás.
Los dos se quedaron mirando desafiándose.
—¿Donde está Iván? —preguntó Bertu.
—Hablando con su hermano.
—Vale... queda media hora y aún no estamos preparados.
—Tranquilo, Bertu —dijo Hyun Suk.
Bertu observó a Dani en la batería, que seguía tocando.
—¡Y tú deja de tocar que empezaremos y a la primera canción ya tendrás los brazos cansados!
Dani obedeció.
—¿Qué le pasa?
—Nada —dijo Dani—, supongo que está en “esos días”.

—¿Sai? —dijo Iván tocando la espalda de su hermano.
—¡Iván! ¡Hola!
—Está bien verte sin un vidrio delante.
—Sí, opino lo mismo.
Los dos se rieron.
—Y bien... ¿Cómo llevas la rehabilitación?
—Voy tirando con los chicles —dijo dejando ver que masticaba uno—. Ahora soy adicto a los chicles.
—¿Y qué haces aquí? ¿Has venido a verme?
—¿Cómo? ¿A verte? —dijo Sai extrañado.
—Sí, te dije que haríamos un concierto.
—Ah cierto... pero ¿Hoy?
—Sí, ¿no lo ves? Toda la calle está llena. Hola —dijo Iván sonriendo a una adolescente que le pasó por el lado. La chica se giró extrañada y siguió caminando como si nada.
—No lo sé, Iván. Creo que toda esta gente no viene a veros. Se dirigen al circo.
—¿Qué circo? ¿Un circo? —dijo Iván observando la multitud que, efectivamente, no se dirigía hacia el concierto, sino a un circo que se había situado en pocas horas al otro lado del parque—. ¿Estás seguro?
—¿Ves aquella mujer de dos cabezas?
—Vale, lo he pillado —dijo Iván corriendo hacia el escenario.



—Hola hija —dijo la madre de Magui abriendo la puerta a su hija.
—Ha vuelto a pasar, mamá... —dijo Magui sollozando.
—¿Qué ha vuelto a pasar hija? ¿Te encuentras bien?
—Sí, me encuentro bien. Y eso aún me hace sentir peor.
—Siéntate ¿Quieres?
—Los médicos han encontrado una malformación en el feto.
—¿Una... malformación?
—La otra vez, cuando perdí la criatura que iba a tener de Alan me sentí enferma, dolorida... esta vez, han sido eso. Estaba contenta, con el hombre que quería... Sai y yo queríamos esta hija y... y ahora resulta que... Dios, ¿por qué no puedo tener hijos?
—Claro que puedes tener hijos, cielo —dijo la madre tranquilizando a Magui.
—Ya es la segunda vez que pierdo un niño...
Magui se quedó con la mirada perdida sentada en el sofá.
—Hay algo que necesitas saber, cielo.
—¿Qué?




—¡Chicos!¡Chicos!¡Tenemos un problema! —dijo Iván entrando corriendo en la pequeña sala en la que estaban los músicos.
—¿Un problema? ¿Sabes quien tiene un problema? —dijo Bertu más nervioso que nunca.
—¡Tu madre! —gritaron Iván, Hyun Suk y Dani mirando a Bertu.
—Sois unos plagiadores —dijo Bertu calmándose un poco.
—Toda esta gente que hay fuera no viene a vernos a nosotros.
—¿Ah, no? ¿Y a quién viene a ver? ¿A un circo? —rió Hyun Suk.
Silencio. Se escuchó la música de las trompetas muy de cerca.
—¿Cómo lo sabes? —dijo después de unos segundos Iván.
Abrieron el telón y vieron que el circo había empezado su espectáculo.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —gritó Iván.
—Eh, Melafó —dijo Gabriel que llegaba acompañado de Marisa. Llevaba la camisa un poco desabrochada y se veía claramente que Marisa se había despeinado—. ¿No empezáis?
—Cállate, hombre barbudo —dijo Hyun Suk.
—Hyun Suk, ese es mi hermano —dijo tímidamente Dani.



—¡No te atrevas a hablarme nunca más! —gritó Magui saliendo por la puerta de su antigua casa.
—¡Hija! ¡Tienes que entenderme! ¡Lo hice por tu bien!
—¿Ibas a contármelo alguna vez, mamá? —dijo Magui desesperada.
—Lo siento... no quería hacerte daño... —dijo la madre llorando.
—Y yo que pensaba poner a mi hija tu nombre...
Magui bajó las escaleras y caminó a paso rápido por la calle. Fue entonces cuando sonó su celular. Descolgó.
—¿Sí?
—¿Es usted Magdalena...
—Sí, soy yo —interrumpió Magui. Había poca gente que se llamara Magdalena.
—Soy su gineóloga . Verá, ayer le entregamos unas pruebas un tanto negativas ¿verdad?
—Sí, así es —dijo Magui que cada vez veía más difícil salir de aquel infierno.
—No fue la única que recibió tales noticias. El feto de la paciente que tuve anteriormente también presentó anomalías. Debo pedirle perdón, espero que me comprenda...
—¿Qué le perdone de qué? Explíquese bien.
—Verá, el hospital compró un nuevo aparato para las ecografías. Y resulta que la frecuencia no era la idónea. He hecho venir a la paciente que tuve antes que usted y le realicé otra vez las mismas pruebas. Ahora su feto no presenta ninguna anomalía. La criatura está sana. Pero con usted, pasa algo diferente.
—¿Algo diferente?
—Sí... Tiene que venir a repetir las pruebas pero... por mi experiencia... creo que usted tiene gemelos.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Jue Feb 04, 2010 8:58 pm

59. Tuber (1a parte)


—Hijos de la gran puta —dijo Hyun Suk mientras observaba el último trozo de pizza que quedaba en su plato—. Y encima ahora tendremos que desmontar el escenario.
Visto el panorama, Gabriel y Marisa decidieron invitar a la banda a una pizzería barata bastante cercana al parque.
—¿Quién va a pagar? —preguntó Bertu buscando algo de dinero en sus bolsillos.
—Catalán tenía que ser —rió Hyun Suk—. Yo no llevo suelto. Willy ¿Invitas?
—Lo siento. Tengo lo justo para llegar a fin de mes.
—Claro, si vas gastando en condones...
Los dos se miraron.
—Al menos no me los gasto en revistas —replicó Willy.
—¿Qué has insinuado con esto? —preguntó Hyun Suk.
—Vamos, calmaos...—dijo Gabriel.
—¡Cállate hombre barbudo! —dijo Hyun Suk.
—¡Calmaos! —dijo Marisa.
Hyun Suk asintió.
—Buenos, vamos a desmontar el escenario —dijo Bertu—. Cuanto antes volvamos más cosas encontraremos.
—Si es que aún queda algo —dijo Dani.
—Odio el parque... —dijo Willy—. Precisamente tengo que tener alergia a los plataneros.
Se levantaron de la mesa.
—Vamos a ver... —dijo Gabriel buscando en su cartera. Cuando alzó la vista vio que la banda y Marisa ya habían salido del edificio.

Laura está tranquilamente en su habitación buscando los últimos subtítulos de Smallville. Pero de repente, llama Salva. Finalmente descuelga.
—¿Sí?
—Buenas. ¿Ya has empezado a ver Smallville?
—No... ¿Por?
—¿En serio? Por nada.
Se oyó el timbre de la puerta.
—Oye, llaman a la puerta. Tengo que abrir. Un momento.
—No pasa nada.
Laura bajó las escaleras y abrió la puerta.
—Hola —dijo Salva apareciendo por la puerta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Laura confundida.
—Bueno... yo tampoco he visto el último episodio de Smallville —dijo Salva finalizando la llamada—. He pensado que podríamos verlo juntos.
—¿Quieres que veamos Smallville?
—¡Sí! ¿Te parece bien?
Laura estaba confundida mientras Salva esperaba en la puerta.
—Bueno, entra —dijo finalmente.

Se escuchaban las trompetas de fondo. Las luces del circo se veían desde medio quilómetro de distancia y se podían diferenciar de las otras luces de la ciudad. La banda, acompañados de Gabriel y Marisa ya habían llegado en el escenario.
Nada de bragas, nada de fans adolescentes locas. Solo el frío acompañado del viento.
—¿Qué hacemos con los amplificadores? —preguntó Dani.
—Vamos a quedárnoslos —dijo Hyun Suk.
—¿No los pagaste? —preguntó Iván.
—No tantas preguntas —dijo Hyun Suk guardando los aparatos en una enorme caja.
—¿Qué hacemos? ¿Les ayudamos? —preguntó Marisa a su novio.
—Qué remedio —dijo Gabriel acercándose al escenario.
Willy cada vez estornudaba más.
—¿Estás bien? —preguntó Bertu.
—Sí... pero... terminemos lo antes posible.
Fue en aquel momento en el que Gabriel pegó un grito y salió detrás del escenario.
—¿Qué ha sido ese grito de niña? —preguntó Hyun Suk.
—¡Una caja se ha movido!
—¿Qué caja? —dijo el coreano observando todas las cajas que tenía a la vista.
—Esta —dijo Gabriel señalando a una enorme caja de cartón que estaba a diez metros de ellos.
—¿Y cómo es que está allí? —preguntó Iván.
—Pues se ha movido —dijo Gabriel.
Efectivamente, la caja se había movido otra vez. Ahora todos se percataron de aquello. Hyun Suk capturó la guitarra eléctrica de Willy y se dispuso a investigar que contenía la caja.
—Eh, eh... espera —dijo Willy deteniendo a Hyun Suk y cambiándole la guitarra.
Hyun Suk se encontraba a dos pasos de la caja, que había dejado de moverse. Estaba de cabeza a bajo, así que lo único que tenía que hacer era levantarla y...
De repente la caja se movió para delante, atacando a Hyun Suk que cayó al suelo y casi rompe la guitarra. Ahora la caja se dirigía a gran velocidad hacia Marisa que empezó a gritar.

Se escuchó un grito desde el circo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Magui al escuchar el ruido.
—Imaginaciones tuyas —dijo Sole capturando la entrada del circo—. ¿Vamos?

Laura y Salva ya llegaban algunos minutos viendo Smallville. Los dos estaban estirados en la cama sin quitar la mirada de la pantalla del ordenador.
—Que mal me cae Lois... —dijo Salva.
—¿Y eso? —preguntó Laura que seguía mirando fijamente el monitor.
—Ya sabes... me gustaba más Lana. La actriz y el personaje. En cambio Lois parece una payasa.
—¿Perdona? —se sobresaltó Laura—. ¿Cómo que Lois parece una payasa?
—Pues eso. Todo el rato parece una loca, no dice nada con sentido, además...
—Si dices eso, es que no sabes nada de la mitología de Superman, Salva. Lois es indispensable en Clark y ella actúa así. Erica Durance está bordando el papel.
—Kristin Kreuk si que bordaba el papel de Lana, que también es parte de la mitología, Laura.
—Sí. Lana fue la primera novia de Superman que se pasó toda la vida llorando por él. En cambio, Lois es el amor de su vida.
—No es cierto, yo creo que, en realidad, Clark quiere más a Lana.
—¿Cómo puedes decir eso?
En aquel momento entró la madre de Laura en la habitación.
—¿Qué significa esto? —dijo la madre. Su cara empezó a ponerse de un color morado.
—Estamos viendo Smallville —dijo Laura levantándose de la cama—. Él es Salva... un amigo.
—En... encantado —dijo Salva estrechando la mano con la madre y pasando por alto que Laura lo hubiera llamado amigo.
—Bueno, voy a preparar la cena —dijo la madre confundida—. Que si no en esta casa no cena nadie.
Mientras salía dejó la puerta abierta.
—¿Puedes cerrar la puerta? —preguntó Laura.
—No —dijo la madre tajante.
—¿Por qué? —preguntó Laura indignada.
—Porque ya sé como acaba esto. Dos amigos viendo la tele en la habitación y el día siguiente... ¡Pum! Estás en un Seat de segunda mano buscando el sujetador en el evento trasero y nueve meses después viene la sorpresa.
—¿Qué? —dijeron Laura y Salva al unísono.
—Mamá, esto no va a pasar por dos razones. Primera, Salva no tiene coche y segunda, para tener sexo hay que tener dos personas que quieran practicarlo y si no tomo yo la iniciativa, esto va a parecer un convento ¿vale?
La madre y Salva se quedaron atónitos.
—Minuto 35 —dijo Salva—. Bueno, ya terminaré de ver los siete minutos en casa.
Capturó su chaqueta.
—Lo siento... —susurró Laura.
—Mucho gusto —dijo Salva despidiéndose de la madre.
—Adiós —asintió la madre boquiabierta.
La madre y Laura se quedaron mirando.
—¿Estoy castigada?

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Vie Feb 05, 2010 8:12 pm

60. Tuber (2nda parte)


—Anteriormente en Zona Keidell...



Gabriel pegó un grito y salió detrás del escenario.
—¿Qué ha sido ese grito de niña? —preguntó Hyun Suk.
—¡Una caja se ha movido!
—¿Qué caja? —dijo el coreano observando todas las cajas que tenía a la vista.
—Esta —dijo Gabriel señalando a una enorme caja de cartón que estaba a diez metros de ellos.
—¿Y cómo es que está allí? —preguntó Iván.
—Pues se ha movido —dijo Gabriel.
Efectivamente, la caja se había movido otra vez. Ahora todos se percataron de aquello. Hyun Suk capturó la guitarra eléctrica de Willy y se dispuso a investigar que contenía la caja.
—Eh, eh... espera —dijo Willy deteniendo a Hyun Suk y cambiándole la guitarra.
Hyun Suk se encontraba a dos pasos de la caja, que había dejado de moverse. Estaba de cabeza a bajo, así que lo único que tenía que hacer era levantarla y...
De repente la caja se movió para delante, atacando a Hyun Suk que cayó al suelo y casi rompe la guitarra. Ahora la caja se dirigía a gran velocidad hacia Marisa que empezó a gritar.




—¡Quitadme esto de encima! —gritó Marisa desesperada.
Estaba oscuro y no se veía que era lo que estaba atacando a la chica. Después de varios segundos escuchando los gritos, Gabriel se acercó con la guitarra de Willy e intentó golpear aquella cosa.
—¡Con mi guitarra no! —gritó Willy. Pero ya era demasiado tarde.
—¡Uh uh uh uh!
Aquella cosa se abalanzó encima de Gabriel y le arañó la cara.
—No te muevas —dijo Hyun Suk acercándose a Gabriel.
De repente el coreano notó un mordisco en su mano.
—¡Ah, mono cabrón! ¡Racista tenías que ser!
Efectivamente, se trataba de un mono, mejor dicho, un chimpancé, que parecía muy excitado. Finalmente se apartó de Gabriel que seguía en el suelo pero estaba decidido a atacar otra vez a Marisa.
Hyun Suk, que observaba como el animal iba en dirección contraria, hizo una llave marcial muy extravagante que terminó con el chimpancé chocando contra el suelo. Estaba dolorido.
—La próxima vez te lo piensas más veces antes de atacarme —dijo Hyun Suk percatándose de la sangre que le salía de la mano.
Todos rodearon el animal, que se levantó del solo lentamente y, viéndose acorralado, dibujó la mejor sonrisa que pudo. Quizás medía aproximadamente un poco menos de un metro de altura, pero no estaba levantado del todo. Entre aquella oscuridad solo se podía apreciar el color de su cara por el contraste que presentaba con su pelaje. Llevaba una especie de cinta roja que le rodeaba la cintura. Parecía la parte de un vestido.
—Se habrá escapado del circo —dijo Marisa levantándose del suelo.

—Tuber, li monísimo —leyó Sole en un escaparate del circo. En un espacio bastante alejado de las carpas había otra de más pequeña y de color diferente en el que un hombre iba caminando arriba y abajo. Iba vestido con chaqueta y pantalones rojos y un sombrero rojo. Llevaba un bigote puntiagudo, posiblemente teñido, y unas gafas muy gruesas.
—¿Dónde está el chimpancé? —preguntó Sole a aquel hombre mientras señalaba la foto del animal en cuestión.
—Fugato —dijo aquel hombre—. Mona miseria...
Se retiró en el interior de la carpa.
—Vaya, con lo que me gustan los chimpancés... —dijo Sole—. Son tan monos...
Dibujó una leve sonrisa.
—¿Eso ha sido un chiste? —dijo Magui que caminaba indiferente entre la multitud.




Laura caminaba por la quinta planta de un edificio de telecomunicaciones que había abierto recientemente en Girona.
—¿Cómo que me faltan papeles? ¿No será el higiénico? ¡He traído todo lo que me pedían! —dijo indignada ante la funcionaria que la estaba atendiendo en un mostrador.
—Lo siento, pero necesito que traiga las facturas de los meses anteriores a estos.
—¿De los meses anteriores? En ellas no había ninguna irregularidad...
—Lo siento. Son cosas del contrato.
—Ya... del contrato. Bueno, ya volveré —dijo capturando todos los papeles que tenía esparcidos por el mostrador—. Supongo que me puedo llevar un boli de recuerdo ¿no?
—Pues claro.
—Bien. Pues no lo quiero —dijo dirigiéndose hacia el ascensor.
—¡Espere! ¡No cierre! —dijo un hombre. Iba vestido de un traje impotente e iba hablando por teléfono. Y... era Salva.
—Sí, ya he llamado a Gutierrez y hemos quedado para concretar una reunión el siguiente viernes, ya sabe, le gusta jugar el golf, así que podríamos traerle a hacer unos hoyos en el campo de Sant Julià... no es gran cosa, pero... Vale. Entonces nos vemos mañana en la reunión —colgó—. Gracias por aguantar la puerta —agradeció Salva mirando a aquella mujer que lo estaba observando atónita.
—¡Laura! —dijo haciendo un paso hacia atrás.
—¡Salva! Hola...
Se besaron en las mejillas.
—Cuánto tiempo ¿eh?
—Sí... cuanto hace muchos... ¿años?
—Bastantes, sí.
Se quedaron mirando.
—Bueno, ¿planta? —preguntó Salva.
—¿Cómo que planta?
—¿A qué planta quieres ir?
—Ah... a la primera.
—Vale —dijo Salva pulsando un botón
Nadie rompía el silencio.
—Bien... ¿Y cómo va todo? —preguntó Salva.
—Bien.
—Muy bien —asintió Salva—. Me alegro.
—Creo que a ti no te ha ido mal ¿no?
—No... no me puedo quejar —rió Salva levemente—. Mira como voy vestido...
—Bien.
—Muy bien.
El ascensor emitió un pitido conforme habían bajado una planta. Pitó otra vez. Varias veces. Salva y Laura escucharon un ruido. El ascensor se había detenido.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Laura asustada.




—¿Es necesario todo esto? —preguntó Dani.
Willy, Dani, Bertu y Hyun Suk estaban llevando al chimpancé hasta el circo. Cada uno lo capturaba por una extremidad. Iván, Marisa y Gabriel los acompañaban. El mono, mientras tanto, iba observando a Marisa que se encontraba detrás de él.
—Me está asustando —dijo Marisa a su novio.
Este no contestó, pues aún tenía la imagen en la cabeza del animal arañándole la cara.
Finalmente llegaron al circo y, tras hablar con uno de los seguratas, lograron entrar. El mono empezó a intentar liberarse y cada vez los cuatro que lo llevaban estaban más cansados.
—¡Tuber! —dijo el hombre del bigote acercándose—. ¡Tuber! ¡Bambino! ¡Benvenuti!
—Bueno, lo dejamos aquí —dijo Hyun Suk dejando al chimpancé en el suelo. Fue en aquel momento en el que el animal se deslizó de las manos de los demás y empezó a correr entre la multitud.
—¡Tuber, bambino!

—Ala, habrá practicado mucho para hacer eso ¿no? —dijo Sole en voz alta mientras observaba a un malabarista.
Fue en aquel momento en que el chimpancé se abalanzó encima del malabarista y la gente empezó a chillar.
—Mira, es el mono...
—Eso no me gusta —dijo Magui mientras observaba como la gente huía asustada.
—Espera, quizás es ese su espectáculo...
El animal detectó la presencia de Magui y se abalanzó encima de ella. Magui capturó el chimpancé en sus brazos mientras observaba como este intentaba besarle.
—Toma —dijo tirando el animal a Sole—. ¿No decías que te gustaban los animales?
—Tampoco me gustan tanto —dijo Sole pasando otra vez el animal a Magui.
—¡Pero no me lo pases!
El chimpancé sonrió y las dos gritaron.

—¡Bambino! ¡Bambino!
El chimpancé corrió otra vez entre la multitud y tropezó con los cables de la electricidad. Pronto el circo se quedó sin luz. Mientras, el animal seguía corriendo entre la multitud.
—Ya te tengo... —dijo Hyun Suk, que se lanzó encima del animal. Finalmente lo capturó, este, como último recurso, besó a Hyun Suk que asqueado, lo dejó libre.
—¡Eh! ¡Con lengua no!
El animal iba otra vez en dirección a Magui, pero apareció Sai y detuvo el animal cubriéndole la boca. Finalmente el hombre del bigote capturó el chimpancé y se lo llevó con él.
—Gracias... —dijo Magui a Sai.
—De nada —rió Sai.
Sole vio como se miraban los dos.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Lun Feb 08, 2010 10:11 am

61. La casa de campo




Hacía pocos minutos que había empezado a salir el sol. No obstante, la iluminación de las calles de Celrà seguía encendida. Algunas persianas empezaban a abrirse.

José caminaba por el pueblo intentando no llamar la atención. De momento lo estaba consiguiendo, aunque aún estaba perdiendo sangre. Se agarró el brazo con toda la fuerza que pudo. Entonces miró hacia atrás y vio que había dejado un pequeño rastro de sangre por la acera. Tenía que darse prisa o alguien lo vería.




José caminaba junto a Ronald entre los cipreses que hacían una especie de pasillo hasta la puerta principal. Un guardia autóctono se apartó educadamente al verlos pasar y lanzó una mirada a José que pareció de compasión. Las puertas se abrieron.

Se escuchaba como tocaban unos violines. Cada vez se escuchaban más, hasta que los pasos de José pasaron desapercibidos. Se abrieron otras puertas. Allí se encontraba un gran salón lleno de mesas y un pequeño escenario donde tocaban tres violinistas. Pero cuando Ronald entró estos dejaron de tocar. Todos los allí presentes se levantaron. Ronald se ajustó el traje manchado y saludó. La mayoría de las personas que se encontraban allí eran mujeres jóvenes chinas, pero sentados en las mesas solo se encontraban hombres de todas las edades vestidos elegantemente. Solo había un joven que destacaba por llevar una vestimenta normal.

Una mujer se acercó a Ronald y lo besó. Sonrió ante él y José.
—¿Dónde me has traído? —preguntó José.
—Ya te lo he dicho... a la casa de campo. Ah —dijo capturando a la mujer entre tus brazos—. Te presento a Lian. Mi hija.
José quedó atónito. Ronald se rió.
—Sí, ya sé que no se parece nada a mi. No es mi hija biológica. Pero... ya sabes, los chinos tienen esa mentalidad que es más valioso un hombre que una mujer y... a veces traen a sus hijas a los orfanatos...
—¿La adoptaste? —dijo José confundido.
—A mi manera —rió Ronald—. Oh, la educo bien.
Ronald besó a Lian. Esta pareció un poco asqueada pero lo disimuló bien.
—La mayoría de estas bellas mujeres son hijas mías —continuó Ronald—. Así hago un favor al gobierno chino y ellas me hacen favores a mi —se rió.
José observó a aquellas mujeres ¿Realmente eran las hijas adoptadas de Ronald? ¿Eran sus amantes? Cada vez quería saber menos de su hermano mayor.
—Vamos —dijo Ronald capturando a Lian por la cintura—. Ah, escribe la carta.
—Lo haré —dijo José.
Ronald y Lian se despidieron. José pudo ver como Lian la miró con la mirada del guardia de la entrada. Sí, aquello también era compasión.

El día siguiente

Magui capturó otra vez el libro y golpeó la cabeza de Sole. Esta se despertó.
—¿Qué? —dijo Sole molesta.
—Te has vuelto a dormir —dijo Magui—. Habíamos quedado para estudiar, si quieres echarte una siesta me lo dices y ya está.
—Es que esta noche no he dormido bien, lo siento —dijo Sole arrepentida—. Todo eso del mono...
—Ya... olvídalo. Venga, sigamos... La estructura de...
—¿Te acuerdas de su sonrisa? Fue algo... no sé ¿Maquiavélica?
—¡Sole!
—¿Qué?
—Si tienes que hablar del mono prefiero que duermas.




Música: Florence + The Machine - Howl

José estaba sentado en la barra de un bar esperando a que empezara el partido: Atlético de Madrid – Real Madrid. Fue en aquel momento cuando escuchó a dos jóvenes discutiendo. Finalmente, el hombre salió por la puerta. La mujer se sentó al lado de José. Era Marisa.
—¿Todo bien? —preguntó José.
—Nada, mi novio es un imbécil —dijo Marisa acomodándose en el asiento.
—Todos los hombres son imbéciles —dijo José.
—Bueno, según mi experiencia, eso es cierto. ¿Aún no ha empezado el derbi?
—No. Dentro de cinco minutos.
—Bueno, con todas las cosas malas que me han pasado hoy al menos el Madrid no ganará.
—Pues espero que no —dijo José pidiendo una cerveza.
—¿Eres del Atleti?
—A muerte —dijo bebiendo un trago—. Ah...
José sintió dolor cuando estiró el brazo. Aún la herida no estaba del todo recuperada.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Marisa.
—Sí, no es nada... Supongo que hice un mal gesto.




Gabriel había preparado el algodón. Tenía que afeitarse sí o sí. Las heridas del chimpancé en la cara le estaban obligando. Marisa entró sin llamar la puerta del baño.
—Lo siento... emergencia —dijo Marisa sentándose en el vater.
—Vamos, no podrías esperar hasta que acabe —dijo Gabriel que casi se corta con la máquina de afeitar.
—Lo siento, lo siento. No volverá a pasar.
Entonces se escuchó el timbre de la puerta.
—Ve tú, Gabriel —susurró Marisa.
—¿Yo? —dijo Gabriel revisando su bigote.
—Sí, que yo estoy en un apuro...
—Está bien —dijo Gabriel limpiándose mínimamente la cara para parecerse a alguien presentable, aunque solo tenía un lado de la cara afeitado.
Abrió la puerta y no vio a nadie.
—Vale ¿Qué pasa que los testigos de Jehová se replantean su trabajo justo cuando alguien les abre la puerta?
Cuando iba a cerrar la puerta, notó que alguien lo agarraba por los pantalones. Gabriel bajó la vista.
Debajo de él se encontraba Tuber vestido con un traje completamente rojo y un pequeño maletín al lado.
Gabriel, incrédulo, cerró la puerta. La volvió a abrir. Tuber seguía ahí. Sonrió y parpadeó varias veces, con la intención de parecer simpático.
—Marisa —dijo Gabriel—. ¿Te acuerdas del mono de ayer?
Marisa tiró de la cadena.
—¿Te refieres al animal que me atacó, te hizo una cara nueva, destrozó una guitarra y suspendió la actividad del circo?
—Sí, ese mismo. Pues...eh... tenemos visita.


Última edición por Bertu el Jue Feb 11, 2010 10:27 pm, editado 1 vez

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Mar Feb 09, 2010 9:34 am

62. ¿Qué haces aquí? [x2]

Intentó estudiar pero el sueño le ganó. No obstante, fue previsor y programó el despertador antes de de que su cabeza cayera dormida encima del libro de física.




—Perfecto, estamos encerrados en un ascensor de dos metros cuadrados —dijo Laura sentándose al suelo y esparciendo todo el papeleo.
—Voy a llamar... —dijo Salva sacando otra vez el celular—. Mierda... mierda...
Empezó a hacer vueltas por el ascensor.
—¿Qué pasa? —dijo Laura preocupada.
—Se ha terminado el saldo.
—¿Cómo que se ha terminado el saldo? ¿Pero no eres un hombre de negocios o algo así?
—Solo soy el secretario de uno de los grandes ¿Vale? Mi vestimenta forma parte del uniforme.
—Yo creía que los secretarios eran mayoritariamente mujeres jóvenes y atractivas.
—Bueno, yo tengo una jefa —dijo algo avergonzado Salva.
—Mujeres al poder —rió Laura—. Bueno ¿Puedes llamar o no?
—Puedo hacer a una “perdi”.




Acababa de ayudar a su madre con la tienda. Los encargos que había hecho a principios de mes llegaban justo ahora. Tuvo que descargar varios paquetes y certificar que todo estaba correcto. Y si eso no era suficiente, mañana tenía un examen muy importante de física.

Pero las energías cinéticas no fueron lo suficientemente interesantes para mantenerla despierta.




Salva se encontraba en la barra de un bar. Iba vestido de traje, muy elegante y llevaba un sombrero negro que hacía conjunto con su corbata perfectamente bien puesta. Se acercó al pianista y mientras encendía un puro, disfrutó de la melodía.
—Tócala otra vez, Gabriel —dijo haciendo una profunda calada.
El pianista asintió y volvió a tocar la misma canción con toda la devoción que le dedicaba. Salva observó a unos jóvenes que jugaban a las cartas en una mesa. Hacían bastante ruido y un hombre alto completamente trajado que llevaba barba les llamó la atención.
Un muchacho asiático entró en el bar pidiendo limosna. Iba acompañado de un chimpancé. Las damas que se encontraban en el interior del recinto se rieron por el aspecto que presentaban ambos. Salva se apoyó al piano y observó la escena.
—¿Qué sabe hacer tu amiguito? —preguntó una dama sentada en una de las mesas más cercanas de la entrada al joven asiático.
—Baila y... canta —dijo tímidamente el joven.
Todos se rieron y aplaudieron.
—¡Vamos! ¡Queremos verlo! —dijo un hombre.
El propietario del bar, aquel hombre que llevaba barba, pidió amablemente al pianista que dejara de tocar. El asiático sacó una flauta de una pequeña maleta y empezó a tocar. El chimpancé comenzó a bailar al ritmo de la melodía de la música y todos aplaudieron.

En aquel momento las compuertas del bar se abrieron de par en par y apareció una mujer que hizo detener la música. Todos los hombres la miraban atontados. Todas las mujeres la miraban celosas.

Era una mujer de una belleza exuberante. Alta, delgada, rubia, de ojos de un color azul medio gris con una nariz puntiaguda y una sonrisa perfecta. Además, su silueta quitaba el hipo. Incluso un joven de los que jugaba a cartas se atragantó.

Todos observaban como aquella mujer caminaba a través del bar. El chimpancé incluso quería besarla. La mujer no parecía avergonzada, sonreía lo máximo que podía hasta que llegó a su objetivo.
—Hola Salva.
—Hola Kristen —dijo Salva ofreciéndole el brazo.
La acompañó a una mesa que ya estaba preparada con las velas.
—Perdona por la espera.
—Solo por verte hubiera esperado un siglo —dijo Salva sonriendo, a lo que la chica hizo lo mismo.
El pianista volvió a tocar. La actividad del local se reprendió poco a poco. Pasaron los minutos.
—¿No llega la cena? —preguntó Kristen.
—Qué raro... —dijo Salva observando el reloj bañado en oro que llevaba en el bolsillo—. Ya hace tiempo que lo he encargado. Voy a ver qué pasa...
Salva se levantó de la mesa y se dirigió a la barra. Fue empujado por un hombre celoso pero logró mantenerse en pie.
—¡Disculpad! —gritó Salva viendo que nadie lo atendía.
Finalmente las puertas de la cocina se abrieron y apareció una camarera. Era Laura.
—¿Laura? —dijo Salva confundido.
—Sí —dijo ella sin darle mucha importancia—. Apártese un momento por favor, tengo que pedir a la gente que se ha sentado en la mesa ocho qué es lo que quieren.
—¿Qué haces aquí? —dijo Salva deteniendo a la chica por el hombro.
Laura se giró.
—Trabajo aquí, señor. Y... si no le importa ¿Puede quitar su mano de mi hombro? Gracias.
—No puedes estar aquí... esto es mi sueño...
Laura atendió a los clientes y volvió a la cocina.
—Puedo controlar lo que pasa en mis sueños ¿Por qué estás aquí?
—Oiga señor, déjeme trabajar ¿Vale?
Salva dudó.
—Al menos dime si falta mucho para que esté lista nuestra cena.
—Uy, perdón señor, se me olvidó —dijo Laura dibujando una sonrisa por un segundo.
—¿Cómo que se te ha olvidado?
Laura señaló a Kristen, que estaba sentada en el mismo lugar que antes y hablaba con un chico que antes estaba jugando a las cartas. También a su lado se encontraba el chimpancé.
—¿Esta es su acompañante? —preguntó Laura limpiando la barra.
—De hecho es mi prometida —aclaró Salva.
—Sí, claro —rió Laura—. Ya le gustaría...
—Mira, que esté lista la cena en cinco minutos. Si no, hablaré con tu superior.
Laura rió y se adentró en la cocina.

Salva volvió a sentarse a su silla y amablemente apartó de allí al chimpancé y al chico que estaba hablando con Kristen.




—Bueno ¿Qué dicen? —preguntó Laura cuando este finalizó la llamada.
—Dentro de una hora estarán aquí —dijo Salva sentándose en el suelo.
—¿Tengo que estar una hora contigo? —dijo Laura irritada.
—Entiendo que estés molesta —dijo Salva guardando el celular.
—Bueno, tampoco te lo tomes tan a pecho... Era medio broma —dijo Laura después de unos segundos.
—No, tienes razón. Me comporté fatal contigo. Es lo mínimo que puedes hacer. Seguro que me odias.
Laura dudó unos segundos.
—No, no te odio.
—Pues yo lo haría —dijo Salva cabizbajo.
—Aún no entiendo porque me dejaste de aquella manera pero... no te odio. Durante muchos días pensé que la culpa fue mía.
—No, no fue tuya...
—¡Ya sé que no fue mía! ¡Todo fue culpa tuya!
—Lo sé —dijo Salva apartando la mirada.
Hubo un minuto de silencio.
—Bueno, será mejor que hablemos de algo —dijo Salva—, o esta hora va a ser muy larga... ¿Qué opinas del final de Perdidos?
—Nada. No lo vi.
—Vaya...
—¿Qué opinas del final de Smallville?
—¡Oh! ¡Oh! —hizo Salva—. ¡Fue increíble!
—¿Verdad que sí? —dijo Laura exaltada.
—¡Qué ultima escena! ¡Fue lo mejor de toda la serie!
—¡Sí! ¡Sí! Y cuando Clark levanta el brazo y empieza a volar por las calles de Metrópolis.
—¡Sí! ¡Eso fue lo mejor!
—¿Y qué me dices cuando apareció Lex?




La puerta de la habitación del hotel se abrió. Apareció Tom Welling vestido de marinero.
—Señorita —dijo Tom haciendo un gesto con el sombrero.
—¡Tom! —dijo ella levantándose del escritorio—. Hacía mucho tiempo que no venías...
—Sí, tenía que ver a las novias de los otros océanos.
—No seas burro —dijo Laura golpeando el pecho de Tom.
Los dos se rieron.
Tom capturó a Laura de la cintura y la besó apasionadamente.
—Vaya, veo que vienes recargado —rió Laura pícara.
—He pasado dos meses con treinta hombres... Ya era hora de ver una mujer.
Tom levantó a Laura del suelo y la estiró en la cama. Esta empezó a desabrocharle los botones de la camisa y dejó a Tom con el torso al aire. En su pecho se podía apreciar un tatuaje de un corazón que decía “Laura&Tom”.
—Me hice otro tatuaje —rió Tom.
—¿Ah, sí? ¿Y puedo saber donde?
—Tendrás que buscar un poco...
—¿Aquí? —dijo Laura tocando suavemente la entrepierna de Tom.
—No lo sé... tendrás que comprobarlo.
Laura iba a quitar los pantalones de Tom cuando la puerta sonó.
—¡Servicio de habitaciones! ¿Hay alguien dentro?
—Enseguida vuelvo —dijo Laura besando a Tom.
Laura se levantó de la cama y abrió la puerta.
—Señora —dijo Salva—, no ha abonado aún el importe de la estancia de esta semana.
—¿Salva?
—Sí, señora, a su servicio.
—¿Qué haces aquí?
—Ya... ya se lo he dicho. He venido a recordarle que aún no ha pegado la cuota de la estancia de esta semana.
—No... no... ¿Qué haces en mi fantasía? Se supone que esto es mi sueño erótico con Tom Welling y dentro de poco tiene que venir Jensen Ackles.
—Bueno, señora... y a mi qué me cuenta.
—¡Fuera de aquí! —dijo Laura cerrando la puerta de un golpe. Suspiró.

Al girarse se encontró con un chimpancé vestido de marinero que saltaba en la cama.
—¡Uh uh uh ah ah ah!
—¡Aaaaaaaaaaaaah!




—Espero que sea de su agrado —dijo Laura entregando unos platos de fideos a Kristen y a Salva.
—Sí, sí... ahora déjanos solos —dijo Salva.
Laura asintió y se largó. Salva observó como esta se marchaba.
—Bueno, como te decía... tu luz ilumina mi faro... y ¡AAAAAAAAAAAAAH!
En el sitio en el que estaba Kristen se encontraba el chimpancé con una peluca rubia.




Salva pegó un grito




Laura pegó un grito.




Ambos suspiraron e intentaron recordar qué es lo que acababan de soñar.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Miér Feb 10, 2010 9:36 am

63. La adopción

—Entonces... ¿Ese chimpancé llegó hasta vosotros?
—Así es... —dijo Gabriel observando al animal que tenía al lado que parecía entretenerse con un juguete que encontró en el despacho.
—¿Puedo saber por qué llegó a vosotros?
—No sé. Quizá nos siguió del circo...
—¿Entonces ya os conocía?
—Bueno, si... lo encontramos debajo de una caja.
—Sin ánimo de ofenderle... pero creo que ese animal era suyo y ahora quiere deshacerse de él.
—¿Mío? ¿Cómo que mío? ¿Para qué querría un chimpancé?
—¿Y cómo es que llegó a su apartamento?
—Eso no lo sé... ese animal es especial —dijo Gabriel confundido.
—Lo siento —dijo el agente sin saber muy bien qué contestar—. Ya no podemos volver al animal al circo. Se fue ayer.
—Podría... rehabilitarlo a su ambiente natural ¿no?
El agente observó a Tuber, que se estaba montando al juguete.
—¿Francamente cree usted que este chimpancé podría sobrevivir un día en la natura?
—Puede que no...
El teléfono sonó y el agente descolgó.
—Lo siento. Tengo algo importante qué hacer —dijo el agente a Gabriel. El agente salió del despacho.
—Bueno ¿Y ahora qué hacemos? —dijo Gabriel mirando a Tuber. Este se puso las manos tapándole los ojos.

José estaba sentado en una mesa alejado de las otras personas. En su mano poseía un bolígrafo gastado para escribir la carta a Marisa. Una chica se acercó a ella y lo saludó.
—Hola —contestó José sin fijarse en quién quería entablar una conversación con él.
—Ronald me ha dicho que usted es su hermano —se trataba de Lian. Era la primera vez que José la escuchaba hablar. Aunque se notaba su acento, pronunciaba el español bastante bien.
—Y tú eres mi cuñada ¿no? —dijo José no levantando la vista del papel.
—Supongo —dijo Lian incómoda. Continuó después de varios segundos —. No debería estar hablando contigo...
—Estoy escribiendo —dijo José molesto. Fue entonces cuando levantó la mirada y se fijó en la belleza de Lian.
—Lo siento —dijo ella arrepentida.
Entonces Lian cuando se marchaba se cruzó con el único hombre que iba vestido con ropa de calle. Pasó por la mesa en la que estaba sentado José. Golpeó su mesa y dibujó una sonrisa amenazadora.




Sole estaba esperando en una calle bastante transitada de Vietnam, en frente de un alto edificio. Unos guardias se fijaron en ella y la señalaron varias veces. Ella solo pudo peinarse el pelo hacia atrás y hacer que no pasara nada. Aunque tenía miedo que tal vez cuando vieran algo sospechoso se abalanzarían sobre ella y le quitarían lo más importante en su vida.




—Venga Bertu. Empieza otra vez —dijo Iván apuntando a Bertu con una grabadora.
—Na... na... na... Tío, hoy no puedo.
—He comprado la grabadora expresamente. Venga, tararea algo —dijo Iván amenazante.
—Mañana tengo examen de historia. Creo que sería mejor que estudiara.
—Nosotros seremos la historia —dijo Hyun Suk—. Con eso compensa.
—¿Y por qué Dani no está aquí? —preguntó Bertu.
—Porque él no influye en el proceso de creación de canciones.
—Claro, y vosotros sí...
—Tararea —dijeron Iván y Hyun Suk al unísono.
—Na... na... niiii
Bertu intentó usar el falsete.
—¿Qué ha sido eso? —dijo Hyun Suk extrañado.
—Un falsete ¿no? ¿No es así como se hace?
—Tío. Fuera lo que fuera —dijo Iván—, no vuelvas a hacerlo.
—¡Willy! ¿Cómo va? —dijo Hyun Suk golpeando la puerta del lavabo.
—Mira que tener que escribir las letras en el baño... si es que...
Entonces Hyun Suk escuchó un ruido raro y abrió la puerta.
—¡Bastardo! ¿Así que escribes las letras con la Playboy?

—Ya estamos en casa —dijo Gabriel pasando la llave por la cerradura.
—¿Estamos? ¿Qué quieres decir con “estamos”? —dijo Marisa desde el dormitorio. Salió a la entrada y vio a Gabriel que llevaba a Tuber al cuello.
—Lo siento —dijo Gabriel cabizbajo.
—¿No habías dicho que tu te encargabas? —dijo Marisa enfadada.
—Bueno... se me escapó de las manos.
—Ya veo —dijo Marisa que, disgustada, se sentó en el sofá.
—Oye... quizá... no sé... Tuber...
—¿Cómo? ¿Es que ya le pusiste nombre?
—No. Ya se llamaba así.
—¿Cómo lo sabes?
—Pues porque el del circo le llamó así y tenía una placa en el vestido que decía su nombre.
—Muy inteligente. Bueno ¿Qué piensas hacer con esta bestia?
Tuber puso cara de triste.
—¿No pensarás en quedártelo, no? —preguntó Marisa atónita.
—Eh... eh... —balbuceó Gabriel.
—Gabriel, o el mono o yo.
—Bueno, en realidad es un chimpancé...
—Vamos Gabriel ¿Es que te lo estás pensando?
—No, no... Encontraré un lugar para este —dijo capturando la mano de Tuber a la que este chilló.

José había encontrado una habitación llena de sacos de arena colgados del aire por unas cuerdas, idóneas para practicar artes marciales. Vio un palo bastante duro de bambú y empezó a golpear un saco. Después de varios segundos entró Ronald, abrochándose la camisa.
—¿Quemando calorías? —rió Ronald.
José no contestó.
—Yo tengo otras maneras para quemarlas.
—No me digas... —dijo José pegando más fuerte al saco.
—Tranquilo, chico —dijo Ronald acercándose—. ¿La carta?
—Aquí tienes —dijo José señalando al suelo.
Ronald se agachó y recogió la carta. En aquel momento José dejó de atacar el saco y puso el palo de bambú en el cuello de Ronald.
—Yo de tú no lo haría —dijo Ronald levantándose.
José obedeció y apartó el palo, pero cuando lo hizo su hermano mayor aprovechó la distracción y lo arrastró hasta un saco de arena hasta chocar con él. Luego, capturó el palo de bambú e intentó estrangularle.
—Aquí mando yo ¿Lo has entendido, hermanito? —rió Ronald—. Me han dicho que has hablado con Lian. No quiero que hables con nadie ¿Vale?
—Si no quieres que haga nada... ¿Por qué me tienes aquí? —dijo José con dificultad.
—Me pegaste un tiro ¿Recuerdas? Pues nadie que me dispara sale impune... hermanito.
Diciendo esto último dejó el palo al suelo y dejó claro a su hermano que tenía la carta.




Música: Daniel Powter – Next Plane Home

A Sole se le iluminaron los ojos cuando vio que Lia y Bertu salían del edificio con una niña en brazos.
—¡Es preciosa! —dijo Sole abalanzándose sobre ella y abrazándola.
—¿Verdad que sí? —dijo Lia que lloraba de felicidad.
—No me lo puedo creer —dijo Sole—. ¡Es ella!
—Felicidades, Sole —dijo Bertu abrazándola.
—Muchas, gracias. Sin ti no hubiera sido posible todo esto —dijo Sole emocionada.
—Venga, que me haréis llorar a mi también —rió Bertu.
La niña, que hasta ahora estaba dormida, se despertó.
—Mira quien tenemos aquí ¡Hola! —dijo Lia.
Sole empezó a llorar.
—Hola Yen —dijo Bertu—. Saluda a tus mamás.




—¿Alguien ahí? —dijo Gabriel entrando en el sótano.
—Los de siempre —dijo Hyun Suk que se había quedado al lado de Willy mirando la Playboy.
—Os traigo compañía —dijo Gabriel.
Tuber apareció en el sótano y se acercó a Hyun Suk, abalanzándose hacia él. Este pronunció unas palabras que nadie entendió.
—¡Nos vemos! —dijo Gabriel saliendo corriendo del sótano.
—¿Qué se supone que tenemos que hacer con esto? —dijo Hyun Suk mientras Tuber le abrazaba cada vez más fuerte.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Jue Feb 11, 2010 9:54 pm

64. Gabriel y Eva

Días después...

La actividad del campus había vuelto al 100%. Ya había pasado un semestre y, quizás sin querer, los malos resultados sobretodo en los alumnos de primer año, habían hecho que el ambiente que se respirara fuera diferente y ya no se pensara tanto en la fiesta. Aunque todos tenían claro que la semana que viene era el carnaval y todos ya pensaban en cual sería su disfraz.

—Te digo yo que el coche rojo tenía preferencia, Marisa —discutía Gabriel con su pareja caminando por el campus.
—Perdona, él estaba en la izquierda y yo salía de un carril de desacceleración.
—No. Salías de una redonda. Eso lo dices ahora para calmar tu consciencia.
—Bueno, si el señor Gabriel tuviera carnet de conducir quizás no nos encontraríamos en esta situación...
—¿A qué viene eso? Mira, Eva —dijo Gabriel cambiando de tema—. Voy a hablar con ella.
—Voy contigo —dijo Marisa capturando a su novio del brazo.
—¿Celosa?
—Ya te gustaría.
—Hola Eva.
Eva estaba distraída y alzó la vista.
—Es Gabriel —rió Marisa—, quizá sin barba no lo hayas conocido.
—Sí, le conozco perfectamente —dijo Eva levantándose del banco y besando a Gabriel.
—Claro que sí —susurró Marisa antes de fingir una sonrisa al ser besada por Eva.
—¿Cómo va todo? ¿Todo bien? —preguntó Gabriel.
—Sí, bueno. Todo el trabajo que tenía para estas vacaciones la he dejado por el final. Así que —rió— tengo todo el trabajo concentrado.
—¿Y tu padre? —dijo Gabriel bajando el volumen de voz—. ¿Cómo está?
—Bien... bien. Se recupera poco a poco. El tratamiento funcionó —rió.
—Me alegro —rió Gabriel, que ya sabía perfectamente el estado del padre de Eva ya que le preguntó días antes a Bertu.
—Bueno, ya es hora ¿Vamos, Gabi? —dijo Marisa.
—Claro.
Los dos se alejaron.
—¿Gabi? ¿Des de cuando me llaman así?
—Tu ve deprisa que llegamos tarde.




Gabriel entró en clase y se encontró las mesas vacías, excepto de una chica que estaba siempre sentada en primera fila. Eva le saludó.
—¿No ha venido nadie? —preguntó Gabriel viendo que la clase estaba vacía.
—No, todos se han marchado a la hora del patio. El profesor de geografía no ha venido.
—Vaya... —se lamentó Gabriel—. Pensaba que Salva me diría algo.
—Fue el primero en salir por la puerta.
—Muy típico de Salva —dijo Gabriel sentándose al lado de Eva. Ella se rió. Entonces Gabriel sacó un libro de la mochila cuando se cruzó con la mirada de Eva. Ambos se miraron por un momento y tímidamente intentaron estudiar por aquella hora. Uno al lado del otro, escuchando como el otro respiraba e incluso como latía su corazón.




El profesor estaba enfadado. Parecía que se dio cuenta que alguien que no debería entró en su ordenador y cambió algunos datos. Sole estaba muy nerviosa porque pensaba que el profesor la había descubierto. Salió sin hacer ruido de la clase y se dirigió al baño.
—Tranquila. No creo que nos hayan pillado —dijo Lia siguiéndola.
—¿Tú crees? —dijo Sole cabizbaja.
—Sí. Si supiera que fuimos nosotras quien entramos en sus archivos no nos dejaría entrar en clase.
—Cierto —dijo una voz masculina. Era el profesor.
Lia y Sole esbozaron una sonrisa. La habían cagado.

—Bueno. Vamos a tocar —dijo Hyun Suk abriendo la puerta del sótano.
Tuber estaba sentado encima de la guitarra del coreano.
—¡Sal de aquí, Némesis! —dijo apartando el animal del instrumento—. ¿No le habéis enseñado que hay que cagar en el váter?
—¿Cómo quieres que un chimpancé vaya al lavabo? —dijo Dani comprobando que la batería estuviera limpia y que nada estuviera roto.
—Chicos. Tengo que hablar con vosotros —dijo la madre entrando el sótano.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dani extrañado.
—He encontrado esto.
En su mano se encontraba un paquete de cigarrillos medio vacío.
—¿De quién es? —continuó la madre.
—Mío no es —dijo Dani.
—No... mío tampoco —dijo Hyun Suk.
—¿Sabéis si Willy, Bertu o Iván fuman?
—Que nosotros sepamos no —dijo Dani.
—Aunque todos a veces parecen estar un poco colocados —dijo Hyun Suk—. Sin duda yo sospecharía de ellos.
—Si no me decís de donde han salido estos cigarrillos no os dejo tocar más en el sótano.
—Bueno, tampoco nos precipitemos —dijo Hyun Suk—. Usted tiene muchos hijos, puede que sea de alguno de e...
—No lo compliques más, tío —susurró Dani.
—Quiero una respuesta. Contaré hasta cinco. 1, 2, 3, 4...
Se escuchó el sonido de la cadena. Tuber entró en el sótano.
—Uh uh uh.
Capturó el paquete de cigarrillos y se lo llevó.




Música: Muse – Falling Away With You

—Gracias por invitarme. Últimamente en casa no se puede estudiar demasiado bien —dijo Eva.
—Aquí tampoco, créeme —dijo Gabriel—. Con tantos hermanos es difícil concentrarse.
Gabriel intentó capturar un libro que se encontraba en el otro lado del escritorio.
—¿Me lo pasas?
—Claro —dijo Eva girándose.
Entonces se encontraron cara a cara, a escasos centímetros.
Gabriel tomó la iniciativa y la besó.
—Lo siento. Perdona —dijo Gabriel levantándose.
—No... no pasa nada —balbuceó Eva, que se acercó a él y le devolvió el beso.
Gabriel le devolvió el beso, y otro más.




Magui volvía a su casa cuando se encontré con el coche lujoso de su tía aparcado en doble fila. Entró en casa.
—Hola —dijo Magui colgando su chaqueta.
—Hola —dijo su madre—. Mira quién ha venido aquí.
—Hola tía —dijo Magui besándola.
—¿Qué tal, cielo?
—Bien, algo estresada...
—Cómo todas —rió su tía.
—Bueno ¿Qué es lo que tenías que contarnos?
La tía miró a la hermana y a la sobrina y sonrió.
—No es algo que esperara pero... estoy embarazada.
—¿En serio? —dijo la madre—. ¡Es fantástico!
—Felicidades —dijo Magui abrazando a su tía.
—¿Y quién es el padre? —dijo la madre tajante.
La tía dibujó una sonrisa.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Vie Feb 12, 2010 9:01 pm

65. Especial San Valentín – Carnaval (1a parte)

Keane – Spiralling

Había pasado algo que normalmente no solía pasar nunca. San Valentín y Carnaval se habían juntado prácticamente en los mismos días. Así que la mayoría de personas decidieron celebrar las dos fiestas juntas...



—Ya he llegado —dijo Hyun Suk entrando en el sótano.
Tuber corrió hacia él.
—Ahora no, cariño —susurró apartando al animal.
—Hola —dijo Dani que estaba sentado frente a un rincón con un portátil que había conseguido arreglar su hermano—. ¡No!
—¡Ah! Mierda —dijo lamentándose Hyun Suk.
—¡Los dos nos hemos disfrazado de Kurt Cobain!
—¿Y ahora qué hacemos? Yo he comprado la peluca expresamente, ¿eh?
Willy salió del baño donde se estaba cambiando.
—¡Mierda! ¿Qué hacéis disfrazados de Kurt Cobain?
—Eso quería decir yo —dijo Hyun Suk.
—Vale, vale... tenemos tiempo —dijo Dani—. ¿Quién se cambia?
La puerta del sótano se volvió a abrir. Apareció Bertu.
—¡Otro que va disfrazado de Kurt Cobain! —dijo Willy.
—Venga, seguro que habrá una tienda de disfraces abierta hoy —dijo Hyun Suk saliendo del sótano. Willy y Dani lo siguieron.
—Pero si yo aún no me he disfrazado —dijo Bertu. Tuber capturó la peluca de Hyun Suk.

Gabriel abrió la puerta. Apareció Salva.
—Hola —dijo Gabriel que se estaba poniendo la máscara.
—¿El Zorro? —preguntó Salva.
—No... soy Batman —dijo algo mosqueado Gabriel—. Pasa.
Salva entró por la puerta observando todas las paredes.
—Marisa no está. ¿Te disfrazarás de algo?
—Ya voy disfrazado —dijo Salva—. Soy Peter Petrelli.
Silencio.
—Bueno... —dijo finalmente Gabriel buscando entre los cajones.
—¿Qué buscas?
—Un regalo para Marisa. Ya sabes... para San Valentín.
Gabriel abrió una cajita que contenía un anillo.
—Vaya. Eso te debió costarte un dineral.
—Sí. Pero ya hace tiempo.
—¿Y eso?
—Ese anillo era para Eva. Pero no le llegué a regalar.
—Oh, entiendo —dijo Salva sentándose en el sofá.
Alguien estaba abriendo la puerta. Gabriel se apresuró para esconder el anillo. Entró Marisa.
—¡Ya estoy aquí! Ups, ¡hola Salva! ¡hola Zorro!
—Hola Marisa. Y en realidad, soy Batman...
—Ah... quién sea. Veo que aún no te has disfrazado, Salva.
—Bueno, en realidad...
—Déjalo, Salva —dijo Gabriel—. ¿Qué llevas aquí? —dijo Gabriel fijándose en las bolsas que llevaba su novia en las manos.
—Pues hay un disfraz y... otra cosa —rió la chica—. Bueno, os dejo solos. Parece que nadie compra en este casa.
Marisa se despidió y salió otra vez.
—¿Eres feliz, eh? —dijo Salva mientras se fijaba como Gabriel miraba como su novia se marchaba.
—¿Eh? Sí...
—Yo seguí tus consejos y... Laura y yo no tenemos nada en común. Además parece que voy demasiado despacio.
—Bueno, eso puede arreglarse —dijo Gabriel—, pon otra marcha y acelera un poco.
—Supongo que es así de sencillo, sí.
—Eso es ridículo —dijo Gabriel quitándose el disfraz—. Mejor que vuelva a ser Bruce Wayne antes de la fiesta... —intentaba cambiar de tema.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Gabriel? —dijo Salva levantándose del sofá.
—Dispara.
—¿Alguna vez te has arrepentido de la ruptura con Eva?
—A veces —asintió Gabriel—, pero cuando veo a Marisa... todo cambia.
—Buena respuesta —dijo Salva.
—Bueno, vamos a conseguirte un disfraz de verdad —dijo Gabriel acompañando a su amigo a la entrada.
—¡Pero si está clarísimo que voy de Peter Petrelli!
—Sí, sí... venga, vamos.

—¿Te queda mucho Magui? —preguntaba Sole impaciente en la puerta de la habitación de esta.
—¡Un momento! —dijo ella desde el interior. Se escuchó un ruido.
—¡Aaah! —chilló Magui.
—¿Estás bien? —dijo Sole preocupada.
—Sí, sí. Me he resbalado con las botas...
—¿De qué vas disfrazada?
—De odalisca.
—¿De qué?
—Ya sabes... de bailarina árabe.
—Ah, cierto. ¿No tendrás frío?
—Capturaré un abrigo.
Magui abrió la puerta de la habitación y se encontró un oso polar. Magui se asustó.
—Ho... hola —dijo reconociendo a Sole.
—¿Ya estás lista?
—Sí... sí... bo... bonito disfraz.
—¡Gracias!

—Bueno por fin vamos todos con un disfraz diferente —dijo Hyun Suk subiendo a la furgoneta que les había facilitado la discográfica para tocar en los conciertos.
Hyun Suk iba disfrazado de jedi, Willy de vampiro —aunque tuvo que quitarse los colmillos para lograr articular bien cuando cantara—, Dani de Darth Vader, Iván —que había llegado con la furgoneta—, de Mario Bros y Bertu, finalmente se cambió y se puso un disfraz de Jack Sparrow. Todos estaban juntando todo el material necesario para que el concierto saliera perfecto cuando apareció Mónica.
—Vaya, pero si aquí está mi vampiro favorito —dijo acercándose a Willy y besándole.
—¿Quieres un mordisco?
Mónica iba disfrazada de agente de policía, pero aquel disfraz parecía sacado de una tienda erótica.
—Eh, chicos, dejad de mirar —dijo Willy fijándose en los compañeros de banda.
—¿Puedo subir? —preguntó Mónica.
—Claro, claro —dijeron Bertu y Hyun Suk al unísono.
—Creo que ya he recuperado la fuerza —dijo Hyun Suk fijándose en sus pantalones.
En aquel momento apareció Tuber de la entrada de la casa. Llevaba un traje de la Rana Gustavo y la peluca que antes llevaba Hyun Suk.
—Pero si es Lady Gaga pero en peluda... —dijo Dani.
—Ah, ah. Lo siento cariño —dijo Hyun Suk cerrando la puerta—. Aquí no cabe nadie más.
La furgoneta arrancó dejando a Tuber en medio de la calle. Este se enfadó, se quitó la peluca y la rebotó contra el suelo.

—Muchas gracias. Adiós —dijo Laura atendiendo a un cliente mientras ayudaba a su madre en la tienda.
—Últimamente me estás ayudando mucho ¿no? —preguntó la madre mientras limpiaba un escaparate.
—Quiero ser buena hija.
—Ya... —rió ella—. ¿No prefieres ir a la fiesta de disfraces que se hace en Medinyà?
—No. Prefiero quedarme aquí. Además, no tengo disfraz.
—Ah bueno, eso no es problema. Te compré uno.
—¿Cómo?
—Lo dejé en tu habitación.
—¿Entonces puedo ir?
—¡Claro!

—No sé. No estoy seguro que me quede bien —dijo Salva probándose el último traje.
Llevaba un uniforme de la Iniciativa Dharma.
—Pero si te queda perfecto —dijo Gabriel mientras observaba en un escaparate que habían puesto un disfraz de Batman con una etiqueta que decía “El Zorro”.
—Bueno, está bien me lo quedo... Namasté —dijo saliendo de la tienda.
—¡Eh, espera! Tienes que pagar el disfraz...
—Exacto —dijo el dependiente.
—Me las pagarás —susurró Gabriel sacando la cartera.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Mar Feb 16, 2010 11:39 pm

66. Especial San Valentín – Carnaval (2a parte)

—¿Todos listos? —dijo Bertu subiendo al escenario un poco molesto con las rastas que contenían su disfraz.
—Venga, preparaos ya o me paso al Lado Oscuro —dijo Hyun Suk afinando una y otra vez todas las guitarras.
—Yo haré lo contrario —dijo Dani desde dentro de la máscara de Vader.
—Vamos, al abordaje —dijo Bertu capturando su guitarra de las manos de Hyun Suk.
—A por sangre fresca —dijo Willy.
Todos miraron a Iván.
—Vale, ¿tengo que hacer un juego de palabras con mi disfraz? Allá va. Em.... no se me ocurre nada con Mario Bros.
Mónica subió al escenario y besó a Willy. Este quedo anonado.
—Yo creo que ya he cumplido por hoy —dijo observando a su novia como se marchaba.
—Pues nosotros no —dijo Bertu—. Uno, dos, tres...

—¡MELAFÓ!

—Madre mía, ya empiezan —dijo Gabriel observando como el pequeño telón empezaba a abrirse.
—¿Nervioso? —rió Marisa. Su disfraz: finalmente un vestido de Catwoman, un poco escotado —no mucho a causa del frío y el viento que hacía— y con una máscara al más puro estilo Halle Berry.
—Bueno, si terminan será un éxito. ¿Me puedes acompañar un momento?
Gabriel capturó la mano de Marisa.
—Sí, claro, a donde me llevas ¿No puedes esperar a llegar a casa?
Gabriel rió.
—Pues prefiero hacer esto antes del concierto, porque luego puede suceder el apocolipsis conociendo a mi hermano y a su banda.
Los dos estaban en un rincón de lo que anteriormente fue una pequeña escuela de pueblo. Solo estaban iluminados por una luz que provenía del escenario. Gabriel sacó un anillo de su bolsillo.
—Es para ti.
Marisa se quedó parada.
—Gabriel... no sé que... decir.
—No es de matrimonio —rió Gabriel nervioso—, es un... regalo de San Valentín.
—Ah —suspiró Marisa—, bueno... es que no estoy acostumbrada a que me hagan estos regalos...
—Ni yo a regalarlos —rió Gabriel.
Marisa capturó el anillo.
—Es muy bonito pero... pero no se si puedo aceptarlo. Yo no te he regalado nada.
—Sí que lo has hecho.
—¿Cómo?
—Estar contigo cada día es un regalo.
Marisa rió.
—Vaya, me harás sonrojar —dijo desviando la Marisa. El sonido de una guitarra empezó a sonar. Los altavoces estaban demasiado altos de volumen.

Hyun Suk, Iván y Bertu —hoy Willy solo cantaba— estaban improvisando con la guitarra mientras una pequeña multitud de jóvenes desconocidos los estaba esperando.
—Bueno ¿Y si tocamos algo? —preguntó Bertu.
—¿Cual? —preguntó Iván.
—¿Y si tocamos la nueva? —dijo Dani que no tuvo más remedio que improvisar también con la batería.
—¿La nueva... nueva? —dijo Hyun Suk que ya dejó de tocar.
—Bueno vale —dijo Iván.

Música: [http://www.youtube.com/watch?v=--if4G1W-jE]Let's Save the World[/url]

—Debería haberme vestido de oso polar como tú —dijo Magui tiritando—, hubiera preferido hacer el ridículo.
—¿Ridículo? ¿Por qué? —dijo Sole que prácticamente no se la entendía dentro de la cabeza del oso polar.
—Nada, déjalo —dijo Marisa pegándose a la piel del oso para calentarse más.
—Te prestaría mi barba postiza, aunque el resultado no sería muy favorecedor —dijo Sai acercándose. Iba disfrazado de árabe con el turban y una larga barba negra que le llegaba hasta el pecho, cubierto por un vestido tradicional árabe.
—Vaya, gracias —rió Magui— pero quizás tienes razón.
—¿No me habéis reconocido, verdad? —rió Sai.
—Pues... no —dijo Magui.
—No, no —dijo Sole girando la cabeza cosa que casi hizo resbalar a alguien que pasaba por el lado.
Sai se quitó lentamente la barba.
—Ah, ahora sí que te conozco —rió Magui.
—Menos mal, pensaba que sin el mono por el medio no me reconoceríais.
—Sí, te conocemos, eres el hombre que apartó el mono de Magui —dijo Sole señalando a Sai.
Los tres callaron.
—Bueno, voy a por algo de beber. ¿Queréis algo?
—Vale —dijo Magui.
Sai se despidió.
—Es simpático ¿no? —dijo Magui.
—¿Verdad que con ese disfraz parezco más sociable? No sé, parece que me cuesta menos entrar a la gente —interrumpió Sole.
—Si tú lo dices —dijo Magui que, otra vez, volvía a tener frío.

—Una cerveza, por favor —dijo Salva a la única camarera que atendía a la multitud y que iba vestida de hada madrina—. Bonito disfraz.
—Gracias —rió ella—. Y tú... no sé de que te has disfrazado pero, también te queda bien.
—Oh, es un traje de la Iniciativa Dharma.
—¿De la qué?
En aquel momento llegó Laura y se sentó al lado de Salva. Iba disfrazada de animadora.
—¡Laura! —dijo Salva que al instante rompió la conversación con la camarera—. ¡Vas... vas disfrazada de Claire!
—¿De qué? Voy disfrazada de animadora ¿No lo ves?
Salva frunció las cejas.
—Sí, pero Claire es...
—Déjalo, Salva —dijo Gabriel apareciendo por detrás con Marisa y golpeándole la espalda.
—Está bien —dijo Salva finalmente—. Eh ¿Quieres tomar algo?
—Vale —rió Laura.
—Ah, perdona por lo del otro día...
—¡No! Perdona tú —dijo Laura subiendo el tono de voz.
—Está bien, todos perdonados —rió Salva.

Sai observó como en un rincón, un par de jóvenes intercambiaban una substancia con otro. Se trataba de cocaína. Por un momento estuvo tentado a ir allí, pero desistió. En aquel momento con la mirada encontró a Magui, que esta vez estaba sola, sin presencia de osos polares. Decidió ir a pedir alguna bebida.

Salva estaba contando un chiste a Laura, no importaba cual, el hecho de verla reír merecía la pena. Entonces vio como Sai, una de sus pesadillas de un pasado bastante reciente, pasó por su lado y pidió algo a la camarera. Las miradas de ambos se cruzaron, a lo que Salva solo pudo desviar la mirada. Sai también se acordó de quien era Salva, pero también se acordó de quien era Laura. Se acordaba de aquella escena.
—Hola —dijo finalmente Laura incómoda. Esta no sabía nada del otro encuentro que tuvieron Sai y Salva.
—Hola —dijo Sai apresurándose al capturar las bebidas y dejando un billete de veinte euros en la barra. No quería que aquella situación incómoda se alargara más.
Sai abajó la mirada. Aquella noche, para él, ya habían terminado los chistes.

Descanso en el concierto. Hyun Suk decidió que de ahora en adelante, iba a utilizar la púa para tocar, porque tres dedos de su mano derecha estaban hinchados. Hubo un breve aplauso. Todos estaban hablando entre ellos pero también se podía apreciar que se movían con el ritmo de la batería y el bajo de Melafó. La primera impresión, entonces, fue buena. La banda decidió ir al bar a tomar algo, sobretodo Willy, que empezaba a tener una voz ronca.
Entre ellos se dibujó un leve pasillo para que consiguieran pasar hasta el bar. Quizá Darth Vader tenía eso, infundía respeto.
—Eh ¿No celebras el año nuevo hoy, chinito? —dijo alguien del público.
Hyun Suk se giró.
—¿Cómo has dicho?
En aquel momento. Hyun Suk definitivamente se pasó al lado oscuro. El joven que le dijo aquello medía quizá diez centrímetros más que él y tenía unos brazos quizá el doble de gruesos. Estaba en el rol de decir aquello. Hyun Suk, se precipitó.
—Sí... sí, sí... —dijo tranquilamente—. Y... oye ¿Cuando celebráis el año nuevo los mongoles como tú?
—¿Qué has dicho, chinito?
Ya era demasiado tarde. Hyun Suk “desfundó” su espada laser, pero resultó ser un plástico que no aguantó ni dos segundos. El coreano corrió hasta el escenario y capturó la primera guitarra que encontró, curiosamente, la de Willy.
—¡Pero serás...! —gritó Willy.
La guitarra se estrelló en la cabeza del “mongol”, pero no funcionó demasiado. El instrumento pudo aguantar a un segundo golpe, esta vez con dirección de “mongol” a “chinito” y no tuvo la misma suerte.

Ni el instrumento. Ni el “chinito”.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Miér Feb 17, 2010 10:03 pm

67. Especial San Valentín – Carnaval (3a parte)

—Hiciste bien en darme el anillo antes del concierto —comentó Marisa a Gabriel que observaba como la gente desalojaba el recinto.

Hacía pocos minutos que había llegado un policía municipal para ver la gravedad del asunto. Hyun Suk, después de recibir un golpe de guitarra cayó al suelo y chocó contra un hierro que salía de la estructura del escenario que le arañó la frente de punta a punta. La guitarra de Willy siguió el mismo ejemplo que la anterior, en un basurero. Iván había intentado acudir al rescate cuando vio que Hyun Suk había caído, y tras un intercambio bastante prolongado de puñetazos, terminó con solo un ojo morado, todo un éxito. El chico que golpeó a Hyun Suk y luego a Iván desapareció cuando escuchó el sonido de las sirenas del agente.

—Luke, yo soy tu padre —dijo Daniel trayendo un poco de agua a Hyun Suk.
—¡Qué chispa! —dijo el coreano desanimado—. Y yo que pensaba que terminaría lleno de sujetadores... no de puntos en la cabeza.
El agente finalmente se acercó a Hyun Suk.
—¿Un autógrafo? —dijo el coreano amenazante.
—¿Qué tal un golpe de porra? —dijo el policía aún más amenazante—. ¿Y si me cuentas cómo ha empezado todo?
—Ah, pues bien, empezamos a tocar y fue cuando nos dimos cuenta que no teníamos una lista de canciones para tocar, así que lo hablamos y bueno, empezamos con la última canción que hicimos, que trata sobre un mundo...
—Por favor, simplifica un poco.
—Bueno pues... ese tipo que, por cierto, llevaba el signo nazi rapado en la cabeza —mintió— me acusó de...

—Éste no se salva —dijo en voz baja Willy.
—Déjame solucionarlo —dijo Mónica que se acercó al agente.

—¿Qué quiere usted? —dijo el agente fijándose en el escote de Mónica.
—¿Sabe que me gustan mucho los hombres con uniforme?
—Ah sí ¿En serio? —dijo el agente sonrojado.
—Siempre pienso que esconden algo... grande... en el interior.

—Vámonos —dijo Bertu capturando a Hyun Suk. El resto de la banda les siguió. Entonces encontraron a un hombre bien trajado que se acercó a ellos.
—¿Primer concierto? —dijo deteniéndose delante de ellos.
—Algo así —dijo Bertu.
—Pues no ha estado mal —dijo aquel hombre entregando una pequeña tarjeta a Bertu. Después sonrió y se alejó.
—Un momento, esto me suena —dijo Dani—. Es como si lo hubiera leído en algún lugar, pero no sé donde...
—¿Qué dice la tarjeta? —preguntó Willy.
—Es... una tarjeta de contacto con un encargado de los conciertos en La Mirona de Salt.
—¿En serio? —dijo Hyun Suk que, de repente, recuperó la fuerza.
Melafó paseaba por las calles, camino a la furgoneta mientras Dani respiraba a través del casco de Darth Vader.

Dos días después...

Música: Gary Jules – Falling Awake

—¡Ha sido increíble! —gritó Marisa.
—Baja el volumen —dijo Gabriel sacando la cabeza de la cama—. Los vecinos podrían oírnos.
—Creo que ya nos habrán oído antes ¿no? —rió Marisa.
—Posiblemente —rió Gabriel.
—Tenemos que repetirlo —dijo Marisa acomodándose en la cama—. ¿Tiene algún nombre lo que me has hecho?
—Pues no me acuerdo —dudó Gabriel—. La verdad es que creo que terminaba con... namasté o algo así.
—Esto es suficiente —dijo Marisa acercándose a sus labios. En aquel momento el despertador sonó.
—No... —se quejó la chica.
Ambos se miraron.
—¿Y si hacemos... —dijo Gabriel.
—novillos?
Ambos rieron.
—Vale, vuelve a bajo Batman —dijo Marisa metiendo a Gabriel otra vez debajo de las sábanas.

—¡Magui! ¡Vamos, Magui! ¡Llegaremos tarde! —gritaba Sole a la puerta.
—No sé que le pasa hoy a mi hija, pero ha sonado ya tres veces el despertador.
La puerta se abrió lentamente. Apareció Magui con un paquete lleno de pañuelos.
—Creo que me he resfriado —dijo Magui con la voz ronca.
—Esto te pasa por ir disfrazada de aquello —rió Sole—. ¿Ves? Yo estoy perfectamente...
—Bueno, eso es relativo —dijo Magui entrando otra vez en la habitación.
—¿No vienes a clases?
—Creo que voy a quedarme en casa —dijo Magui cerrando la puerta.
—Bueno —dijo Sole dirigiéndose a la madre de Magui—, ayer me disfracé de oso y ahora es su hija la que tiene que hibernar. ¡Adiós!

Hyun Suk, Bertu y Dani fueron juntos al instituto. Por los pasillos, todos se giraban y se paraban para verlos.
—Me siento observado —dijo Hyun Suk que empezó a mirar hacia el suelo.
—Bueno, eso de llevar una cinta en el pelo con la bandera coreana para que no se vea la herida es algo que ayuda —dijo Bertu.
—Prefiero ser eso antes que un Harry Potter asiático —dijo Hyun Suk cuando ya entraba en clase. Bertu se despidió y entró en la clase del lado.
—¡Muy buen concierto Hyun! —dijo un compañero de clase.
—¿En serio? —dijo Hyun Suk sentándose en su sitio.
—¡Sí! —dijo otro—, pero no sabíamos que íbamos a ver un espectáculo de lucha libre.
—¡Ni que veríamos luchar al chino cudeiro! —lanzó otro.
Todos se rieron.
—Bastardos —susurró Hyun Suk acomodándose en el asiento y mirando hacia adelante. La profesora había llegado.

Mañana fría en el campus.

Salva se acercó a Laura. Aún quedaban cinco minutos para el inicio de las clases.
—Ey, Laura.
—Hola —dijo ella que sin darse cuenta aceleró su paso.
—Oye... ayer no terminó demasiado bien la cosa con eso de Hyun Suk.
—Ya me di cuenta que era algo impulsivo cuando salía conmigo.
—Laura —dijo Salva capturando el brazo de la chica—. Espera...
—¿Qué pasa? —dijo Laura que se detuvo.
—He pensado en lo que pasó el otro día en tu casa...
—No, olvídalo —dijo Laura caminando de nuevo.
—¡No! Espera, espera... Y he pensado que... quizá tengas razón.
Ambos se miraron.
—Creo que estoy listo para poner la segunda marcha —dijo Salva acercándose a los labios de Laura.

-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-


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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Lun Feb 22, 2010 11:27 pm

68. La nueva estrella




—Vale. Pero quiero ese material mañana ¿Vale? Sí, sí, te pagaré... ¿Cómo que no lo haré porque ni tengo ni un duro? ¡Te lo daré!
Hyun Suk iba conduciendo por la carretera de noche mientras escuchaba con el volumen a tope la última canción de Melafó.
—¿Problemas con el trabajo? —dijo una rubia que estaba sentada en el asiento del copiloto con ropa escasa.
—No preguntes. No te pago para eso.
Entonces Hyun Suk vio las sirenas desde lejos. Había un coche de policía haciendo un control de alcoholemia. Al pasar por delante, dos agentes le señalaban un lugar para aparcar pero este prefirió acelerar derribando tres conos que se encontraban en el paso de los agentes. Rápidamente el coche policial siguió al coreano hasta que este derrapó con la rueda trasera. Estaba acorralado.




Música: Lifehouse – All In

Sole y Lia estaban castigadas por el profesor que las pilló y después de terminar las clases tuvieron que quedarse una semana una hora más para repasar los apuntes y corregir los exámenes del mismo profesor, que también tenía clases en un instituto.
—Vamos, siguiente —dijo Lia que acababa de suspender a un chico—. Este se llama Hyun Suk.
—¿Hyun Suk? —dijo Sole que levantó la vista del papel—. Creo que lo conozco.
—¿Ah si?
—Es un miembro de Melafó.
—¿Melafó? ¿Qué es eso?
—Un grupo de música. Tocaron el otro día en la fiesta de Carnaval... bueno, tocaron tres canciones o algo así y luego se pegaron.
—Interesante... —dijo Lia corrigiendo un examen—. Bueno, pues ese Hyun Suk tiene un 4'5.
—¡Pobre! —dijo Sole.
—¿Qué pasa?
—¿No puedes aprobarle?
—¿Tanta lástima te hace?
Sole no supo que responder.
—Está bien —dijo Lia rellenando una de las respuestas que el coreano dejó vacías—. Ahora tiene un 5.
—Aprobado —rió Sole.
—Venga, el siguiente —dijo Lia buscando otra hoja—. No conocerás a un tal Dani ¿Verdad?
—¿Dani? No me suena, la verdad...
—Pues suspendido.

En el mismo campus, Gabriel aún no había terminado las clases. Se había quedado con un profesor que había pedido como actividad extra el diseño de una página web. Para eso se había basado en la propuesta que le hizo Bertu pero con unas cuantas mejoras. En la clase solo se encontraban dos alumnos y el profesor.
—Vamos a ver... —dijo el profesor insertando un pen drive al ordenador del otro alumno—. Vaya... no está mal... Buena presentación, buena estructura, buena navegación, has usado códigos avanzados, está muy bien esa Zona Michan —dijo observando el alumno, un chico alto y delgado que llevaba unas melenas que le llegaban hasta los hombros y una barba y un bigote mal afeitados.
—Gracias —dijo este que sacó el pen y se largó de la clase.
—Vamos a ver que lleva el señor.
Gabriel le prestó el MP3 y su profesor lo insertó en el ordenador.
—T-t-t-t —hice el profesor negando con la cabeza—. Entiendo... la idea está bien pero no tiene una plataforma muy clara, aunque está bien por haberla hecho tú.
—¿Qué quiere decir con eso? —dijo Gabriel que no supo si aquello debía ofenderle o enorgullecerle.
—Bueno, de momento el premio lo tendría Zona Michan y no Zona Keidell ¿Verdad que se llama así?
Gabriel asintió con la cabeza.
—Bueno, sigue trabajando.
El profesor se despidió dando una palmada a la espalda de Gabriel que se dolió. Quedó solo en la clase.




—Señor Hyun Suk Oh.
Hyun Suk se levantó de su sitio y se sentó delante del juez.
—Señor Oh, ha sido acusado de conducción temeraria, conducción bajo los efectos del alcohol, posesión de drogas y... tiene una denuncia de la protectora de animales. ¿Cómo se declara?
Hubo un silencio.
—¿Usted que me recomienda, señor juez? —rió Hyun Suk.
—Señor, usted debe responder con “culpable” o “no culpable”.
—Solo me gustaría decir que en estos momentos es cuando lamento no haber leído el discurso de Sócrates porque me sería de gran utilidad.
—¿Culpable o no culpable? —repitió el juez que no quería perder el tiempo.
—Culpable —dijo Hyun Suk observando a su abogado—. Pero lo último de la protectora de animales no lo veo muy justo.
—Puede sentarse —dijo el juez.
Hyun Suk se sentó otra vez al lado de su abogado que no paraba de abrocharse y desabrocharse la corbata. Tenía la misma edad que él, se conocían de toda la vida. Era Dani.
—¿Por qué tenías que decir “culpable”? —preguntó Dani molesto—. ¿No te acuerdas que dije que podía solucionar esto si me lo dejaras a mi?
Hyun Suk rió.
—No me pasará nada, ya verás.




Gabriel llegó al apartamento. Marisa estaba repasando los apuntes de la clase en el sofá.
—Ya he llegado —dijo Gabriel sin demasiado ánimo. En su mano llevaba las cartas que encontró en el buzón.
—Vaya ¿No estás muy animado?
—Hombre, eso de llegar y encontrarte con las facturas no es muy gratificante. Además el profesor no es que le haya gustado eso de Zona Keidell.
—¿Keidell? ¿De qué me suena ese nombre?
Gabriel iba a contárselo, pero finalmente no lo hizo. Encontró algo entre las facturas que le hizo desviar la atención.
—Ma... Marisa, es para ti —dijo entregándole una carta—. Es de José.
—¿Una carta? —dijo Marisa extrañada.
Gabriel dudó pero finalmente se acercó a la habitación y dejó sola a Marisa en el sofá.
—Vamos a ver... —dijo Marisa abriendo lentamente el sobre.

En un bosque cerca de Hong Kong, José, Ronald y unos cuantos de sus hombres estaban de cacería. De momento ya habían conseguido cazar a un pequeño ciervo. Lo había matado aquel hombre que siempre iba vestido con ropa de calle, que Ronald acostumbraba a llamarlo Bizarro. Ronald también iba acompañado de sus hijas, o mejor dicho, mujeres. José iba al lado de Lian, con la que últimamente había intimado bastante sin llegar siquiera a besarse ni a acercarse demasiado. Cada vez que estaban cerca se acercaba un hombre de confianza de Ronald para controlarlos.

Ronald llamó a José.
—Escucha hermanito... me han llegado voces diciéndome que te llevas bien con una de mis chicas. Y ya sabes que yo soy un padre muy autoritario —rió—. Vigila, porque aunque yo no te dispare, aquí hay muchos que sin razón alguna podrían hacerlo y... pum.




Hyun Suk salió de la comisaría. Delante de él se encontraban un montón de cámaras que le estaban apuntando. Este capturó su chaqueta y salió corriendo por delante del pasillo que habían formado los agentes. Supuso que Dani lo estaba esperando en unas pocas manzanas. Se detuvo en medio de los reporteros, que empezaron a hacer preguntas.
—¡Qué os den! —chilló con una sonrisa en los labios.
Continuó corriendo hasta que encontró el coche de Dani y subió allí.
—¿Qué te había dicho? —rió Hyun Suk.
—No vuelvas a hacerlo —dijo Dani arrancando el coche.
—Pues ya es la cuarta vez...
El coche empezó a moverse mientras detrás de él los reporteros intentaban seguirle el ritmo.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Mar Feb 23, 2010 10:42 pm

69. 69

Salva abrió otra vez los ojos. A su lado estaba Laura. Desnuda. Escuchaba su respiración. Estaba recubierta de la única manta de su cama. Salva capturó su brazo e intentó abrazarla.

Hace 12 horas

Salva capturó con fuerza su mochila. Abandonó en las escaleras de la facultad de magisterio a Gabriel y a Marisa, donde Gabriel había tomado la costumbre de acompañar a su novia. Ahora estaba solo y tenía un objetivo claro. Tenía que ir a clase junto a Laura. Era una de las pocas clases que este año tenían juntos.

La encontró sentada en un banco, quizá repasando que había traído todos los libros. Parecía nerviosa. Él también lo estaba. Salva se acercó y la saludó. Esta vez fue Laura quien empezó el beso. Tramaba algo. Aunque parecía que dudaba.
—Esta tarde... mi casa está libre —dijo levemente Laura, avergonzada, sin subir demasiado el tono de voz, pero lo suficientemente lento para que Salva lograra entender su frase a la primera y así evitar una repetición que hubiera sido vergonzosa.
Salva comprendió lo que quería decir Laura después de unos inquietantes segundos.
—Ah —dijo girando la cabeza, intentando evitar la cara de Laura.
El timbre empezó a sonar, marcando el inicio de las clases.
—¿Qué me dices? —dijo Laura más flojito aún y la frase casi pasó desapercibida por el sonido del timbre. Pero Salva quizá dedujo la frase y asintió con la cabeza.
Los dos caminaron hacia clase. Agarrados de la mano, pero no lo suficientemente juntos. Al llegar a la clase se separaron y no se dirigieron más la palabra.




Mónica caminaba por las calles de un pueblo. Breda, no demasiado grande pero tampoco considerado un pueblo rural. Las calles estaban mojadas. Había llovido el día anterior. El agua aún caía del tejado de las casas y la presencia del canto de las aves era escasa. Se encontró con los propietarios de un pequeño restaurante que limpiaban las sillas para que los clientes se pudieran sentar en las terrazas. Su objetivo estaba cerca.

Solo tuvo que cruzar dos calles cuando vio al hombre que al había llamado. Iba vestido informal y llevaba un paraguas grande, por si a caso. A medida que se iba acercando, Mónica observó que aquel blanco era un poco más mayor que ella y que incluso podía ser atractivo para ciertas mujeres. Cuando estaba a escasos metros se fijó en su anillo de compromiso. “Tarea difícil”, pensó antes de saludarle y darle la mano.
—Mónica Santos —dijo con su mejor sonrisa.
Su apellido le venía que ni pintado. El hombre parecía nervioso. Ya había caído en su red.
—Trabajo para una empresa veterinaria. Últimamente nos hemos fijado en esa comarca. Hemos pensado que usted podría estar interesado en formar parte de nuestra franquicia.
El hombre parecía confundido. Mónica volvió a sonreír. Ya estaba en el anzuelo.




Gabriel llegó a casa junto a Marisa. Aquel día habían coincidido ya que solo tenían clase de mañana. Rápidamente después de cerrar la puerta escuchó el sonido de alguien picando en ella. Marisa abrió. Entro Salva que saludó a ambos.
—Necesito tu ayuda —dijo dirigiéndose a Gabriel.
Gabriel se asustó. “Eso no puede ser bueno”, pensó.
—¿Os dejo solos? —dijo Marisa dejando sus cosas cerca del sofá.
Salva no contestó. Estuvo varios segundos sin responder.
—No, no... mejor... quédate —dijo Salva acercándose a Salva—. Necesito tu ayuda.
—Dime —dijo Marisa extrañada.
—Verás, esta tarde he quedado con Laura para...
—Dios, Ma... Marisa, voy a comprar —dijo Gabriel capturando otra vez la chaqueta y saliendo del apartamento.
“Por fin he encontrado algo para hacerle ir a comprar”, pensó Marisa.
—¿Para qué habéis quedado? —continuó Marisa que quería ver como salían de la boca de Salva aquellas incómodas palabras.
—Bueno, ya sabes... —dijo Salva que empezó a sonrojarse, incluso tomó un color morado.
—¿En qué quieres que te ayude?
Salva miró de lado a lado. No encontró ninguna cámara oculta.
—Verás... es que yo... nunca...
Marisa rió. Le estaba gustando aquella conversación.
—Entiendo —dijo finalmente.
—Sé que la voy a cagar... —dijo Salva sentándose en el sofá.
—Bueno, tu tranquilo ¿Vale? —dijo Marisa sentándose a su lado—. Si piensas en otras cosas es cuando todo sale mal.
Salva sacó una pequeña libreta de su bolsillo y empezó a apuntar la frase de Marisa mientras la iba repitiendo. Sopló.
—Y... bueno, tienes que hablar con Laura para saber lo que le gusta, lo que no le gusta...
—¿Tengo que hacer eso? No se me da nada bien.
Gabriel abrió la puerta. Cuando vio que Salva se encontraba aún en el interior se excusó y volvió a salir.
—Voy a por... tabaco.
—Pero si no fumas —dijo Marisa.
—Todavía estoy a tiempo —dijo Gabriel cerrando la puerta.
—Hombres... —dijo Marisa observando como la puerta se cerraba—. Bueno Salva, no sé que decirte más...
—Creo que... algo de práctica me vendría bien.
Ambos se miraron. Marisa se rió incómoda.
—Bueno, me voy y gracias...
—De nada —dijo Marisa aún sentada en el sofá.
Al abrir la puerta, Salva vio que Gabriel estaba esperando detrás de ella.




Mónica capturó un pendiente que había caído debajo de la cama. Su plan había funcionado. Había llevado a la presa a un almuerzo en un hostal, habló con él, se le insinuó y terminó en la cama con él.

Una mano peluda pasaba por su espalda acariciándola. El anillo de compromiso seguía en su mano. Eso le hizo dibujar una sonrisa. Se giró, aún desnuda y recibió el beso que la estaba esperando. Rió.
—Bonitas vistas —dijo el hombre observando el torso desnuda de la chica.
—Gracias —dijo ella acomodándose encima de él, acariciando su cuello.
Luego se desentendió de él.
—Bueno ¿Hay trato?
El hombre dudó unos segundos.
—Claro.
Mónica se levantó y buscó en su maletín unos papeles de su contrato. Acercó un bolígrafo a la presa.
—Firma aquí y seré tuya —dijo susurrándole en la oreja.
Y mientras besaba su cuello estaba completando uno de los muchos tratos que había conseguido para su empresa. Minutos después se despidió. Tenía trabajo, dijo. Llamó a su jefe. Solo le hizo falta una llamada perdida para que él entendiera que había cumplido el trabajo. Esperó la llamada entrante para saber donde se encontraba la siguiente presa.




Salva dudó, pero finalmente hizo sonar el timbre. Laura abrió después de dos segundos, como si fueran cronometrados. Esperó a que Salva entrara para aparecer. Laura llevaba un vestido que Salva nunca había visto, unos pantalones ajustados y un jersey delgado que mostraba la marca de los sujetadores. Se había peinado y puesto colonia. Salva en cambio, seguía con la misma ropa y parecía muy nervioso. Se besaron.

Laura mostró la mano y Salva la capturó. Lo llevó al primer piso. Ambas manos estaban frías. Laura abrió la puerta de su habitación. Todo estaba limpio. La persiana, ligeramente abierta. Cerró la puerta.

Salva se quitó el abrigo. Se volvieron a besar.
—Laura... —dijo Salva acariciándole el pelo.
—Tranquilo —dijo ella riendo levemente.

Salva se sentó en la silla que Laura tenía en el escritorio y esta se acomodó encima de él.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Mar Mar 02, 2010 10:06 pm

70. Cómo pasó

Gabriel observaba como el café del profesor se iba resfriando. Tenía un color muy oscuro, como si el café fuera del bueno. El vaso estaba a punto de caer de la mesa y Gabriel lo acercó al centro para impedirlo. Había silencio y tenía que buscar algo en lo que pensar para evitar la mirada de aquel joven que se hacía llamar Michan que lo estaba observando detenidamente. El profesor de mientras observaba la nueva web de Gabriel, o Keidell, como había decidido llamarse.
—Está bien —dijo el profesor haciendo el último trago. Le había quedado frío—, puedes sacarle mucho partido.
Gabriel asintió con la cabeza y miró otra vez a Michan que aún lo estaba observando. El profesor abrió su pequeña libreta y buscó los nombres. Primero se encontró con Michan, + —puso. Pocos nombres más abajo se encontraba el de Gabriel, ++. Gabriel dibujó una sonrisa y dio la mano al profesor. Luego intentó hacer lo mismo con Michan pero ese había aprendido bien del asunto de John Terry.




Finalmente se había decidido por no llevar corbata, aunque la que regaló su madre por su treinta cumpleaños no le disgustaba en absoluto. Quizá con el paso del tiempo sus gustos habían madurado, o quizá ya no era aquel joven que tenía 20 años y se dedicaba a hacer pequeños videojuegos de helicópteros. Se había afeitado de tal manera que dejó la perilla y el bigote, del que recortó los bordes. Miró su reloj en el móvil. Las 4:00pm. Marisa ya había llamado para animarle. Entonces se fijó en el café que se había tomado y le vino una imagen a la cabeza. Así empezó todo.




Una semana antes

—Cariño, me voy a la cama —dijo Marisa apagando la luz del comedor en el que se encontraba Gabriel, dejándolo solamente con la luz que emitía su portátil.
—¿Puedes dejarlo encendido? —preguntó Gabriel.
Marisa retrocedió y se acercó otra vez hacia el interruptor.
—No —dirigiéndose otra vez a la habitación. Estaba molesta porque hacía días que Gabriel no le prestaba atención porque estaba centrado en su proyecto.

Gabriel dijo basta y viendo el interrumptor más lejos que nunca, decidió apagar el portátil e irse a dormir.

Al día siguiente

Ruido de nuevo en el sótano. Gabriel llegó a casa para limpiar la ropa sucia o más bien para que se la limpiasen. Su madre al verlo hizo un gesto no muy afable. Gabriel se acercó al sótano donde se encontraban dos lavadoras y depositó su ropa en una de ellas. Tuber lo estaba observando des de lejos, escondido debajo del sofá y solo sacando el morro.
—Chicos, creo que me voy a arrepentirme pero necesito vuestra ayuda.
La banda dejó de tocar lentamente. No estaban ni Iván ni Willy.
—¿Qué quieres? —preguntó Dani. Tuber salió de debajo del sofá una vez el ruido había acabado. Se puso al lado de Hyun Suk agarrándole los pantalones.
—Veréis, estoy trabajando en un proyecto para una página web...
—Me aburro —interrumpió Hyun Suk.
—Y en principio se trata de una revista en formato online que tratará sobre varias cosas: series, películas, deportes, informática... —hizo una pausa—, música...
—Ah ¿Y? —dijo Dani.
—He dicho... música —repitió Gabriel con el mismo misterio.
—Sí, eso ya lo entendimos —dijo Bertu.
—Quiero que... o me gustaría que se hablara de Melafó en el primer número.
—Hombre, haber empezado por aquí —dijo Hyun Suk.
—Bueno ¿Qué me decís?
Los tres miembros se miraron.
—Creo que puedo escribir algo —dijo finalmente Bertu.




Había algunos periodistas y fotógrafos acreditados. Gabriel estaba sentado delante de ellos mirándolos de cara. Tenía una botella de agua preparada por si tenía que aclararse la gola. Ya pasaban cinco minutos. Tosió.
—Bien. Muchas gracias por estar aquí.




Marisa llegó sola en el campus. Le gustaba más ir así porque se ahorraba comentarios de su novio como “¿No te has saltado un stop?” o “Marisa, no corras tanto” siempre seguido del “¡Corre Marisa, que llegamos tarde!”. Había aparcado al lado de un deportivo y sin querer lo rayó un poco.

Subió al campus y se encontró con Salva. Solo la saludó. Continuó caminando y se encontró con Laura que hizo lo mismo.
—Ey, hola Laura —la detuvo—. ¿Tienes prisa?
—No —pensó “sí”.
—¿Cómo fue con Salva?
—Bien, bien... —dijo Laura asintiendo. Pensó “vamos, busca algo para cambiar de tema”.
—Es que el otro día Salva vino a casa a pedirme algunos consejos.
—Ah —“vamos, piensa...”.
—Espero que no le haya dicho nada que te haya molestado.
—No... eh... oye... eh... tú... ¿Dónde... dónde está...
Vio que Gabriel no estaba.
—... está tu novio?
—Ah, pues se ha tomado el día libre. Lo cierto es que se quedó sin ropa limpia y se fue a su casa para limpiarla.
Laura vio como Salva se acercaba.
—Bueno, me tengo que ir.
—¡Espera, Laura! —gritó Salva corriendo tras ella.
—¿Qué les pasa a estos dos? —dijo Marisa.

Música: OneRepublic – All This Time

Magui estaba esperando delante de la facultad a Sole. Esta se presentó cinco minutos tarde cuando ya habían entrado todos. Todos menos su amiga, claro está.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Magui molesta.
—Ah, no tenías porque esperarme —rió Sole—, estaba con Lia.
—¿Con Lia? ¿Aún estás castigada?
—Qué va... estábamos tomando algo.
Sole entró sin más miramientos a la facultad. Magui se percató que Sole había encontrado otra amiga en el campus antes que lo hiciera ella.

Marisa regresaba a casa y bajó al aparcamiento. Prácticamente ya estaba vacío y la mayoría de vehículos que quedaban eran los de los profesores, arrinconados en un rincón con un poco más de espacio entre ellos. Marisa vio a su coche de lejos, pues estaba solo entre varias plazas libres. Al ir por abrir la puerta, notó que algo no iba bien. Se giró y observó que casi toda la parte derecha de su coche estaba rallada.
—¡Me cago en!




Gabriel abajó el micrófono y los periodistas aplaudieron. Detrás de los asientos escuchó otros aplausos. Eran los de Marisa, Magui, Sole, Willy, Salva y Bertu. Se acercó a ellos.
—Lo has logrado —dijo Marisa besándole.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Sáb Mar 20, 2010 8:19 pm

71. Póquer

Del cenicero aún salía humo. Las cartas estaban repartidas entre los jugadores que observaban las fichas atónitos. Todos tenían sus piezas y, más o menos, se imaginaban su suerte. Algunos llevaban gafas para que sus emociones no se reflejaran después de las pupilas. Otros, simplemente, desviaban la mirada e intentaban manipular sus emociones. José no hacía nada de eso. Tenía una buena mano y probablemente ganaría otra vez.

Movió sus cartas encima de la mesa en círculo. Con eso consiguió la atención de aquellos invitados especiales que ya hacía días que se pasaban por “La Casa de Campo”.
—Voy —dijo para confirmar lo que los otros sospechaban.
El que parecía menos preocupado, continuó con el juego. Llegó primero su turno, aunque en aquel póquer las normas iban rotando según la persona de más peso. El caso es que José, metido entre aquellos desconocidos, era el más peligroso por ser el hermano del patrón.
Aquel hombre pronunció algunas palabras en chino, o eso pensó José, y mostró sus cartas. 5-6-7... la cadena se rompió allí. Todos miraron ahora a la mano de José, que seguía oculta debajo de un vaso con ginebra.
—Vamos allá —susurró José—.
K,Q,J,10... le faltó el As, pero aún así, José ganó. El perdedor parecía enfadado y se levantó de la silla haciendo bastante ruido. Todos dejaron sus cigarrillos en el cenicero y capturaron sus chaquetas. Había sido una jornada productiva, aunque no había ganado dinero. Apostaban gramos de cocaína que al final José daba a los perros que vigilaban la entrada. Así, podía escabullirse unos momentos mientras los animales veían a Lucy en el cielo con los diamantes.




Música: Train – Hey, Soul Sister

—Buenos días —dijo Marisa entrando en la sala de profesores.
El director estaba discutiendo con la conserje que parecía estar muy convencida de no haberse dejado la calefacción encendida toda la noche. Marisa no encontró respuesta en la entrada. Dejó su bolso en su taquilla y se fijó en las fotos que se encontraban colgadas en el corcho. La excursión del año pasado en la nieve donde Marisa sufrió una ligera contractura al desviarse de las pistas de esquí e impactar contra un árbol. Sonrió. Sus pequeños alumnos estuvieron preocupados por ella todo el día.

Revisó el teléfono. Como siempre, Gabriel le había mandado el mismo mensaje de siempre. Marisa pensó que su novio tenía algún tipo de plantilla y que ni se dignaba a escribirlo él mismo, o que simplemente tenía el celular programado para enviar este mensaje cada día, como si se tratara de una alarma. Aún así, lo leyó otra vez y le respondió. “Yo también te odio”.

Ahora había llegado una hora antes para corregir los exámenes del día anterior y sorprender a los alumnos con las notas el día después. Pero su plan no funcionó.
—Marisa —dijo el director—. La profesora de castellano de tercero no se ha presentado.
—Ah, ¿Ha llamado?
—No, no sabemos nada de ella.
—Bien, pues voy a su clase.
Intentó levantarse lentamente.
—¿Te ayudo? —dijo el director capturando su mano al ver que cada día tenía la barriga más hinchada.
—No, pero gracias —rió Marisa.
—¿De cuánto estás?
—Ocho meses y 15 días.




—¿Pistachos? —dijo Bertu ofreciendo una pequeña bolsa de pistachos a Gabriel.
—No, gracias... —dijo Gabriel—. ¿Cómo llevas el artículo?
—¿Qué artículo? —dijo Bertu.
La banda continuaba ensayando en el sótano. Habían conseguido un concierto para fin de mes pero antes habían quedado con la discográfica por el incidente. Marisa y Gabriel estaban de visita.
—El artículo de Melafó para la revista.
—Ah, ése artículo. Estoy en ello. Mañana...
—Eso me dijiste ayer, Bertu —dijo Gabriel enfadado.
—Mañana sin falta, ¿vale? —dijo Marisa metiéndose en la conversación.
—Está bien —dijo Bertu cabizbajo.
Mientras, Tuber observaba de lejos a Marisa y se dirigió al baño. La madre de Gabriel entró en el sótano con una colada para rentar.
—¡Ah, hola! —dijo sorprendida de ver a Gabriel y a su novia.
Se besaron.
—Bonita camisa, cielo —dijo la madre dirigiéndose a Marisa.
—Gracias —dijo ella con una sonrisa forzada.
La madre se dirigió a las lavadoras.
—Eso es que no le gusta —susurró Marisa a Gabriel.
—No es verdad... —dijo Gabriel.
—Bueno hijo ¿Cómo llevas la revista?
—Bien, bueno... pasito a pasito.
—Uy, me tengo que ir —dijo Marisa incómoda por tener la mirada de la madre de su novio encima en cada momento.
—¿A dónde? —preguntó Gabriel.
—He... quedado con Laura para estudiar. ¿No os molesta, verdad?
—No, claro que no.
—Adiós —besó a su novio—. Ah, bonita camisa, señora.
Se despidió y salió por la puerta del sótano.
—Eso es que no le gusta —dijo la madre.
—Mujeres... —susurró Gabriel.
Se escuchó a Tuber chillando en el baño, seguido de un gemido de placer.

José logró salir entre los cipreses. Se encontró con Lian en el jardín.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica.
—Nada —dijo él adentrándose en el interior.
—He visto que dabas algo a los perros...
José reculó.
—No has visto nada.
—¿Ronald no debe saberlo?
—No.
—Entiendo... Tengo miedo.
—¿Por qué?
—Sé que estás pensando algo en contra de mi padre.
—No lo llames así, no es tu padre —dijo José con una expresión de asco.
—Yo sólo quiero salir de aquí.
—Entonces estamos del mismo lado.




Marisa entró en clase. Delante de ella se encontraban más de treinta y cinco alumnos de doce años de los cuales, por lo que podía ver, la mitad se convertirían en delincuentes. Se sentó en la silla del profesor después de revisar que no había ningún chicle. Los alumnos, la mayoría chicas, que se encontraban en primera fila, le prestaron atención, los otros, sobretodo los del fondo, continuaron como si nada con su particular partida de strip-póker.
—Bien chicos. Montserrat no ha venido, así que podéis hacer lo que queráis...
Alboroto tremendo en la clase.
—¡De deberes!
Pero aquello ya no lo escuchó nadie. Los que estaban en primera fila empezaron a taparse los oídos, volaban aviones por toda la clase, guerra de papeles, Marisa empezó a ponerse nerviosa. ¿Por qué había tenido que venir una hora antes? Empezó a encontrarse mal. Un avión de papel impactó en su rostro. Notó una sensación que no le gustó. El sudor le recorría todo el cuerpo. Chilló de tal modo que consiguió que todos callaran, estupefactos.
—Llamad a una ambulancia —dijo ella entre gemidos—. Creo... que he roto aguas.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Dom Mar 21, 2010 9:14 pm

72. Un poco más grande

—¡Laura, hay una chica que viene por ti!
Laura bajó las escaleras y se encontró con Marisa y su madre hablando en la puerta.
—Hola, Marisa —dijo Laura recién despertada. Todavía iba vestida con el pijama de Pikachu.
—Hola —dijo Marisa entrando en el interior. Subieron las escaleras.
—¿Y... qué haces aquí?
—Bueno, tenía que encontrar una excusa para que mi suegra, bueno, la madre de Gabriel, dejara de mirarme, así que dije que... iba con Laura a estudiar.
—Ah, gracias por pensar en mi —rió ella.
—No sé, me salió de dentro.
—Ya ya... Bueno, pues estudiemos.
—En realidad... he venido para otro propósito.
Laura se sonrojó. Negó con la cabeza. Marisa se rió.
—Hoy no te escapas. Tienes que contármelo.
Laura se cubrió el rostro con la almohada.
—¡Está bien!




Salva dudó, pero finalmente hizo sonar el timbre. Laura abrió después de dos segundos, como si fueran cronometrados. Esperó a que Salva entrara para aparecer. Laura llevaba un vestido que Salva nunca había visto, unos pantalones ajustados y un jersey delgado que mostraba la marca de los sujetadores. Se había peinado y puesto colonia. Salva en cambio, seguía con la misma ropa y parecía muy nervioso. Se besaron.

Laura mostró la mano y Salva la capturó. Lo llevó al primer piso. Ambas manos estaban frías. Laura abrió la puerta de su habitación. Todo estaba limpio. La persiana, ligeramente abierta. Cerró la puerta.

Salva se quitó el abrigo. Se volvieron a besar.
—Laura... —dijo Salva acariciándole el pelo.
—Tranquilo —dijo ella riendo levemente.

Salva se sentó en la silla que Laura tenía en el escritorio y esta se acomodó encima de él. Laura mordió levemente la oreja izquierda de Salva que empezó a quitarle aquel jersey tan molesto para él.
—E... espera —tartamudeó Salva.
—¿Qué pasa?
—Y ¿Y los... condones?
—Ah, hay uno metido... dentro del sujetador.
Salva observó la marca del plástico en el pecho izquierdo.
—Pues... con permiso.
Salva acarició sus pechos mientras Laura lo besaba. La chica se levantó y empezó a quitarse los pantalones. Salva se quitó la camiseta dejando ver un torso no demasiado musculoso pero con pocos pelos, dejando la impresión de que estaba depilado.
Laura se rió y se tiró a la cama mientras se terminaba de quitar la ropa. Salva se quitó los pantalones y los calcetines, y volvió a besar a Laura acariciando sus caderas. Se levantó levemente para quitarse los calzoncillos, cuando Laura chilló. Se cubrió con la almohada.
—¿Qué? ¿Qué ocurre? —preguntó Salva asustado.
—Tu... tu pene...
—¿Qué le pasa? —dijo Salva atónito.
—Es...
—¿Qué le pasa? —dijo Salva observando su miembro.




—Era muy grande —dijo finalmente Laura.
—¿Grande?
—No. Muy grande —repitió Laura.
—Bueno, no sería grande... sino... largo.
—Ambas cosas, Marisa. Ambas cosas.
—Vale... Vale.



—¿Cómo que grande? —dijo Salva—. Pero si los del porno lo tienen más o menos igual ¿No?
—Los del porno, Salva —dijo Laura volviéndose pálida—. ¿Estás escuchando lo que dices?




—Pero... muy ¿Muy grande? —continuó Marisa—. ¿Cuántos centímetros?
—No sé, no tenía un metro en mano.
—Bueno, ya sé, chica... Más o menos.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Curiosidad —dijo Marisa después de unos segundos.
—Pues... 25 o... 26...
—¿25 o 26?
—Sí.
—¡Ni que fuera Nacho Vidal!
—Pues no se queda corto.
—Y... ¿Luego qué pasó?




Salva besó otra vez a Laura.
—No, lo siento...
—¿Laura? ¿Es necesario hacer tanto alboroto?
—Es que me haces miedo.
—¿Miedo? ¿Cómo que miedo?
—Tú no. Esa cosa —dijo vistiéndose de nuevo.
—Mujeres, quién os entienda... Pero si eras tú la que querías ir más deprisa.
—Porque aún no había comprobado la mercancía —susurró Laura.
—¿Qué?




—Fue horrible. Lo traté como si fuera un monstruo —dijo Laura poniéndose las manos en la cara.
—Bueno, tan mal tampoco fue porque el otro día te andaba persiguiendo por el campus.
—¿Sí, verdad? Esto si que fue malo... Ay, Marisa ¿Qué debo hacer?
—¿Quieres saber lo que pienso?
—Bueno...
—Aprovecha, no siempre puedes tener tu propio actor porno. Luego te arrepentirás...
—Eso ha sonado...
—Lo sé.
De repente el sonido de un celular las interrumpió.
—Es Salva —dijo Laura—. ¿Qué hago?
—Responde...
—¿Sí, no?
—¡Pero descuelga!

—¿S... sí?
—¿Laura?
—Sí.
—Soy Salva.
—Sí.
—Sí... eh... te llamo para decirte que lo que pasó el otro día... en fin, creo que deberíamos olvidarlo y... empezar de nuevo... otra vez...
—Eh...
—Podemos ir más despacio si quieres... a mi me da igual...

—Di que sí —susurró Marisa, atenta a la conversación.

Música: The Offspring – Pretty Fly for a White Guy

—Sí...
—¿Sí? ¿En serio? Eh... esta vez no te defraudaré, Laura... —Salva rió—. Gracias... cariño —colgó.

—De nada —dijo Laura desviando el teléfono móvil.

Salva tecleó rápidamente por Internet. Cerró la puerta de la habitación. De repente, varias ventanas se abrieron en su monitor. Las cerró para evitar que entraran vídeos. Pronto empezaron los gemidos.
—Pues quizá sí que la mía es un poco más grande.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Vie Mar 26, 2010 8:14 pm

73. La presión

—¿Quieres que vaya a por palomitas? —dijo Gabriel observando la pantalla.
—No, no hace falta. Además, creo que no nos quedan... —dijo Marisa capturando una almohada del sofá.
—Da igual, las iré a comprar...
Se escuchó un grito muy agudo de dentro del televisor.
—¿Qué pasa Gabriel?
—Es que no me gustan estas películas, sangre, fantasmas, tipos con sierras mecánicas...
—Creía que querías hacer más cosas en pareja.
—Sí, pero no me refería a eso...
Se escuchó otro grito.
—Ala —dijo Gabriel—, ¿Pero a ésa ya no la habían matado?
Se escuchó el timbre. Los dos pegaron un salto por el susto.
—Voy a abrir... —dijo Gabriel que intentó acercarse a la puerta sin tropezarse mientras se preguntaba quién sería en estas horas. Posiblemente el vecino de al lado, que ya se quejó una vez de una noche demasiado animada.
Abrió la puerta y dio un paso atrás. Se encontró con una figura delgada y los pelos largos en la entrada.
—Saludos.
Gabriel encendió las luces. Por fin había reconocido al desconocido.
—¿Michan? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabes que vivo aquí?
—A, vengo a recordarte que sólo te quedan tres días para entregar el proyecto y, B, tengo mis fuentes.
—¿Cómo?
—También me gustaría añadir algo. Tienes una novia que no te la mereces. Saludos —dijo despidiéndose.
—Un momento, ¿Me estás diciendo que has venido aquí para recordarme que sólo me quedan tres días para entregar el proyecto?
—Ah, ahora que lo pienso también vine para decirte que ya tengo terminado el mío y es muy bueno, no creo que lo superes.
Michan vio desde la entrada el televisor.
—¡Al final se mueren todos! —gritó a viva voz—. Ya está, saludos.
Gabriel observó como Michan bajaba las escaleras.
—Qué tipo... —pensó.
Entró en el piso y se encontró con Marisa mosqueada mientras apagaba el televisor. Le habían fastidiado el final de la película.

La mesa de billar brillaba como siempre. Ronald estaba probando los nuevos tacos que había hecho enviar desde Tailandia.
—¿Una partida? —dijo Ronald al ver que se acercaba su hermano. Le lanzó un taco violentamente—. Quien meta la bola negra pierde.
José y su hermano empezaron a jugar sin dirigirse la palabra y las bolas fueron entrando poco a poco.
—Mis hombres me han comentado vagamente que te han visto algunas veces por el jardín.
—Puede ser —contestó José sin más miramientos.
—Si has estado buscando maría es inútil, toda está en los almacenes de la ciudad.
—Gracias por la información.
—De nada...
Ronald golpeó. Metió tres bolas de golpe.
—Por cierto —continuó el hermano mayor—. Mis hombres me han comentado algo más...
—Vaya, si que son habladores...
Ronald atacó a su hermano con el palo y este se defendió con la misma herramienta. Retrocedió hasta topar con la mesa de billar. Entraron todas las bolas menos la negra que rebotió por tres lados. Ronald atacó hasta tres veces hasta que consiguió derribar a José por la pierna.

José cayó aturdido al suelo pero se levantó enseguida.
—Me han dicho que han encontrado un agujero en uno de los cipreses más jóvenes. Te fugaste.
—Ya te gustaría. Así me podrías disparar como un maldito perro ¿no?
—No sabes la razón que tienes.
Esta vez fue José quién atacó y golpeó a una de las costillas de su hermano, muy cerca de donde recibió el disparo. Pero este, inesperadamente, sacó una pistola de su bolsillo.
—Dispara —dijo José.
—No te daré este placer...
Los dos se separaron mientras se iban mirando.
—Tú y yo no hemos acabado —dijo Ronald—. Hay algo que quiero en Girona...
—¿Qué es?
—He hecho revisar mis cuentas y me falta dinero. Debajo de la casa de nuestros padres... había cinco millones de euros. Tengo que recuperarlos.
José estaba confundido.
—Esa casa fue derribada.
—Lo sé. Pero estaban en el sótano. En la caja donde metiste los vídeos de tu accidente.
—Entonces... alguien necesita mi ayuda.

Al día siguiente


—Mierda, no conseguiré acabarlo —dijo Gabriel mientras golpeaba a la mesa que sostenía al portátil.
—¿Qué sucede? —preguntó Marisa acercándose.
—Tengo que hacer esta revista con contenidos variados... es que, es imposible que una sola persona haga todo esto. Fui imbécil al creer que yo podría con todo.
—¿Pero no te ayudó Bertu?
—Sí. Un artículo de Melafó lleno de errores gramaticales pero... con eso no es suficiente.
—Entonces... ¿Necesitas más gente?
—Sí, algo así —dijo Gabriel mientras descansaba un rato la vista.
—Salgo un momento.
—¿A dónde vas?
—Ya lo verás...

5 horas después

La carretera de Barcelona estaba llena de fotocopias en los escaparates. “Buscamos gente para montar revista online”, anunciaba.

—Oye Magui ¿Quieres que te cuente un chiste? —dijo todo ilusionada Sole.
—Bueno —dijo Magui sin demasiados ánimos.
—A ver... Cómo era... ¡Ah sí! Em... ¡Papá, papá un huracán se llevó el auto! y... el padre dice... dice... Imposible hijo, yo tengo las llaves.
Sole se rió. Magui siguió caminando.
—¿No te hace gracia? —preguntó Sole.
—Supongo que con dos cubatas...
Entonces sopló el viento y un papel impactó en la cara de Sole y esta se tropezó y se cayó al suelo. Magui empezó a reírse.
—Ah, ¿Ahora te hace gracia, mala amiga? —dijo Sole ofendida desde el suelo.
—Lo siento —dijo Magui que no podía aguantarse la risa.
—Ésta me la pagas —dijo Sole levantándose del suelo. Observó el papel—. “Buscamos gente para montar revista online”.
—¿A ver?




Música: Bon Jovi - The Bullet

José capturó su equipaje. Su hermano estaba bastante lejos de él, por si acaso. Finalmente se acercaron sin prestarse demasiada atención.
—Recuerda... no vas a escapar...
—Y tú no harás daño a nadie ¿Verdad?
—Exacto.
—Exacto.
Los dos se miraron. Un vehículo les esperaba en la salida del aeropuerto.

-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-


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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Lun Mar 29, 2010 7:38 pm

74. Staff

—Muy bien... estaré aquí —dijo Gabriel. Colgó.

Magui depositó su celular en su bolso. Junto a Sole iba caminando por la Avenida de San Narcís mientras observaba como el cielo se iba oscureciendo.
—Podrías haber llamado tú —rechistó Magui.
—No tengo batería...
—Ya...
Cruzaron dos calles y llegaron al piso indicado. Era una de las pocas casas de apartamentos que habían empezado a construirse por la zona.

Gabriel había empezado a limpiar todo el piso. El desorden era considerable. Empezó por quitar las bolsas de patatas fritas de la pequeña mesa del comedor. Encontró la presencia de una aspiradora que creía que nunca antes había visto. Se las apañó para hacerla funcionar. Escuchó el sonido del timbre. Pensó dos segundos. Era tarde, todo lo que sobraba lo puso debajo del sofá. El piso había subido a la categoría de “piso de soltero”. Abrió la puerta.

Weezer - Pork and Beans

Magui vio como la puerta se abría lentamente. Del interior apareció un joven con una barba recortada con los bordes y algo más alto que ellas.

—Hola —dijo Gabriel desde el interior.
—Hola —contestó Magui. Sole hizo lo mismo dos segundos después.
—Pasad —dijo Gabriel apartándose de la puerta.
Sole miró antes el interior y finalmente entró.

—¿Queréis algo de beber? —preguntó Gabriel a aquellas dos desconocidas que... sin saber por qué, le sonaban de algo.
—No, gracias —dijo rápidamente Sole.
—Nada... —dijo Magui que miraba el sofá algo curioseada por una pata que se escondía debajo.
—Podéis sentaros, no muerde —bromeó Gabriel. Magui rió levemente. Aquello no hacía gracia.
Gabriel estuvo un momento en la cocina. Finalmente salió al comedor.
—Bueno, dejadme explicaros en lo que consiste el proyecto ¿Vale?
—Vale —dijo Magui.
Sole se percató de la presencia de una pata debajo del sofá. Aprovechó para tocarlo cuando Gabriel se acercó a su portátil. Él empezó un pequeño discurso no preparado. Era difícil de entender. Sole se acercó a la pata y la capturó. La dejó enseguida. Finalmente la curiosidad le pudo y volvió a capturarla. Sacó a un pequeño oso de peluche de debajo del sofá por sorpresa suya.
—No se si me habéis entendido —dijo Gabriel algo avergonzado.
—Más o menos... —rió Magui.
“El circo”, pensó Gabriel. Sí, ahora había caído. Eran las chicas que Tuber atacó en el circo. Decidió no decir nada al respecto.
Se escuchó el sonido de un trueno.
—Vaya... viene una tormenta... —dijo Gabriel.
—Ups —balbuceó Magui.
Se abrió la puerta del piso. Apareció Marisa.
—Hola... —dijo al ver a las dos desconocidas.
—Hola —dijeron ellas dos.
—Soy Marisa...
Marisa se acercó a las dos chicas y las besó. Todo muy formalmente.
—Y yo soy Gabriel, que no había pensado... en... decíroslo.
—Ah, encantadas —dijo Magui—. Bueno yo soy Magui y ésta de aquí es Sole.
—¿Cómo que “ésta de aquí”? —dijo Sole indignada.
—Bueno, chica, tampoco tienes que enfadarte.
—Vale —dijo Sole con un gesto que no gustó a Magui.
—Dejémoslo —rió Magui.
—Bueno, ahora que estás aquí, Marisa, quizás puedas ayudarme a explicar un poco mejor esto...
—Lo intentaré —rió ella.

—Creo que va a llover —dijo Bertu subiendo las escaleras.
—¿No me digas? —rió Willy. Ambos se miraron.

El timbre se volvió a escuchar.
—¿Quién... será? —se preguntó Gabriel.
—Quizá hay más gente a la que le han interesado los anuncios —dijo Marisa.
—Un momento... ¿Qué anuncios? —preguntó Gabriel.

—Buenas —dijo Bertu al entrar.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Gabriel al ver a Bertu y a Willy.
—Bueno, dijiste que la revista podría tratar sobre series y... he intentado hacer un artículo sobre... Smallville y... Willy de una serie nueva que se llama... Life Unexpected.
Los oídos de Sole se agudizaron.
—Aquí están —dijo Willy entregando un lápiz de memoria.
—Un momento... —dijo Gabriel—. ¿Seguro que esta no es una estrategia para traer el chimpancé aquí?
—¿Tuber? —dijo Bertu—. ¡Pero si tiene un gran talento musical! Nuestra última canción la compuso él.
—Claro que la compuso... —susurró Gabriel.

Se escuchó otro trueno.
—Hola —dijo Sole al encontrarse con la mirada de Bertu.
—Hola —dijo él.
—Hola... —dijo Willy algo extrañado.
—Ellas son... Magui y Sole ¿Lo he dicho bien? —dijo Gabriel—. Han venido para saber más sobre la revista. Ellos son Bertu y Willy, que tienen una banda junto a Dani, mi hermano, y dos más...
—Encantados —dijo Willy. Se acercó al portátil—. Voy a enseñarte los artículos.
—Vale, y mientras iré explicando —dijo Gabriel.

Se escuchó otra vez el timbre. Marisa fue a abrir. Esta vez apareció Salva algo empapado.
—Hola ¿Se puede entrar? Es que ha empezado a llover y pasaba por aquí...
—Pasa, pasa... —dijo Marisa—. Creía que habías venido a pedirme consejos de los tuyos.
—Ah, no había pensado en eso... —dijo Salva meditando.
—Da igual, déjalo —dijo Marisa haciéndole entrar.
—Ho... la... —dijo Salva al ver la presencia de dos desconocidas.
—Pero bueno... ¿Otro más? —susurró Sole.
—Ellas son Magui y Sole... —repitió otra vez Gabriel.
La tormenta había empezado.

Dos horas después...

—¿Falta algo más? —preguntó Marisa.
—Veamos... —dijo Gabriel haciendo el recuento—. Tenemos... 29 páginas... el objetivo era hacer una más.
—Yo no sé de que puedo escribir más —dijo Bertu que estaba estirado en el sofá junto a Salva, que iba abrazado con el osito de peluche.
—¿Alguna serie más que veamos? —dijo Magui.
—Pues no —dijo Marisa—. Parece que todos vemos las mismas ¿Por qué será?
Hubo un silencio. Salva se despertó de golpe.
—¡Ah! Ya sé Marisa... ¿Por qué no haces un artículo sobre sexo?
Otro silencio.
—¿Queréis tomar algo? —preguntó Marisa.
—No, en serio... Marisa. Un artículo sobre sexo, no sé, anticonceptivos, posturas eh... entrantes o... no sé como se llaman...
—¿Y por qué tú no haces un artículo sobre elefantes? —preguntó a Salva ofendida.
—¿Sobre elefantes? ¿A qué viene eso?
—¿Pero quién creéis que soy? ¿Una experta sexóloga? Sólo porque soy la que más veces lo ha hecho de esta habitación no significa que lo sea.
—Bueno... yo... —dijo Willy.
—¿Tú qué? Las pajas no cuentan, Guille —gritó Marisa.
—Es... Willy —susurró. Pero nadie le escuchó.
—Es que de verdad. Me ponéis enferma —dijo Marisa que se fue al baño.
Todos se miraron.
—Bueno... otra vez será —dijo Salva, pensando aún en los elefantes.
—Ha dejado de llover ¿Nos vamos un rato a ensayar? —preguntó Willy a Bertu.
Ambos se despidieron y se fueron. Salva los acompañó.
—Creo que nosotras dos también nos vamos... —dijo Magui.
Las dos se levantaron.
—Ah, mañana es mi... aniversario —dijo Magui—. Hemos alquilado un pequeño restaurante y vamos a hacer una fiesta... si Marisa y tú queréis venir...
—Vale, no estaría mal. Hace tiempo que no salimos fuera.
Magui se rió.
—Pues espero veros.
Junto a Sole salió del piso.
Se escuchó como la puerta del baño se abría.
—¿Ya se han ido todos? —preguntó Marisa.
—Sí... bueno, a ver de que podemos hacer un artículo.
—Déjamelo a mi —dijo Marisa poniéndose a delante del portatil—. Me ha inspirado...
—¿Quién te ha inspirado? —preguntó Gabriel. No recibió respuesta.
Marisa empezó a escribir. “El tamaño importa, pero la inteligencia también”.

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Jue Abr 01, 2010 7:39 pm

75. La fiesta de Magui

—Felicidades —escuchó Magui al despertarse.
Al abrir los ojos se encontró con los de su madre a escasos centímetros de ella. Pegó un salto, aunque el susto fue a menos cuando encontró su regalo encima de la cama. Un nuevo teléfono móvil.
—¡Mamá! —gritó ella.
—Es el de tu padre, el mío lo encontrarás en la cocina... —dijo la madre con una sonrisa algo inquietante. Estaba tramando algo.
—Está bien —dijo Magui colocándose levemente bien el pijama y saliendo de la cama. Se puso las zapatillas para llegar a la cocina. Su madre la siguió ocultando una sonrisa. Encima de la mesa del comedor había una bolsa de basura.
—Una bolsa... de basura —dijo Magui girándose a su madre, que no podía parar de reír. Ésta vez había sido ingeniosa, cosa que cada año intentaba ser—. ¿Tan mala hija he sido?
—Bueno, quizá si te vistes y vas a tirar la basura te encuentres con... otro regalo.
—Está bien —rió Magui que volvió a la habitación y se vistió con la ropa de ayer. Bajó las escaleras mientras se peinaba minimamente. La bolsa de basura pesaba bastante, quizá era la poca costumbre que tenía a bajarla lo que hiciera que pesara tanto.
Tenía el contenedor a la otra punta de la calle a no ser que la tirara en los contenedores de reciclaje. De lejos encontró la figura de un hombre cercana al contenedor. Éste la vio y se abrochó la chaqueta hasta arriba. A Magui le pareció ver un chaleco naranja. Se aproximó al secundo contenedor donde vio más claro quien era aquel hombre, que ahora venía hacia ella. Sai.
—Buenos días —dijo Sai con una leve sonrisa.
—Buenos días... perdona, debo de llevar unas pintas...
—Estás muy bien.
Los dos se rieron.
—¿Vas a tirar la basura? —preguntó Sai.
—Pues... sí.
—Dame la bolsa, ya la tiraré yo.
—Vale, gracias.
Sai se despidió tímidamente pero Magui lo interrumpió.
—¿Sai?
—¿Sí?
—Hoy es mi cumpleaños...
—¡Vaya! ¡Felicidades!
—No te lo digo para que me felicitaras ni para reprocharte que no lo supieras, ya que no te tengo agregado en Facebook ni nada de eso, es que... esta noche... mi tía ha organizado una fiesta y... he pensado que... podrías venir. Si quieres.
—Ah —dijo Sai perplejo—. No tengo planes esta noche.
—Perfecto.
Magui le dijo la hora y el local en el que se haría la fiesta de aniversario. Finalmente se despidieron y subió a su apartamento de nuevo. Allí se encontró con su madre en el comedor.
—Vaya chica ¿qué te pasa en la cara?
—¿Qué le pasa?
—No sé hija, estás como sonrojada.
—Ah... debe ser de la emoción...
La madre se acercó hasta la habitación de su hija.
—Éste es mi regalo.
Mostró un vestido rojo precioso y largo con algo de escote y con los brazos descubiertos.
—Mamá es...
—¿Te gusta?
—Sí, pero...
—¿Y si lo estrenas ésta noche?
—¿Ésta noche? No sé, habrá gente y...
—Vamos, a ver como te queda.

Salva estaba esperando en la casa del reloj de la Devesa. Allí estaba esperando otro chico que supuestamente estaba esperando a su pareja. Por sorpresa de Salva, llegó un hombre de unos cuarenta años que se besó con el otro chico y ambos se marcharon capturados de la mano. Al desviar la mirada Salva se encontró con Laura, algo cansada.
—Lo siento, es que me estaba maquillando y...
—¿Maquillarte? Pero si no te hace falta.
Laura se rió.
—Buen piropo.
—Es de los míos...
—Salva, de lo que pasó el otro día...
—Siento haber dicho o hecho algo que te hubiera molestado.
—No, la culpa fue mía. Reaccioné como una estúpida. Es que no me imaginaba tal...
Silencio.
—Creo que lo mejor será que hagamos como si no hubiera pasado nada —continuó Laura.
—Estoy de acuerdo.

—Magui ¿Estás lista? —gritó Sole desde el otro lado de la puerta.
—Ya voy... un momento.
Magui abrió la puerta. Salió con el vestido puesto.
—Magui, que Carnaval ya ha pasado, fue muchos episodios atrás —dijo Sole perpleja.
—Lo sabía, tenía que haberme puesto algo más normal... —se lamentó Magui.
—No hija, si estás genial. Seguro que Sole te tiene envidia —dijo la madre desde la cocina que se acercó como aquella que no quiere la cosa.
—Escuche, señora... —dijo Sole ofendida.
—No lo decía por faltar —se disculpó la madre—. Venga, que ya casi es hora y los invitados os esperan.
—Un momento, me voy a cambiar y bajo... —susurró Magui.
—¡Nada de cambiarse! —dijo la madre subiendo el volumen de la voz. Guiñó un hijo a Sole.
—Vamos Magui —dijo Sole—, que te queda muy bien. Seguro que ligas...
—Está bien —dijo Magui cabizbaja y bajando las escaleras con Sole. Ahora la madre estaba preoucpada. No había pensado en posibles ligues.

El restaurante que habían escogido no era demasiado lejos de su casa así que decidieron llegar a pie. A Magui le avergonzaba ver como los chicos se giraban y la observaban. Para solucionarlo se puso detrás de Sole. Finalmente llegaron al restaurante y entraron. Había como unas veinte personas allí dentro. La mayoría eran conocidas para Magui. Compañeros del instituto, de la universidad, los chicos con los que “trabajó” ayer para la revista online, de los cuales solo dos se dignaron a venir: Marisa y Gabriel.
—¡Felicidades! —gritaron todos al verla entrar.
El camarero trajo un pastel a Magui y ésta lo sopló, apagando así las velas.

—Creía que Magui era la otra —escuchó Marisa de una chica que estaba sentada detrás de ella. No pudo evitar contener la risa, hasta que vio que Magui se acercó a ella. La felicitó.
—Perdona a los otros —dijo Gabriel—. Pero Bertu y Willy hoy tenían concierto y Salva... bueno, a Salva se le habrá olvidado. Ah, felicidades.




Música: James Carrington – Ache

Hacía algo de frío. Magui no quería salir del coche. A su lado estaba Sai que disimuladamente la miraba.
—Voy a entrar —dijo Magui con coraje. Salió del coche y suspiró. Hacía más de un año que no regresaba allí. Abrió la puerta de detrás del coche y sacó a un cochecito para gemelos dónde estaban dormidos sus dos hijos. Hacía una semana que habían cumplido un año de vida.

Sai salió del coche también. Acarició la espalda de Magui, que empezó a subir las escaleras de lo que fue su casa. Llegó hasta la puerta. Todo seguía prácticamente igual. Las flores, la pintura... Incluso pensó que las llaves se encontraban debajo de aquel tiesto de geranio. Volvió a suspirar. Llamó a la puerta. Nadie contestó. Finalmente iba por irse mientras empezaban a salirle lágrimas de los ojos, pero escuchó unos pasos que se acercaban.

Su madre abrió la puerta. Parecía más envejecida, triste, pero su rostro se iluminó al ver a su hija.

Quería abrazarla, pero había algo en su interior que lo impedía. Aún no la había perdonado del todo, pero deseaba hacerlo.
—Mamá —sollozó Magui.
—Magui —dijo la madre riendo y llorando a la vez.
—¿Cómo estás?
—No muy bien... pero ahora me siento mejor...
—He... he traído a mis dos hijos... —dijo Magui desviando la mirada.
Hubo un silencio donde se intercambiaron varias miradas.
—¿Puedo verlos? —preguntó la madre con los ojos rojizos.
—Claro, son tus nietos.
—Gracias —dijo la madre, ahora abuela, con la mayor sonrisa del mundo. Bajó las escaleras despacio y se encontró con Sai que sostenía el cochecito. Se saludaron levemente. Sai observó como Magui bajaba las escaleras y lo miraban. Con el paso del tiempo, la relación se terminaría arreglando. Eso decían los ojos de Magui.




Magui acabó de saludar a todas las mesas del restaurante. Sole ya la había dejado cuando se encontró con Lia. De repente, Magui se encontró delante de Sai.
—Felicidades... —le dijo.
—Vaya, no te había visto.
—Sí, es que acabo de llegar...
—Me alegro que hayas venido.
—Te... te queda muy bien este vestido.
—Vaya... gracias.
Se miraron. Sin saber por qué, Magui vio la mirada de Sai más cerca. Estaban a punto de besarse, sin darse cuenta.

Pero en aquel momento se abrió la puerta del restaurante. Se abrió la puerta. Entró la tía de Magui con una barriga considerable.
—¡Tía! —dijo acercándose a ella.
—¿Qué esperabas que no vendría? Encima que os pago la cena...
—No, no es eso... es que me sorprendió verte así de... gorda —rió Magui.
Al escuchar aquella palabra Sole dejó de hablar con Lia y se giró.
—Enseguida vuelvo —dijo Sole excusándose y se encerró en el lavabo. Sacó el celular y llamó.

—Que tenga un buen día —dijo Alan mientras atendía a un cliente. Notó el vibrador en los pantalones. Sacó el celular. Vio que era Sole quién llamaba.
—¿Sí?
—¡Pero es que no entendiste a la primera vez!

-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-


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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Miér Abr 07, 2010 9:31 pm

76. El último concierto de Melafó

Iván acababa de encontrar un afinador de guitarras en Internet. Había cambiado tres cuerdas de su guitarra y quería comprobar que sonara bien. Willy y Bertu estaban detrás de él, haciendo una pequeña cola en el ordenador. Mientras, Dani aprovechó para tomarse un refresco y pasar por detrás de Mónica, que estaba sentada de manera provocativa en el sofá mostrando su tanga. Tuber hacía días que no se encontraba demasiado bien, o eso parecía, ya que frecuentemente se ocultaba debajo del sofá y estaba horas sin moverse.
—Vale, ya está afinada... —dijo Iván que se apartó de la cola.
El siguiente fue Willy. Una guitarra perfecta, reluciente. La tercera en dos meses.
—¿Afinamos la guitarra de Hyun Suk? —dijo Bertu al no ver al coreano.
—¿Dónde está Hyun? —preguntó Iván.
Todos se miraron.

—¿Una cerveza? —preguntó Blestal mientras limpiaba sus gafas de sol. Sus ojos mostraban que ayer fue un mal día y que quizás tenía resaca.
Hyun Suk dudó unos momentos ante aquella proposición. Técnicamente, aún no tenía los dieciocho años. En aquel momento se imaginó a la policía entrando en el bar y deteniendo a Blestal, Kike para los amigos.
—Bueno... —dijo finalmente.
Blestal llamó a la camarera y rápidamente trajo dos cervezas, eso sí, sin alcohol. Blestal se volvió a colocar las gafas.
—Bueno, ¿para qué querías verme? —preguntó Hyun Suk mirando fijamente las lunas de las gafas de Blestal, inertes, inexpresivas, oscuras.
—Te he hecho venir a ti porque creo que los otros no aceptarían lo que te pediré a continuación.. —dijo Blestal bebiendo un sorbo. La cerveza estaba muy fría y se le irritaron los dientes.
—No te refieres a nada relacionado con el sexo ¿verdad?
Blestal se giró. Afortunadamente, nadie escuchó aquello.
—No, nada relacionado con el sexo —susurró—. Mira, la discográfica ha escuchado vuestras maquetas y creen que pueden funcionar en el mercado actual. Personalmente odio a Justin Bieber y a estos secuaces, así que tenemos que contraatacar. Queremos jóvenes que no lleven anillo de la castidad, que no sean políticamente correctos...
—Entiendo...
—Y la imagen que dio Melafó en el último concierto fue exactamente lo que estaba buscando. Vale que vuestra música vale muy poco, pero todo se puede arreglar con las radios y con alguna que otra campaña promocional por Internet...
—Ya, gracias por lo de la música —dijo Hyun Suk bebiendo un poco de aquella cerveza sin alcohol. No le gustó y dejó el vaso rápidamente otra vez encima de la mesa.
—Creo... que puedo contar contigo para esa imagen de Melafó.
—¿Qué quieres que haga exactamente?
—Que la líes... parda.
Ambos se miraron. Blestal se quitó un momento las gafas.
—¿Qué me dices? —dijo Blestal.
—Que es lo que he estado esperando toda mi vida.




Una reportera, o ella se consideraba así, se apartó un momento del portal. Había escuchado un ruido providente del interior de aquella casa tan alejada. ¿Un perro, un gato? No. Aquello parecía un... un chimpancé. Se escucharon unos golpes y la puerta se abrió. Apareció Hyun Suk despeinado, con las gafas de sol algo sucias y con aquella armilla negra sin mangas que dejaba ver su último tatuaje en el antebrazo. Se podía ver perfectamente el símbolo del copyright.

Todos los reporteros, o los que se consideraban así, dejaron un poco de espacio para que Hyun Suk pasara. Empezaron a hacerle preguntas.
—¡Hyun Suk! ¿Cómo va tu relación con Miley?
—¡Hyun Suk! ¿Es verdad que te pegaste con la ex-novia de Zac Efron?
—Yo también os quiero mucho —dijo Hyun Suk pasando olímpicamente de ellos.
—¡Hyun Suk! ¿Qué opinas del romance entre...
—Ya sabéis que solo respondo preguntas sobre mi grupo... —dijo Hyun Suk buscando la llave de su coche.
Los reporteros se callaron. Hyun Suk arrugó la frente.
—¡Hyun Suk! —continuó un reportero—. Te vimos con una mujer ayer cuando llegabas a...
Y la multitud volvió a ladrar. Hyun Suk encontró las llaves de su coche y salió disparado calle abajo.




Chris Levy – What You Feel

José se colocó bien aquella camisa lujosa que acababa de ganar en el póquer. Paseaba por el jardín, frecuentado por unas cuantas luciérnagas que dejaban ver el pequeño camino de rocas que llevaba hasta la entrada. Escuchó unos ruidos y se escondió detrás de unos cipreses. Aquella planta se estaba muriendo, al igual que las que tenía alrededor. El verde tan característico empezó a convertirse en un marrón pálido. José caminó por detrás de los árboles cuando encontró lo que provocaba el ruido.

Lian estaba arrodillada en el suelo con una escoba. Estaba limpiando un jarrón que se había roto. Al ver que no había peligro, José se acercó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó a la mujer.
Lian estaba llorando y tenía una mejilla muy roja.
—Lo he roto sin querer... —sollozó.
José se acercó y ayudó a Lian a limpiar el suelo de porcelana.
—¿Te... te han pegado?
Lian negó con la cabeza.
—Sí que lo han hecho —dijo José.
—Ronald... ha dicho que ese jarrón era muy valioso y que... me castigará con...
José no pudo dejar que continuara hablando. No quería ni imaginarse de lo capaz que era su hermano.
—Escucha, pronto todo esto se terminará. Saldré de aquí con Ronald y, después, tú y las otras mujeres seréis libres.
—¿Libres? —sollozó Lian—. ¿Qué estás... qué quieres hacer?
—No te lo puedo contar.
Ambos se miraron.
—Está bien —dijo José acercándose al oído de la chica.

—Qué bueno que viniste —dijo Ronald al ver una sombra en la entrada de la habitación. La mujer que estaba con él se asustó. Al ver aquella reacción, Ronald y el extraño, Bizarro, se rieron.
—¿Qué le has hecho a mi niña? —rió Ronald.
—Enseñarle disciplina —rió Bizarro mientras se sentaba al lado de Ronald—. En la mesa destacaba una plata llena de uvas—. Bueno... me han dicho que vuelves a... Girona.
—Pues sí. Negocios.
—Claro, negocios —rió Bizarro—. Por eso te llevas a tu hermanito ¿no? Para que aprenda del oficio.
—Nunca se sabe... —Ronald capturó unas cuantas uvas y se las metió en la boca—. Aunque... no es el plan inicial.
—Entonces supongo que ya sé cual es tu objetivo...
—Quiero el dinero de aquella caja fuerte, pero tengo otras prioridades, lo reconozco. José me pegó un tiro y me ha dejado una cicatriz de por vida. Quiero vengarme. Pero de una forma más sutil.
—¿Y si matas... no sé, a la chica que quería?
Ronald se rió.
—Me conoces bien, Bizarro. Sí... pero no será la única, ya que voy de visita. Creo acordarme de un tal... ¿Sai?
—Cómo no —dijo Bizarro con más interés.
—Sí, a Sai... lo quiero muerto. Y enterrado. Luego ayudaré a los suyos a superar la pena con una bala en la cabeza.
—Mi querido Ronald, si querías ir a Girona por motivos de negocio, creo que deberías comprar una pequeña cantidad de alguna funeraria. Porque estos días tendrán una ligero... ligero aumento de la productividad.
—Buena idea —rió Ronald.
—Por cierto, creo que... Roy estaba por Europa la última vez. Creo que podría ayudarte.
Hubo un silencio.
—Ah... Roy —dijo Ronald—. Está muerto.
—¿Cómo? —dijo Bizarro perplejo.
—Sí, quería cobrar por adelantado. No soporto a estos tipos —Ronald rió. Bizarro siguió la corriente de su jefe unos segundos después—. Pero tú no eres de esos, Bizarro. Tú tienes... vocación. Quiero que vengas conmigo a Girona.

—Por fin... —dijo Bertu al ver que Hyun Suk entraba en el sótano.
—Lo siento... me he dormido.



—Está cerrado —dijo Iván desde la cocina. Pero alguien entró en el bar. Por si solo, los pasos le sonaron familiares—. Espero que lleves las botas limpias, hermano.
—Sí... —dijo Sai, que se sentó en la barra.
—Hola.
—Parece que no tienes mucha clientela, que digamos...
Sai observó el recinto. Estaba vacío e incluso las sillas estaban colocadas encima de las mesas.
—Es que los trabajadores de la obra no han venido hoy... Y bueno ¿A qué viene tu visita?
—Necesito un trago. Magui está muy preocupada por eso del embarazo... tú no lo sabes, pero cuando era muy joven ya estuvo embarazada, quiso seguir con el embarazo y perdió al niño. Ahora se está echando la culpa y...
En aquel momento el celular de Sai sonó.
—¿Sí?
—Ho... hola Sai —dijo Magui.
Sai notó un tono diferente en la voz de su novia.
—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?
—Sí... me... me ha llamado la doctora y ha dicho que había un problema con la máquina...
Sai se levantó de la silla.
—Pero... —continuó Magui—. Me ha dicho que... aunque tiene que hacerme más pruebas... es... es posible que esté embarazada... de gemelos.
—Gemelos —susurró Sai.
—¿Gemelos? —dijo Iván mientras limpiaba la barra.
—Hermanito, prepárame un whisky. Me ha salido la oferta dos por uno.
Magui se rió des de el otro lado del auricular. Sai se despidió de ella y dijo que en unos minutos la volvería a llamar. Abrazó a Iván.




Mallorca amanecía radiante, como siempre. Dani se levantó de la cama y observó como en el puerto ya empezaba a haber movimiento. Vio que Eva aún estaba dormida, y aprovechó para prepararle el desayuno.

Sacó los cereales del armario, los mezcló con leche y los metió en el microondas. Mientras, cortó una manzana mientras devoraba algunos trocitos. Lo preparó todo en una bandeja y se acercó al dormitorio.

Eva tuvo que abrir los ojos dos veces para creer lo que estaba viendo. Su novio le había preparado el desayuno. Eso es porque lo ocultaba algo o por...
—Tienes que comer por dos —dijo Dani besándola.
—Sí, voy a terminar como una vaca —rió Eva.
—Pues serás una vaca preciosa —rió Dani.
El celular de Dani empezó a sonar.
—¿Sí?... ¿Todo bien? ¿Y Marisa? ¿3 kilos justos? Sí... ¡Voy para allá! No. ¡No! Tranquilo, ¡Voy para allá!
—¿Qué pasa? —preguntó Eva al ver la ilusión de su novio.
—Pues... que ya soy tío.




Todo estaba listo para el concierto; los focos, los altavoces... Era la primera vez que Melafó actuaba con tanto público y no se dignaban a presentarse encima del escenario. Todos soplaban.
—Entonces iremos alternando canciones nuestras y versiones ¿De acuerdo? —dijo Willy al que le temblaban las manos.
Hyun Suk parecía distraído, mirando de reojo al público.
—Venga, ya es hora —dijo Iván.
El pequeño telón que tenían montado empezó a abrirse.
Hyun Suk fue el primero en salir.
—¡Buenas noches, mamones! —gritó con el micro que tenían preparado para Willy. El resto de Melafó quedó perplejo. El público, abucheó y aplaudió. Ya no había marcha atrás.




Willy, o ahora Guillermo Ezquerro, que parecía más formal, estaba frente a un espejo observando las ya evidentes entradas en su pelo. Una mujer entró en el baño.
—Señor Ministro, ya es hora.
—Enseguida vengo —dijo Guillermo suspirando y ajustándose la corbata. Había leído en el diario que Hyun Suk volvía a hacer de las suyas. Salió del baño y observó el reloj. Ya pasaban cinco minutos. Finalmente, entró a la rueda de la prensa. Había diez reporteros acreditados, seguro que su ex-compañero tenía a más seguidores. Entonces pensó que la situación del país no había cambiado demasiado en treinta años.

Observó el cartel que tenía detrás que anunciaba Ministerio de Economía y Hacienda y empezó a recordar el discurso que había preparado.
—Bien. Buenas tardes a los aquí presentes...




Bertu, o ahora Albert, pronunciado a lo inglés, estaba otra vez en la cocina preparando café. Capturó diez vasos pequeños y repartió equitativamente aquel líquido oscuro. Usó la bandeja personalizada, a los americanos les encantan los detalles, y se adentró a la sala de guionistas. Estaban discutiendo.
—Nuestra cadena se ha convertido en la segunda cadena menos vista ¿Y quieres cancelar a la única serie que nos trae beneficios? —dijo una mujer enfadada.
—Bueno, esa serie lleva catorce años en antena ¿Qué quieres? ¿Qué los actores se jubilen allí?
—¡Y a mi qué los actores!
—Necesitamos una nueva apuesta, que atraiga al nuevo público...
Albert iba escuchando la conversación y repartiendo los cafés, cuando de repente vio que una silla estaba vacía y sobraba un vaso. Viendo que la discusión no prosperaba, se aclaró la garganta y se sentó en la silla que quedaba libre.
—Creo que...
Nadie lo escuchaba.
—¡Creo que! Tengo lo que necesitáis. Hace años escribí una... bueno, una pequeña historia y creo que la podrías explotar en forma de serie o miniserie. Sería fácil adaptarla y creo que... podría tener... éxito.
Todos miraron a Albert.
—Te escuchamos —dijo la presidenta.




Música: Uh Huh Her - Dreamer

Una silla alcanzó la batería de Dani y las guitarras dejaron de sonar. Hyun Suk subió otra vez al escenario entre los abucheos y los aplausos (amor-odio).
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó Willy muy enfadado—. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí, lo estás echando todo a perder.
—¿Era necesario que escupieras a aquel chico? —dijo Bertu.
—¿Y tenías que enseñar tus genitales? —dijo Dani.
—¿Y... —empezaba a decir Dani. Pero no pudo ser. Blestal apareció por la puerta de detrás.
—Geniales chicos —dijo Blestal mirando a Hyun Suk que bajó la mirada—. Creo que haré saber a la discográfica que he encontrado a lo que buscamos. Dentro de unos días os traeré los papeles para firmar un contrato. Consideraos estrellas del rock, chicos.
Blestal se despidió. Todos miraron a Hyun Suk.
—¿Véis? Ha valido la pena —dijo Hyun Suk colocándose otra vez el pelo bien.
—No me gusta lo que he visto —dijo Bertu—. Cuando empezamos nunca imaginé que terminaríamos así, lo siento pero...
Salió por la puerta. Willy le siguió. Dani después de unos segundos hizo lo mismo.
—He intentado hacer todo lo posible para que triunfáramos —dijo Hyun Suk dirigiéndose a Iván.
—Sí, pero... ¿a qué precio? —dijo Iván que también salió.
Hyun Suk se quedó solo detrás del escenario mientras escuchaba el ruido uniforme del público.

-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-


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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Miér Abr 14, 2010 11:31 pm

77. Kristen Bell

Salva se desabrochaba la corbata al ver que le empezaba a faltar la respiración. Tenía la sensación de ahogarse. Mientras, Laura parecía más tranquila, alternando la mirada al techo y al suelo y desviándola de Salva que se dedicaba a revisar los últimos mensajes que recibió. Finalmente, después de comprobar que aún faltaban veinte minutos para la hora prometida, rompió el silencio tras desabrocharse otra vez la corbata.
—Ya queda menos.
Laura asintió con la cabeza y volvió a mirar al suelo. Se mordió el labio superior. Miró de reojo a Salva, agotado y nervioso, en el otro rincón del ascensor.
—Sí... —dijo ella finalmente.
Salva tenía un pequeño maletín con él. Empezó a buscar entre sus bolsillos y sacó una bolsa de pistachos.
—¿Quieres? —dijo Salva ofreciendo la bolsa.
—No, gracias.
—Tranquila, son de ayer...
Laura asintió y quedó otra vez en silencio, dejando a Salva con el brazo extendido ofreciéndole los pistachos.
—¿Cómo... ha ido todo? —preguntó Laura después de observar que sus uñas ya no se podían morder más. Fue una costumbre que había adoptado de pequeña y que había desaparecido al crecer, pero en los últimos años, sin saber porque, tenía ganas de morderse las uñas.
—Tú primera... —dijo Salva observando su reloj.
—Eh... vale —suspiró—. Acabé mi carrera en Barcelona, estuve dos años sin encontrar trabajo, hasta que milagrosamente mi madre tuvo la oportunidad de abrir otra tienda en las afueras de Girona y antes de contratar a una dependienta me colocó allí. Así que voy alternando mi trabajo con algunos cursillos que hago para encontrar un trabajo mejor.
Salva se acomodó en el suelo.
—¿Y... estás con alguien?
—¿Es que me estás tirando los tejos? —rió Laura de manera forzada.
—No... es que... si no quieres contármelo, no pasa nada.
—Bueno, ya que esto parece ser una situación de vida y muerte, no tengo más remedio. Estos dos años en los que no trabajaba estuve viviendo con un chico. De Barcelona. Al final cortamos porque... en fin, dijo que su trabajo era muy importante y quería que me mudara con él a Estados Unidos. Yo le dije que me lo pensaría y al día siguiente regreso a nuestro piso y... ¡Pum! Ya se había ido. El muy cobarde se digno a dejarme una nota encima de la cama.
—Lo siento.
—Sí, eso mismo decía.
—No, digo, que lo siento.
Laura suspiró.
—Bueno... ¿Qué hay del trajeado Salva?
Salva se concentró.
—No es algo que cuente con frecuencia...



-Hace seis años más o menos, bueno... en realidad seis años dos meses y... cuatro días, acompañé a mis hermanas hasta una casa de intercambio. Ya sabes, estas actividades que se hacen en las vacaciones de verano entre niños de aquí y niños de allí. Mi madre no quería que mis hermanas pequeñas se fueron solas a Nueva York y yo, que había ahorrado para ir de viaje allí unos días en verano, me vi obligada a acompañarlas para que mi madre no perdiera los nervios. Y... el tercer día, cerca de Central Park, iba caminando con mis hermanas mientras me contaban que ese parque era muy peligroso porque te podían robar.

Y... me acuerdo perfectamente, allí es donde una mujer me llamó. Me giré. Había una mujer que sujetaba un dólar. Me había caído. Al ver mi rostro empezó a hablarme en español. No me acuerdo de que me dijo, quizá algo así como “hay que tener en cuenta aquí”... Yo le contesté que al menos quedaban buenas personas en la gran ciudad. Sin saber por qué, y no sé como llegamos allí, pero... otro día, en el mismo sitio, la volví a encontrar. Me sonrió. Me dijo que era profesora de español, la única profesora de su instituto que no era latina. Me habló de su trabajo, sus padres, sus hermanos. Su nombre. Kristen Bell.




—¿Kristen Bell? —preguntó Laura extrañada.
—Sí, Kristen Bell, nada que ver con la actriz, aunque ambas son rubias.




—Le pregunté si sabía que había una actriz que se llamaba igual, a la que yo prácticamente adoraba. Ella se rió, debía de estar hasta que siempre le hicieran la misma broma. Entonces me dijo que fue toda una coincidencia aunque las dos habían nacido el mismo año y prácticamente al mismo día. Ella había nacido un día después que la actriz.

Otro día, también en el mismo lugar, nos volvimos a encontrar. Pensé que eso no podía ser solo coincidencia porque las tres veces que pasé por Central Park no eran en la misma hora. Allí empezamos a tenernos confianza, y le empecé a hablar de mí... y, también de ti.

Finalmente llegó el día de volver a casa, mis hermanas ya iban rumbo al aeropuerto, y entonces tomé una decisión que me cambió la vida. Metí mi billete de avión en la papelera y me decidí a quedarme en Nueva York, junto a Kristen. Fue entonces cuando pensé que en Central Park se encuentran los ladrones más temibles de todos: los de corazones. El mismo día, cuando yo quería decirle lo que me había pasado, me besó. Sin saber que no me iba.



—Esto es muy... romántico —dijo Laura, atendiendo a la historia—. No es propio de ti.
—Tienes razón.




Aunque ya me imaginaba un mundo en el que vagaría por la ciudad de Nueva York pidiendo limosna solo con el consuelo de la sonrisa de Kristen, las cosas fueron mejor de lo que pensaba. Kristen era familiar de los Bell, la compañía de telefonía, y consiguió encontrarme un trabajo en un barrio de Nueva York donde habitaban mayoritariamente latinos. Me mudé en el piso de Kristen, cerca de donde estaba su instituto. Allí ella perfeccionó el español y yo el inglés, que ya hacía falta. Después de cinco meses de vivir allí, le pedí que se casara conmigo.

Lo peor fue que, mientras estábamos ya prometidos, a Kristen le diagnosticaron una enfermedad terminal. Quedaba un mes para el compromiso y... aunque ella no quería casarse después de convencerla, finalmente... nos casamos y... después de cuatro meses... se murió.




—Vaya... —sollozó Laura—. Lo siento.
—Gracias —asintió Salva. Se podían ver como dos lágrimas recorrían sus mejillas.





Vitamin String Quartet – As Tears Go By

Salva estaba esperando en las puertas del centro comercial mientras observaba como Laura se dirigía hacia él. Al encontrarse se besaron, un beso corto, ya que había bastante gente que los podía estar mirando.
—Bueno, así... ¿Vamos a comprar? —dijo Salva.
—No es que tenga muchas ganas pero...
—Yo tampoco es que me muera por entrar.
Ambos observaron como había una larga cola al pasar por caja.
—Entonces ¿Qué hacemos? —preguntó Salva, que notó una sombra encima de él. Se giró.

Delante de él se levantaba el Hotel Melia, con sus once pisos formidables y las paredes blancas implecables.
—Oye, ya que traemos dinero... —susurró Laura—.
—¿Qué... qué quieres decir?
Laura lanzó una sonrisa picarona a Salva.



Finalmente se escucharon unos ruidos y las compuertas del ascensor se abrieron. Apareció Sai.
—¿Vosotros? —dijo perplejo.
—¿Tú? —dijeron Laura y Salva al unísono.
—¿Qué pasa? Estoy trabajando de fontanero y me han llamado para sacaros de aquí...
—Muy bien —dijo Salva levantándose del suelo—. A ver si mejoramos el servicio.
Laura y Salva salieron del ascensor.
—Ha sido un placer volverte a ver —dijo Salva abrochándose la corbata—. Tal vez, no sé... podríamos quedar un día para tomar algo.
—Sí, podríamos —rió Laura.
—Laura...
—¿Sí?
—¿Te invito a un café?




Laura capturaba su parte de la sábana dejando así el pecho al descubierto de Salva, que se giró hacia ella intentando dirigir unas palabras.
—Esto... Laura...
—¿Sí?
—Eh...
Después de un segundo al pronunciar la frase, Salva recibió una bofetada. Laura rápidamente se vistió y abandonó el hotel.

Salva tuvo que pagar la estada.

-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-


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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Jue Abr 22, 2010 8:40 pm

78. Mulato

En la estación de Girona, Sole llegó tarde según la hora prevista. Subió las escaleras lo más rápido que pudo, ya que la electromagnética estaba ocupada. Al llegar arriba, notó el ruido de la excavadora que hoy mismo empezaba a perforar la ciudad para el paso del AVE. Se giró, al escuchar otro ruido. Acababa de llegar un tren. Las puertas se abrieron. Sole quiso morderse las uñas cuando vio aparecer a una figura con los pelos un poco en punta.

Sole se acercó una vez la multitud se perdió. Efectivamente, allí se encontraba Alan revisando que todo estaba correcto en su mochila.
—¡Alan! —dijo Sole saludando al recién llegado.
Alan levantó la vista. Parecía algo más musculoso y la que ropa que llevaba era completamente nueva, al igual que sus gafas, algo más gordas y de un color blanco muy llamativo con el color de su piel.
Alan se acercó y la abrazó. Fue corto. A él Sole le pareció la misma chica, quizá con un pelo más largo y una cara un poco más alegre, aunque en aquel momento estaba nerviosa al igual que él.
—He llegado tan rápido como he podido —dijo Alan capturando su mochila y poniéndosela en la espalda.
—Lo siento si te molesté, creía que tenías que saberlo.
—Sí —asintió Alan, nervioso—. ¿Vamos a tomar algo?

Magui chocó con un deportista al cruzar la Devesa. Él se excusó y siguió caminando. El golpe no había sido demasiado duro, pero Magui aún no había desayunado y le faltaban energias. Notó que su carpeta le había caído al suelo. Al recogerla, notó el tacto peculiar de la tierra de la Devesa, aquellas pedras pequeñas y duras que molestaban tanto cuando se ponían dentro de los zapatos. Escuchó el sonido del tren pasando. Observó el reloj. Eran las 8. Seguramente un tren acababa de parar por la estación.

Magui tuvo que dirigirse sola al campus ya que, inesperadamente, Sole dijo que no se encontraba bien.

Al levantarse escuchó los pasos de alguien y el sonido de una escoba. Se giró. Era Sai.
—¿Sai?
—Hola Magui —dijo Sai alejando la vista.
—¿Qué estás haciendo?
—Bueno... limpiando...
—Ah ¿Trabajas en el Ayuntamiento?
—No exactamente —dijo Sai, suspirando—. Son... servicios a la comunidad.

Dos coches completamente negros llegaron a las puertas de la casa de campo. Empezaba a anochecer y el cielo tenía un color rojo. Ronald capturó su sombrero, se despidió de sus hombres de confianza, que eran los guardianes de la casa cuando él no estaba. En el coche de detrás, algo más que el primero, entraron cuatro hombres autóctonos. En el delante, el chófer estaba esperando a Ronald y a su hermano.

José traía consigo una pequeña maleta con ropa para un día. No llevaba armas. Ronald y José entraron dentro del vehículo sin decirse nada, hasta que José abrió la boca.
—¿Por qué no nos vamos? Perderemos el vuelo —dijo José algo impaciente a la vez que nervioso.
Ronald le miró.
La puerta trasera del coche se abrió y apareció Bizarro, vestido con traje del mismo modo que José y Ronald. José era la primera vez que veía a Bizarro vestido así.

Bizarro se sentó al lado de José. Éste tuvo que contenerse hasta llegar al aeropuerto para preguntar que hacía Bizarro aquí. Ronald le dijo que quería ver la ciudad.

—¿Estás segura que vive por aquí? —preguntó Alan observando como los números del taxímetro seguían aumentando.
—Sí, la seguí después de la fiesta de cumpleaños de Magui —dijo Sole—. Me constipé aquel día.
Sacó un pañuelo y se mocó. Se encontraban en una urbanización de un pequeño pueblo cercano a Girona, que había crecido en los últimos años debido a la buena comunicación con Barcelona y Girona. Prácticamente totas las casas de allí eran de lujo.

Alan miró su reloj. Eran las 8:42.

—A las 9 empieza a trabajar. Tenemos que darnos prisa.
Sole asintió.

Se aceraron a una casa, quizá la más grande de la urbanización. Desde el exterior se observaban una piscina y un enorme jardín, además de varias cámaras de seguridad repartidas por el patio, el garaje y la entrada.
—Es aquí —dijo Alan reconociendo el coche que estaba dentro de la propiedad.

Llamaron al timbre. Escucharon una pequeña melodía. Des de el exterior, una voz les preguntó “Quién es”. No sabían de donde venía, hasta que se acercaron al portal, donde se encontraba el micrófono.

—Y es por eso que... bueno, estoy haciendo servicios a la comunidad —dijo Sai que ya dejó el trabajo y se sentó a un banco junto a Magui.
—Vaya —susurró Magui mirándolo directamente.
—Lo siento por no habértelo contado, es que seguramente creas que soy una mal tipo, no lo soy, de veras, tuve mala suerte y me arrepiento de todo lo que hice pero...
—No, no pienso nada de esto. Agradezco que me lo hayas contado.
Ambos se miraron. Fueron interrumpidos por las voces chillonas de dos niños pequeños que empezaban a pelearse con algunas ramecitas de los plataneros. Uno de ellos, rubio, empezó a jugar con la rama de tal modo que parecía un samurai. Fue retrocediendo, asustando al otro, pero finalmente se resbaló y cayó.

Magui y Sai se rieron. Ambos estaban mirando a la misma dirección.

Fue cuando Magui giró y se encontró con la cara de Sai, que aún estaba mirando a los críos. Otra vez sus labios volvían a estar a pocos centímetros de encontrarse.

Y se encontraron.

Se escuchaban los pasos de unas chancletas acercándose al portal. Alan suspiraba profundamente mientras que Sole empezó a morderse las uñas.

El portal se abrió. Apareció la tía de Magui, pelirroja, de ojos preciosos y con un más que evidente vientre de embarazada. Alan reculó.
—¿Qué hacéis vosotros aquí? ¿Des de cuando sois “la gente del gas”?
—Ya te dije que no era buena excusa —susurró Alan a Sole.
—Háblale —susurró Sole.
—Hola... esto...
—Carla.
—Eso, Carla... ¿Te... te acuerdas de mi?
—Cómo no... después de lo que me hiciste.
—Claro... —dijo Alan observando el vientre de la tía de Magui. Sole empezaba a ponerse triste sin saber por qué y apartó la vista.
—Bueno, ¿Qué queréis? —dijo Carla, la tía de Magui, confundida.
—Oye, sé que me comporté como un cretino pero no vas a pasar por esto sola ¿vale? Yo estoy aquí para lo que necesites.
—¿A qué te refieres?
—Pues a... al niño.
—¿Qué niño?
Apareció un hombre por detrás de Carla. Mulato, metro noventa y una serpiente tatuada en su brazo izquierdo.
—¿Qué pasa amor? —dijo capturando a Carla por detrás. Tenía un profundo acento cubano.
—Nada, Walter. Vuelve dentro....
—Ok, amorsito, no tardes...
Alan y Sole quedaron atónitos.
—Bueno, no sé que estáis haciendo aquí —dijo Carla—. Me tengo que arreglar para ir al trabajo, así que...
—Sí, claro... —dijo Alan despidiéndose. Sole le siguió.




Alan acababa de repasar las últimas facturas e insertó los números al ordenador. Éste último vez había obtenido un beneficio de unos cuatro mil euros. Aplicó el treinta por ciento y dejó descansar a la máquina. Se sentó en el sofá. Esto de heredar la empresa del tío jubilado era de lo mejor que había. Su empresa funcionaba perfectamente en el sector. Confiaba plenamente en sus trabajadores, que hacía años que trabajaban allí, antes incluso de que llegara él. ¿Qué podía pedir más? Aún era joven, atractivo, según se mire, lo suficientemente rico para permitirse un buen capricho de vez en cuando, casado...

Quizá su relación era lo que menos le gustaba en aquellos momentos en los que hacía zapping. Su mujer, con la que se casó dos años atrás, es la Relaciones Públicas de una empresa farmacéutica con sede en Barcelona y últimamente no paraba mucho por casa. Menos mal que los fines de semana Mónica siempre tenía un momento para él...




Música: Robbie Williams - Advertising Space
—Hacía mucho tiempo que no... lo hacía —dijo Magui poniéndose el jersey de nuevo. Sai observaba su acto.
—Lo mismo digo —dijo Sai besándola.
—No, es que... no salí bien parada de mi última relación.
Se quedó observando a la pared, cabizbaja.
—¿Quieres contármelo? —preguntó Sai con el tono más amable que tenía.
—No, es igual... no te importa.
—Sí que me importa —dijo Sai observando los ojos de Magui.
Hubo un silencio.
—Está bien, ya que te has sincerado... ahora es mi turno.

En la cafetería del interior de la estación se encontraban Alan y Sole, esperando a las dos tilas que habían pedido. Tardaban en llegar.
—Y bueno... perdona por no preguntártelo, pero... ¿Cómo va todo? —preguntó Alan.
—Bueno, los estudios son difíciles, aprobando, suspendiendo, más una cosa que la otra, no voy a decir cual y... no sé....
—Y... ¿estás con alguien?
Sole rio.
—No, creo que con el susto que fue tu relación tuve suficiente por esta y seis vidas más.
En aquel momento sonó el celular de Sole.
—¿Sí? Lia... Sí, no he podido venir hoy. ¿Cómo que tu tampoco? —rió—. Sí ¿y? ¿Qué no tendremos los apuntes?...
Mientras hablaba, Alan notó algo en la mirada de Sole. Algo que tenía cuando estaba con él. Un brillo especial.
—Que sí... mañana hablamos, no, vas a pagar tú, así que yo hago la “perdi” —rió—. Adiós.
Alan se quedó un momento mirando a Sole, extrañado.
—¿Qué? —rió Sole.
Alan miró el reloj.
—Ya es la hora, me tengo que ir.
Ambos se levantaron. Se abrazaron.
—Cuídate mucho ¿vale? —dijo Alan.
—Sí, y tú vuelve pronto...
—Claro que sí. Oye... no le digas nada a Magui...
—Tranquilo. No voy a decir ni pío.
Alan subió las escaleras y se despidió. En aquel momento llegaron las dos tilas, que Sole dejó allí.


Última edición por Bertu el Dom Abr 25, 2010 12:31 am, editado 1 vez

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Re: ZKIII - Terceras partes nunca son buenas

Mensaje por Bertu el Vie Abr 23, 2010 12:58 pm

79. Planes opuestos

Parte 1


Las ruedas del avión tocaron el suelo. José abrió los ojos. Sin saber cómo, había podido dormir aquella noche. Habían llegado a tierra. A su lado, Ronald estaba intacto con su traje bien planchado y se levantó de su asiento.

José hizo lo mismo segundos después. Bizarro se encontraba un asiento atrás y le dedicó una de sus miradas más características. La escalera había llegado. Después de meses, José volvía a pisar su casa.

Allí también era primavera. Los pájaros cantaban más a medida que se iban alejando del aeropuerto. Un avión pasó encima de ellos. El coche en el que ellos iban también era negro, aunque ni mucho menos era de lujo. Parecía un vehículo bastante viejo, quizá robado.

Bizarro era el conductor. Seguía con su traje, que lucía de una manera bastante distinta. Ronald parecía distraído observando el paisaje e iba dando las indicaciones a Bizarro, que conducía con una velocidad algo elevada por ser una carretera bastante transitada.

Finalmente llegaron al lugar en el que se encontraba la casa de José y Ronald. Las ruinas todavía estaban allí. Los nuevos edificios aún no se habían levantado por culpa de la crisis financiera que asolaba al sector. Ronald al acercarse reconoció un cuadro de la familia que salió en la superfície. Lo capturó y le quitó el polvo.
—Creo recordar que la caja fuerte estaba detrás de este cuadro. Está por aquí —y volvió a tirar la pintura al suelo, rompiendo el marco.

Bizarro sacó una pala del maletero del coche y la lanzó a José que la capturó como pudo. Empezó a quitar los restos de la casa mientras que Bizarro lo ayudaba quitando alguna pieza pequeña.

Ronald parecía tenerlo todo controlado. Revisó la pistola. Sí, seguía debajo del abrigo. Entonces se tocó la oreja. Escuchó un pitido.
—Alfa al aparato —dijo observando a su hermano trabajando—. Hemos llegado como lo previsto, ¿Cómo lo lleváis?, cambio.
—Aquí Gamma. Estoy cerca del objetivo. La chica no está sola. Hay dos hombres en su casa.
—¿Dos hombres? —susurró Ronald.
—Sí, Alfa.

Salva acababa de llegar a casa de Marisa y observaba como Gabriel ultimaba los últimos preparativos para terminar la revista.
—¿Os traigo algo? —dijo Marisa que tuvo que levantarse por el ruido que hacían los chicos.
—Marisa, justo quería hablar contigo —dijo Salva acercándose a Marisa.
—Qué pasa —dijo Marisa temiéndose lo peor.
—Mira, ayer... Laura y yo lo hicimos.
—Joder... —dijo Gabriel intentando huir de la situación y dirigiéndose a la cocina.
—Ah... bueno, felicidades —dijo Marisa sin saber qué decir—. ¿Fue... bien?
—Fantástico, bueno, no tengo con qué comparar, pero... hay algo que pasó... algo que le dije a Laura que... hizo que se enfadara mucho, y no entiendo qué fue.

—Alfa, voy subiendo las escaleras. Escuchó una conversación dentro del apartamento.
—¿Cuántas balas tienes, Gamma?
—¿Pe... perdón?
—Que cuantas balas tienes.
—Pues... seis, Alfa.
—Bien, si dices que hay tres dentro, puedes pegarles dos tiros en la cabeza. Entra.
—Sí, Alfa.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Marisa.
—Está bien, pues...

Se escucharon gritos desde la casa. Se abrió la puerta bruscamente. Gamma cayó rodando por las escaleras por el golpe. Salva salió empujado de la casa por Marisa.
—¡Pero cómo pudiste decirle aquello!
Entonces Salva se percató de la presencia de aquel hombre que había quedado aturdido en el suelo. Se acercó cuando vio que le había caído una pistola. En aquel momento ambos se lanzaron a por el arma. Gabriel salió por la puerta para ver qué pasaba.

Salva consiguió hacerse con el arma pero Gamma empezó a retorcerle el brazo para que la soltara. Se escuchó un disparo.

Una bala había salido disparada y había ido a parar en el techo, donde empezó a caer la tiza. Gamma se abalanzó otras vez hacia las escaleras llevándose a Salva con él. Cayeron rodando un piso hasta que llegaron a un pasillo. Dos disparos salieron del arma.

Gabriel metió a Marisa dentro de casa y le dijo que se quedara allí. Gabriel salió a por Salva, pero Marisa lo acompañó. Los vecinos del piso salieron de su casa asustados. Salva recibió un puñetazo y quedó KO en el suelo. Gamma le quitó el arma. De repente, se encontró rodeado de extraños y no sabía a quién había de eliminar.

Mientras, Ronald intentaba disimular la incertidumbre del momento. Escuchó gritos, disparos, golpes, pero no escuchaba a Gamma hablar.
—¿Todo bien? —dijo Bizarro acercándose disimuladamente. Ronald asintió.
—Vigílale —dijo Ronald observando a José, que seguía quitando las ruinas.

Gamma tenía varias objetivos. Una chica morena, joven, delgada, alta... solo había una. Estaba rodeado, tenía que actuar. Apuntó.

Recibió un dolor imposible de describir. Un dolor que recorre a todo el cuerpo, que no te deja más remedio de tirarte estirado al suelo. Acababa de recibir una patada en la entrepierna. Sole capturó el arma.
—Hola —dijo dirigiéndose a Gabriel.
—¿Sole?
—Te dije que iba ayudarte a acabar la revista a tiempo.
—Vale, dame el arma.
—¿Ésta? —dijo Sole levantándola.
Los vecinos se asustaron más.
—Sí...
Sole se acercó a Gabriel y le dio el arma. La entregó a un viejo vecino, con fama de cazador en los domingos.
—Vamos a llamar a la policía —dijo Gabriel observando a sus vecinos. Gamma seguía aturdiéndose en el suelo.

Parte 2


Ronald se tocó otra vez la oreja.
—Aquí Alfa, ¿Estás ahí Kappa?
—Sí, Alfa. Siguiendo al sujeto.
—Muy bien, ya sabes qué hacer.
Ronald se acercó a José. Parecía que había encontrado la caja fuerte.
—¿La tienes?
—Creo que sí... Ayúdame con esto... Parece intacta.
Sacaron la caja fuerte a la superficie.
—Bien —dijo Bizarro—. Ahora ya sabes lo que hay que hacer.
José miró a ambos.

Sai iba caminando por la Devesa junto a Magui. Después de varios minutos de poca conversación, decidió capturale la mano, a lo que Magui respondió con una sonrisa.
—¿Tienes planes para almorzar? —preguntó Magui.
—No sé... ¿invitarías tú?
—Uy... ¿Pero dónde se perdió la caballerosidad...?
—Con James Bond, supongo —rio Sai.
—Hablando de James Bond —dijo Magui mirando hacia atrás—. Este tipo de detrás parece un agente secreto.
—¿Quién?
Sai giró la cabeza. Detrás de él se encontraba un hombre completamente vestido de negro.
—Corre... —dijo con total normalidad Sai.
—¿Qué? —dijo Magui perpleja.
—Corre.
Ambos corrieron dentro del parque de la Devesa dejando un alboroto entre los pavos reales. El hombre de negro también les siguió. Se alejaron del parque, tropezaron con una raíz que salía de uno de los plataneros. Cuando se dieron cuenta, ya tenían el hombre de negro encima.
—Que bueno verte de nuevo, Sai.
El hombre de negro sacó una pistola. Sai se puso delante de Magui para protegerla.

Ronald escuchó un disparo por el auricular. Ahora parecían que las cosas iban por el buen camino. Pero José seguía plantado ahí sin querer abrir la caja fuerte.
—¡Abre la puta caja! —dijo Bizarro sacándose un pequeño revolver de dentro el bolsillo.
Ronald intentó calmarle, pero al ver el arma, todo cambiaba.
—Creía que habíamos quedado en “nada de armas” —dijo José reculando.
—Tú cumple tu parte del trato —dijo Ronald. Se alejó—. Aquí Alfa, Theta... ¿Me escuchas?

Lamentablemente para él. No obtuvo contestación.

Magui estaba muy asustada. Nunca había visto un disparo tan de cerca ni en vivo. Sai se movió y dejó ver a Magui que el hombre de negro había quedado aturdido al suelo con un balazo en la pierna. Las aves seguían alejándose del parque tras escuchar el disparo.

Sai capturó el arma que quedó suelta en el suelo. Detrás de un platanero, apareció Roy, con una gran cicatriz que recorría todo su rostro. Parecía una herida de navaja.
—¿Qué tal Sai? —dijo Roy con total normalidad.
—¿Roy? Oye, hazme lo que quieras, pero deja a la chica en paz ¿vale? Ella no tiene nada que ver.
—Tranquilo, Romeo. No vengo a por ti. Vengo a por este —dijo dando una patada al hombre de negro aturdido en el suelo—. Los cabrones de Ronald vinieron a por mi cuando estaba de vacaciones....
Arrastró al hombre de negro hasta detrás de unos cipreses.
—Me lo voy a llevar a casa y voy a jugar un poco con él. Hay unas cuantas tácticas de tortura que me gustaría probar.
Roy capturó el arma de Sai y se la puso en el bolsillo.
—Yo limpio las pruebas ¿vale, señorita?
—Vale —susurró Magui.
—Muy bien. Ha sido un gusto verte, Sai. Aunque espero no encontrarte nunca.
—Lo mismo digo.

Sai y Magui se levantaron del suelo. Suspiraron.
—Y esos... son los tipos del trabajo —dijo Sai.

Parte 3


Tras un intento de escapada muy inteligente, el hombre que amenazaba con un arma a los vecinos logró ser detenido. Mientras esperaban la llegada de la policía en el apartamento, logró escabullirse e intentó salir por la ventana. Pero aquel hombre no era tan habilidoso como Roy y cayó de tal manera que se rompió el peroné.

Salva había recuperado el conocimiento y, aunque la cabeza le daba vueltas, pudo mantenerse de pie todo el rato que estuvieron esperando en la Comisaría, un tiempo en el que Marisa aprovechó para acercarse otra vez al apartamento. Había ido a buscar una carta. Tenía una intuición.

Además de Salva, Gabriel, Sole y algunos vacíos también habían ido a la Comisaría. Marisa llegó minutos después de que tomaran el testigo de su novio. Ahora era su turno. Quería contar todo lo que creía a las autoridades.

Finalmente Bizarro oculto el revolver y José no tuvo más remedio que abrir la caja fuerte. Insertó sus huellas dactilares. La máquina tardó unos segundos incómodos a responder. Después de la pequeña espera en pantalla aparecieron unas letras que decían “Inserte el código”.

José observó su reloj. Aún no era la hora y decidió ganar tiempo.

Ronald recibía instrucciones otra vez del auricular. Había perdido el rastro de dos de sus hombres, pero no era la primera vez que se tomaban la justicia por sus propias manos. Ahora le hablaba un tercer agente que se hacía llamar Lambda.
—Alfa, le habla Lambda. He ido a casa del objetivo. No hay nadie. Aunque nuestras fuentes indican que puede estar en otra casa. ¿Me arriesgo?
Ronald no podía contestar, tenía a José demasiado cerca y no quería fastidiar la operación.
—Alfa, si está de acuerdo, carraspee.
Ronald carraspeó y se abrochó la corbata. El sol empezaba a calentar cada vez más.

Hyun Suk abrió la puerta del sótano. Se encontró a sus compañeros de banda sentados en el sofá y las sillas, tocando con desgana sus guitarras. Tuber estaba sentado en la falda de Bertu mientras él intentaba afinar la guitarra. Allí también estaba Mónica, que parecía algo dormida.

Cuando entró Hyun Suk, todos entraron. No sabían como mirarle.
—He venido a ensayar... ¿Os apatece?
—No mucho —dijo Iván sentado en el sofá sin dirigirle la mirada.
—Tendríamos que estar estudiando ¿no? —dijo Bertu que acariciaba las axilas de Tuber. El animal mantenía los brazos estirados hasta arriba y dibujaba una sonrisa de felicidad.
—Después de que os fuerais —dijo Hyun Suk—, Blestal subió al escenario y nos felicitó. Dijo que algún día de estos vendría alguien de la discográfica para preparar los papeles de la contratación.
—¿Contratación? ¿Estupendo, no? —dijo Mónica.
—Depende de vosotros —dijo Hyun Suk triste.
—Si tenemos que actuar como el otro día, paso —dijo Willy—. ¿Y vosotros?
—Paso —dijo Dani.
—Y yo —dijo Bertu.
—Yo también —dijo Iván después de unos segundos.
—Está bien —dijo Hyun Suk—. Bueno, supongo que esto se ha acabado...
Hyun Suk se despidió. En aquel momento sonó el timbre. Tuber se ocultó debajo del sofá. Le asustaba aquel sonido.
—Abro yo —dijo el coreano.
Apareció un hombre vestido completamente de negro que llevaba unas gruesas gafas de sol, con la piel algo bronceada y una cabeza completamente rapada.
—¿Eres de la discográfica? —preguntó Hyun Suk.
—¿Cómo? —dijo el hombre de negro perplejo—. Ah, sí...
—Entra, entra —dijo Hyun Suk sonriente.
El hombre de negro llegó al sótano e identificó a su objetivo: Iván.
—Chicos, es el tipo de la discográfica... —dijo Hyun Suk.
Todos los miembros de la banda se levantaron de sus asientos.
—Vaya... eh... —balbuceó Willy.
—Siéntate, digo... siéntese... —dijo Bertu ofreciéndole su lugar. Ahora el hombre de negro se sentó al lado de Mónica, que empezó a hablarle.
—Le queda muy bien el traje ¿es el uniforme de trabajo o lo lleva porque quiere?
—Ambas cosas —dijo el hombre sonrojado.
—Así que... señor... —dijo Hyun Suk.
—Lambda... digo Landis...
—Señor Landis... —dijo Hyun Suk—. ¿Nos trae los papeles de la contratación para su discográfica? —dijo Iván que se puso delante del hombre de negro.
—Sí.
—¿Los podemos ver? —dijo Dani.
Entonces el hombre de negro asintió. Iba a aprovechar la situación en la que estaba Iván. Pero el timbre volvió a sonar. Esta vez fue Dani a abrir. En la puerta apareció Blestal con unos papeles en la puerta.
—Hola, os traigo los papeles del contrato —dijo sonriente.
—Ah, ¿habéis venido dos personas? —preguntó Dani.
—¿Cómo que dos personas? —dijo Blestal confundido.

El hombre de negro escuchó la conversación y sacó el arma apuntando a Iván. De repente, Tuber salió de debajo del sofá y empezó a chillar como no había hecho nunca.

Música: Weezer – I'm Your Daddy

El hombre de negro se asustó y disparó dos tiros al animal, que los esquivó como pudo. Blestal y Dani se acercaron al sótano para ver qué pasaba. La madre de Gabriel y Dani gritó des de el piso de arriba “No hagáis tanto ruido”.

Tuber se abalanzó a la cabeza del hombre de negro, que no tuvo más remedio que disparar al techo. Hizo caer una lámpara que impactó en su cabeza, afortunadamente para él, ocupada por Tuber que cayó encima del sofá inconsciente.

Ahora Iván volvía a ser el objetivo, pero al intentar disparar, se había quedado sin balas. Hyun Suk se percató de aquello y capturó lo primero que encontró, la nueva guitarra de Willy.
—¡No, Hyun Suk! ¡La de Bertu! ¡La de Bertu! —gritó Willy.
Hyun Suk impactó la espalda del hombre de negro con la guitarra, que se hizo en mil añicos. El hombre de negro seguía de pie, aunque estaba aturdido. Lanzó una patada a Hyun Suk que el coreano pudo esquivar haciendo un gran salto.

Hyun Suk se acercó a la batería de Dani y empezó a quitarle los platillos, que lanzó uno por uno al hombre de negro, que los esquivó como pudo.

El hombre de negro impactó la cara de Hyun Suk que se volteó y dio una patada giratorio que hizo recular al hombre de negro. Se había tropezado con el sofá y estaba a punto de caer.

Hyun Suk tomó fuerzas y reculó unos pasos. Llegó antes de que el hombre de negro impactara el suelo, le pegó una patada que lo dejo KO.

Todos lo observaban.
—Chicos, creo que sé kung-fu —dijo Hyun Suk observando sus manos.
—Wow —dijo Blestal, alucinado—. Os habéis tomado en serio eso de las malas influencias ¿eh?

Parte 4

—Dirijan todos los operativos a.... —gritaba el comisario en viva voz.

Gabriel había logrado escapar de la comisaría y se acercó a su casa, cuando vio que delante de ella se encontraba un vehículo de los Mossos de Esquadra con las sirenas encendidas. Se temió lo peor. Logró entrar en el interior al decir que vivía en la casa.

En el sótano se encontraban Hyun Suk, Dani, Bertu, Iván, Willy, su madre y unos agentes que les estaban tomando el testigo. Gabriel entró.
—¿Qué ha pasado? ¿Estáis todos bien?
—Un hombre de negro ha venido con una pistola y... Hyun Suk lo ha dejado KO —dijo Dani.
—Sí... —dijo Hyun Suk con aires de superioridad.
—¿Usted tiene la documentación necesaria, nacionalidad, empleo... para estar aquí? —preguntó el agente a Hyun Suk.
—Pues claro... llevo aquí como... ¿qué hará? Ocho, nueve años.
—Lo siento, pero tendrá que acompañarnos a la comisaría.
—Ah, claro, menudo racista —dijo Hyun Suk.

Sonó el celular de Gabriel. Era Marisa.
—Gabriel, la Policía dice que ha encontrado la pista de José.
—¿José? ¿Está aquí?
—Sí, eso creo. Y ha venido acompañado por su hermano... Eso muestran las cámaras del aeropuerto.
—Pero ¿su hermano estaba muerto, no?
—Pues no... no lo estaba, parece.

A Ronald se le estaba agotando la paciencia. José intentaba varios códigos pero ninguno abría la caja fuerte. Observó otra vez su reloj. Las 11:27. Tenía que arriesgarse.

Finalmente dio con el código correcto y la caja se abrió. Allí se encontraban varios billetes, quizás sumados eran casi un millón de euros, pero eran menos de los que Ronald estaba esperando.

Ronald sacó el arma.
—Bien... Has hecho tu trabajo muy bien, hermanito.
Bizarro también sacó su revolver. José observó su reloj. Las 11:29.
—Venga, disparad ¿A qué esperáis? —dijo José empezando a sudar.
—Parece que te estabas esperando esto...
—También tenía mi plan —rió José.
Se escucharon los chirridos de unos neumáticos. Dos agentes de la policía y dos de la CIA aparcaron cerca de la casa. Bizarro empezó a dispararles, pero un francotirador logró impactar su hombro y Bizarro cayó al suelo inconsciente. Ronald logró mantener sus niervos y capturó a José como rehén.
—Así que ese era tu plan ¿eh? ¿Cómo lo has hecho?
—Bien... ¿Recuerdas que te dije que me pelee con una especie de mafia china? Pues en realidad fueron agentes de la CIA... Te buscaban.
—Muy bien... bueno, quizá me derribes a mi, pero no vas a seguir de pie.
Ronald puso el frio metal de la muerte en la cabeza de José.
—Venga, dispara, te mueres de ganas... —dijo José.
—Sí... necesitaré alguien con quién jugar al póquer en el infierno...
Los agentes se fueron acercando, aunque temían que hubiera más hombres de Ronald.


Música: Red – Already Over

Una ráfaga de viento empezó a llevarse los billetes, que buscaron la libertad en el cielo.
—Mierda... —susurró Ronald.
—Deje el arma ¡Policía! —gritaban los agentes desde detrás de sus coches. El comisario ordenó que el francotirador que derribó a Bizarro se preparaba.
—Sabes que mi visita a Girona ha sido para algo más... ¿Verdad?
—¿A qué te refieres? —preguntó José.
—Bueno, ya que he venido he aprovechado para cargarme a Sai, a su hermano pequeño y... a tu novia.
—¿Marisa? ¿Qué le has hecho a Marisa?
—Darle un descanso eterno.
—¡Hijo de la gran puta!
—No insultes a nuestra madre, pobrecita.
—¡Estás acabado! ¡Te van a matar! ¡Y si no lo hacen, lo haré yo mismo!
—Bueno, ahórrate las amenazas. Ha llegado la hora de irse.

Ronald apretó el gatillo.


Última edición por Bertu el Dom Abr 25, 2010 1:20 am, editado 5 veces

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