Encuentro con la Santa Compaña.

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aburrido Encuentro con la Santa Compaña.

Mensaje por ORWELL el Miér Jun 16, 2010 10:45 pm

El color melancólico del otoño se iba desdibujando y el bosque se aprestaba a recibir el invierno, duro y frío por aquellos pagos.
Los habitantes del monte, como si fueran advertidos por un singular augurio, cada uno a su modo, hacían los últimos acopios de víveres y menesterosamente acondicionaban sus madrigueras para la próxima y gélida estación que estaba en ciernes.
Lentamente el sol, con su cálida bendición, se iba ocultando también en su ignoto refugio para que las estrellas ocuparan su lugar e indicaran el camino a algún caminante, noctámbulo o perdido que tuviera la osadía de adentrarse en aquel bosque, aquella noche.
Cuando la oscuridad se cernió definitivamente sobre él, abandonaron sus escondrijos las criaturas de la noche; los búhos, los lobos, las lechuzas y algún ser misterioso que compartía con aquellos morada y alimento.
En la pequeña aldea, construida a las faldas de la loma, y cuyas casas, de noche, parecían apiñarse más aún como una pequeña recua de ovejas asustadizas tras el redil, la actividad no había cesado del todo.
De alguna de las chimeneas aún emanaban caprichosos caracoles de humo. En otras, se recortaba la silueta de un vecino que estaría desvelado hasta altas horas de la madrugada, enmarcada ésta en la oquedad de una ventana al trasluz de una vela.
En las más se guardaba un tenso descanso que se rompía como por ensalmo a cada sonido proveniente del bosque.
Aquella era la noche interminable por excelencia. Era la noche de todos los santos.

El único sonido que rasgó la quietud en la aldea fueron las campanadas de la pequeña ermita de san Damián, que con su tan tan anunciaban que la procesión de la santa compaña iniciaría en breve su luctuoso trayecto.
El pueblo entero se arqueó de pavor al unísono. Todas luces prendidas se extinguieron a la par. Los sones de los cerrojos al ser corridos, los goznes de puertas y ventanucos que se aseguraban fueron solo uno. Hasta los domésticos animales estabulados parecían guardar un temeroso silencio por la llegada de aquella hora maldita.

El viento arreció de improviso y una fina lluvia comenzó a abatirse sobre la aldea, golpeando con su indolente puntilleo los cristales de las ventanas. El ulular de la ventisca fue creciendo y creciendo hasta que se hizo insoportable para los oídos, hasta que se trasformó finalmente en un alarido atronador y atroz. La hojarasca, aventada desde el monte, llegó hasta la aldea girando y enredándose en sí misma, golpeando cada portón, cada ventanuco, simulando ser astillas punzantes de un árbol derribado a hachazos antes que hojas muertas y resecas.
En la cima del cerro comenzaron a titilar pequeñas lumbres erráticas que similares a espectrales luciérnagas, descendían con parsimonia a través del bosque, exhalando un halo de luz rojo serpenteando éste por aquí y por allá al igual que la lava del volcán busca y finalmente encuentra la llanura. Cada habitante de la aldea, no importaba ni edad ni condición, preparaba a su modo, siempre como les habían explicado sus ancestros, la acometida de la Santa Compaña. Así, cada familia en cada casa, se reunía en la cocina, junto al fuego del hogar, al que previamente arrojaran agua bendita.
Otros dibujaban un círculo de protección contra los malos espíritus, y dentro de él, permanecían de pie ateridos de frió y terror gran parte de la noche. Hasta que la llegada del alba conjurase el peligro.
Otros aún, clavaban cruces en puertas, ventanas, establos, para asegurar la protección de personas y ganado. Así el instrumento que causó la muerte de nuestro señor en esta ocasión sería un artificio de salvación y libranza del mal.
Más el único lugar en el que nadie podría guarecerse sería la ermita de San Damián, pues según les dejaron dicho los ancianos, los lugares sagrados, la noche de todos los santos, carecen de resguardo y protección contra las almas en pena.

Jarreaba la lluvia y las copas de los árboles allá en el monte parecían encorvarse por el empuje del vendaval. Todos los sonidos del bosque cesaron de improviso. El lobo, el búho, la lechuza, quizá el oso, todos los animales guardaron silencio. Un mutismo espeso, aterrado, solo roto por la sordina de la esquila que anunciaba la presencia de la Santa Compaña. Que llegaba. Que iba llegando.
Los destellos de la velas se aproximaban a la aldea en siniestra procesión, según iban descendiendo loma abajo. Acudían lentamente por el sendero, zigzagueando en su recorrido, alumbrado con sus errantes cirios la trocha que de ordinario y bajo la luz del sol utilizan pastores y ganado para alcanzar los verde pastos.

Y al fin la siniestra comitiva ganó el pueblo. Perros, gatos, gallos, todos los animales estallaron a la vez en un estridente y lastimero grito de pánico, cada cual con su naturaleza.
Los perros aullaron como jamás lo hiciera el lobo mas lastimado. Los gatos encorvaron sus lomos, desenvainaron sus terribles uñas y maullaron con pavoroso temor a los desconocido. Y los gallos cantaron a la luna llena en aquella noche de insomnio sepulcral.

A la cabeza de la escalofriante procesión de túnicas blancas e impolutas que jamás palpaban el suelo se hallaba siempre un vivo. Portaba éste una vela cuyo pábulo exageradamente luminiscente arrojaba sobre su rostro sombras y augurios de una muerte próxima que ni la alba capucha era capaz de ocultar. A un paso y en fila de a dos le seguían vinculados a su cruel destino, la almas en pena de todos los difuntos de la pedanía que no fueron capaces de dar la espalda a sus pecados y que ahora permanecen condenados a vagar hasta el fin de los tiempos por el perdón de sus errores y villanías. Se les fue extirpada la vida para que en la muerte eterna sin descanso fuera exculpada su alma.

Yo, como todos los demás, cerré a cal y canto mi morada, siguiendo los preceptos para librarme de la muerte velada de albina vestidura. Mas a medida que la tenebrosa marcha avanzaba por las calles embarradas y deshabitadas, vi con estupor que allí donde deberían pasar de largo, no hicieron sino dirigir sus tétricos pasos. Allí donde debían ignorar la presencia de cualquier vivo, no hicieron sino recorrer con sus pavorosos trancos el camino que los distanciaba de mi humilde cobijo.
La visión de los espectros a través del ventanuco me entrecortó la respiración. Mi tez de ordinario sonrosada debió volverse cerúlea y me fallaron las fuerzas cuando oí como unos golpes roncos, siniestros, fatales, sonaban al ser golpeada la puerta de madera tras la que aterrado trataba de esconderme de la santa compaña.
A la llamada le siguió una voz atiplada y melodiosa, una voz angelical que me susurraba con palabras no pronunciadas: -¡Que soy yo! ¡Cielo, ábreme!-
Mientras aquellas palabras creía haber oído, una magnética e irresistible fuerza se apoderaba de mi voluntad y doblegando mi resistencia me empujaba más y más hacia la puerta.
Perdí todo dominio sobre mi mano y adquirida nueva potestad sobre sí misma destrabó los trancos que aseguraban, no mi casa, sino mi vida. La puerta, una vez liberada de sus ataduras no se abrió lentamente, sino que un sobrehumano impulso la arrancó de cuajo de sus goznes.
La lluvia y el viento, penetraron en mi casa y lejos de amainar, me castigaron con dureza el rostro, obligándome a entrecerrar los ojos para así poder atisbar aquello que frente a mi no era capaz siquiera de intuir.
Cuando pude acomodar la vista una visión maravillosa me enturbió el conocimiento.
A través del quicio de la puerta pude contemplar la más bella y anhelada de las estampas.
La noche había sido derrotada por un luminoso día primaveral. El sol inundaba con sus rayos todo aquello que era capaz de abarcar con mi risueña mirada y el sonido sepulcral había sido sustituido por los más bellos cantos de aves jamás imaginadas.
Y frente a mi, el más deseado de mis anhelos, el más preciado de mis sueños. Frente a mi vislumbraba con la nitidez propia de lo milagroso, la esbelta figura de mi mujer recientemente fallecida que me tendía una iridiscente vela como ofrenda por su inesperado retorno.
(FIN)

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aburrido Re: Encuentro con la Santa Compaña.

Mensaje por ZeltiaG el Jue Jun 17, 2010 10:54 am

Orwell... casi me asfixio! No quería ni respirar mientras leía! Magníficamente narrado, cada detalle... el escenario, la procesión de tan temida Santa Compaña, ha sido tétricamente espectacular! Mira que no soy una persona miedosa... pero llegué a sentir una sensación de "incomodidad" ante el terror del personaje, al que le había llegado el turno! jeje JO! Me has dejado... pidiendo más! jeje (soy un tantito macabra!)
Muy bueno!

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aburrido Re: Encuentro con la Santa Compaña.

Mensaje por Manu López el Jue Jun 17, 2010 12:55 pm

un relato que te hace vivir esos momentos, parecia que era uno de esos vecinos austados. El final esperanzador, el reencuentro con las personas que quisismos en vida, saludos

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aburrido Re: Encuentro con la Santa Compaña.

Mensaje por ORWELL el Jue Jun 17, 2010 11:21 pm

Zeltia G.
Siempre me fascinó esta leyenda. Creo que no es realemente terrofíca, sin más bien, triste, lo de la Santa Compaña, digo.
El mio es un relato un tanto antiguo, que nació de la lectura de El Bosque animado de W. F. Florez, hace ya tanto tiempo.
Me alegro mucho que haya inquietado su lectura.
un saludo de orwell.

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aburrido Re: Encuentro con la Santa Compaña.

Mensaje por ORWELL el Jue Jun 17, 2010 11:23 pm

Manu López.
Un pequeño relato de digamos terror con un final feliz, tal como comentas.
un placer tu visita.
un saludo de orwell

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aburrido Re: Encuentro con la Santa Compaña.

Mensaje por M.L el Dom Jul 25, 2010 5:56 pm

Orwell, vuelvo a dar un paseo por tus letras, releer, siempre es un lujo!
Me encantó tu santa compaña. Espero que te animes con el blog.
Un abrazo, ML

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aburrido Re: Encuentro con la Santa Compaña.

Mensaje por ORWELL el Vie Jul 30, 2010 1:20 am

a ML
ahora ando un poco liadillo.
seguro que después del verano me animo un poco y me pongo a ello.
un saludo.

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