Los Chantas También Van al Cielo

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Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Fobio el Miér Jun 23, 2010 3:50 am

Ninguno de nosotros podía dejar de recordar la bronca que nos daba cuando mamá se plantaba en sus trece con su opinión, respecto del mismo tema, siempre. No lográbamos entenderlo. Ni siquiera tratando de verlo desde su ángulo preferencial de madre totalmente devota a su familia. Despotricábamos con toda vehemencia, generalmente en la mesa, cuando nos reuníamos para la cena, contra los repetidos atropellos de los chantas, atorrantes o estafadores, como se prefiera llamarlos, que en esta bendita tierra abundan por todas partes, y mamá se empeñaba en señalarnos, cada vez que tenía la oportunidad, que ellos, a pesar de sus tropelías, también debían ir al cielo. Eso nos ponía aún más frenéticos, porque no podíamos entender esa injustificada prodigalidad de indulgencia. Para nosotros era la última bofetada. Era como ofrecer la otra mejilla veinte veces seguidas sin poder hacer nada. No sólo debíamos sufrir diariamente las acciones prepotentes y malsanas de estos chantas consuetudinarios, sino que también teníamos que soportar a nuestra propia madre si no justificándolos, por lo menos apiadándose de ellos como si nada. No era justo. No viniendo de nuestra propia sangre.
Claro, todos teníamos nuestras ocupaciones afuera y podíamos ver lo que ocurría en la calle, en la oficina, el taller o la universidad. Pero mamá era ama de casa y salía muy poco; únicamente para hacer las compras, ir al cementerio, visitar alguna amiga, cuidar algún conocido enfermo o asistir a sus clases de macramé. ¿Que podía saber ella de lo que pasaba en el mundo que la rodeaba, si vivía en una nube?. La posibilidad de que ella se topara con uno de esos inmundos personajes era casi inexistente. Además no entendía nada de política, medio en el que estos vividores ventajeros proliferan como hongos a la sombra en un día lluvioso. Su preocupación mayor era el aumento de precio de las cosas, sin llegar a deducir que ésto era también causado por la nefasta intervención de los oportunistas mediadores, terceros que se metían como liendres en el camino que cualquier artículo recorría desde el productor hasta el consumidor, empiojando todo y agregando al proceso natural uno o más escalones innecesarios, que los hacían enriquecerse sin siquiera levantar un dedo, sólo especulando. Además, como todos en casa contribuíamos con las finanzas hogareñas, nunca le faltaba dinero para comprar lo que considerara conveniente. Así, por más que protestara un poco por la inflación, nunca alcanzaba a comprender la gravedad real de lo que ocurría.
Pero para papá en la imprenta, siempre balanceando como un marabarista el delicado equilibrio entre los crecientes precios de los insumos y lo que razonablemente podía cobrar, sin espantar clientes, por sus trabajos; Juan Carlos en la administración del taller de tornería, donde el delegado gremial decidía en forma arbitraria y dictatorial, de acuerdo a su humor de cada día, cuales trabajos eran aceptables para hacer y cuales no, cuando lo único que se necesitaba era trabajar y nada más; Pablo en la agencia de seguros, que lidiaba la mitad del tiempo tratando de identificar los reclamos fallutos, que se hacían con denuncia policial y todo, y cuya proliferación amenazaba seriamente con llevarlos a la ruina; y yo, en la facultad de agronomía, donde los profesores daban clase de acuerdo con su propio organigrama de paros, licencias por enfermedad, días personales, compensatorios y más o menos todo lo que les viniera en ganas, para llegar a cubrir al final del ciclo lectivo solamente un tercio del programa didáctico, total cobraban igual. O sea nosotros. Nosotros, los que sufríamos las impunes malas artes de los atorrantes, que sólo saben poner piedras en el camino de los demás para obtener beneficios propios. Encima, cuando venteábamos en familia el vapor de nuestra indignación acumulada, mamá nos seguía recordando que ellos también debían ir al cielo; postura tan opuesta a nuestro propio ferviente deseo, que al menos, era un ardiente infierno para todos esos miserables.
Toda una vida de trabajo honesto es ya de por sí difícil de sobrellevar. Pero cuando casi todos los aspectos de esa vida estan contaminados por individuos corruptos, carentes de remordimientos, que no se detienen ante nada para conseguir sus objetivos egoístas de ventajas personales, a costa de lo que sea, o de quien sea, la misma existencia se convierte en una mera y dolorosa supervivencia, que puede llegar a drenar de cada uno las fuerzas y el deseo necesarios para seguir viviendo. Es algo terrible y está en todos lados, en todos los niveles. Es como una pestilencia que cada vez se extiende más y más, corroyendo todo lo que la rodea, sin que pareciese que pudiera haber algo que la detenga. El olor del dinero tiene un poderoso encanto, que va más allá de la razón y la conciencia.

***


Curiosamente, en los meses previos a la enfermedad de mamá, cada vez que los desmanes de alguno de estos atorrantes nos hacía criticarlo con más dureza que de costumbre en nuestras casi diarias e inútiles diatribas vespertinas, el tipo en cuestión moría o desaparecía al poco tiempo. Tardamos un tiempo en darnos cuenta y creo que fue Pablo el primero que notó las coincidencias. Nuestra madre, por su parte, invariablemente persistía en su misma postura absolutoria de siempre.
Era difícil de creer, pero algo estaba realmente sucediendo. Uno por uno, nos estábamos librando, por obra y gracia de algún extraño remilgo de justicia en alguna parte, de esos personajes que envilecían nuestras vidas cotidianas. La mayoría, nadie habría de sorprenderse, eran muertos a tiros. Calibre 38 corto en todos los casos. Otros, simplemente desaparecían sin dejar ningún rastro. Si no fueramos todos adultos, hubiésemos pensado que alguno de los super héroes de nuestra infancia había cobrado vida para llevar a cabo esta indudable tarea de limpieza.
Nuestro recurrente tema de conversación a la hora de la cena, dejó su lugar a los comentarios de asombro por las noticias que se iban conociendo cada día y que compartíamos de tan buena gana, ahora con una actitud mucho más laxa que un tiempo atrás. La comida parecía caer con mayor benevolencia en nuestros estómagos, las crispaciones disminuyeron y definitivamente se dormía mucho mejor.
La policía estaba completamente estancada en sus investigaciones. No tenían la menor idea de por dónde empezar. Esos tipos contaban con tantos enemigos, que resultaba imposible individualizarlos e investigarlos a todos. Y los que desaparecían, lo hacían muy bien, pués se esfumaban sin dejar absolutamente ningún rastro que fuese digno de ser seguido.
La gente común, y por esto entiéndase los honestos, empezaron a sentir un alivio en la angustia depresiva que los afectaba crónicamente. Todos hablaban de un ser justiciero, un héroe clandestino que había dado un paso al frente para actuar por el bien de todos. Muchos realizaban solemnes juramentos de absoluta discreción y protección para el benefactor, en caso de llegar éste alguna vez a necesitar cobijo. Esto era casi un milagro y debían a toda costa dejarlo seguir su curso.
Por el muy prudente efecto del temor, muchos de los hasta entonces impunes peces gordos y la mayoría de los corruptos pichones, empezaron a llevar vidas más productivas y menos perniciosas para sus congéneres. Gradualmente hubo una mejoría en esta sociedad tan seriamente infectada. Fue una lástima que nuestro propio entusiasmo se viese mermado, porque todo esto empezó a notarse al mismo tiempo que nuestra madre decaía notablemente en su salud.

***


Con el trajín de cuidar a mamá, lo que hacíamos por turnos, y las constantes idas y venidas a los doctores y el hospital, esto sumado a nuestro endeble intento de proseguir con nuestras ocupaciones diarias, nos fuímos distanciando paulatinamente de nuestras charlas a la hora de la cena. Es más, ya no cenábamos en conjunto. Con el trastoque general de horarios, cada uno de nosotros se las arreglaba como podía para comer algo por las noches. Algunas veces coincidíamos dos, e inclusive tres al mismo tiempo, pero era inusual, asi que no había compromisos en ese aspecto. Otro problema eran las compras. Con mamá enferma muchas veces nos enterábamos que no había tal o cual cosa cuando buscábamos por todos lados y no la hallabamos. Así, teníamos que cambiar a menudo los planes de comida o limpieza sobre la marcha y tratar de acordarse al día siguiente de comprar lo que faltaba en casa. Era frecuente ver sobre la mesa papelitos con listas de compras garabateadas, que dejábamos en un vano intento por ver si alguien más tendría algo de tiempo disponible para hacer los mandados. Esto nos sirvió para reevaluar la importancia de las tareas que realiza un ama de casa, y comprendimos a los tropiezos, el verdadero valor de lo que día tras día venía haciendo nuestra madre.
Aparentemente, por el momento, las muertes y desapariciones habían cesado. Pero era tal la aprensión que flotaba en el ambiente, que casi ningún rufián se animaba a hacer nada irregular por si el anónimo justiciero reaparecía. Lo chantas eran hijos del rigor.
Después de unos pocos meses de dura lucha desigual, mamá perdió su batalla y se fue con el sol de uno de los primeros días de primavera. Todos quedamos desolados, pués era difícil imaginar nuestras vidas sin su presencia de allí en más. Ya habíamos comprobado en carne propia que ella y sólo ella era capaz de administrar y hacer que nuestro hogar funcionara como tal.
Los días siguientes, llenos de ingratos preparativos, trámites y el desfile de muchos rostros saludando compungidos, transcurrieron como una niebla borrosa en mi mente. Supongo que algo similar les habrá pasado a mis hermanos y a papá.
En la tibia tarde del domingo, luego de un triste almuerzo, cuando todos nos hallábamos en la casa ahora extrañamente vacía, como un hogar desprovisto de alma, decidimos revisar las pertenencias de mamá.
Aparte de sus ropas, documentos, álbunes de fotos familiares y algunas chucherías sueltas de nuestra infancia, sabíamos que ella guardaba sus recuerdos más caros dentro de su joyero de madera laqueada, que mantenía sobre la cómoda del dormitorio. La llave, con un vistoso lazo de cinta roja y un diminuto cascabel atado, estaba puesta en la cerradura. Sobre la brillosa tapa descansaba la vieja y descolorida muñequita de pañolenci, que mamá había comprado a poco de saber que estaba encinta por primera vez, creyendo que Juan Carlos iba a ser una niña.
Papá puso reverentemente la muñeca a un costado, tomó el joyero y se sentó a los pies de la cama posándolo sobre sus rodillas. Los demás permanecíamos de pie a su lado. Con lágrimas en los ojos, giró suavemente la llave y abrió la cubierta. Lo primero que vimos fue un apretado rollito de billetes sujetos por una bandita elástica, seguramente ahorrados para poder afrontar alguna inesperada eventualidad. A su lado, yacía un sobre celeste con una inscripción indudablemente escrita de puño y letra por mamá, que decía: “Para mi querida familia”. Papá abrió cuidadosamente la solapa y sacó de su interior una sola hoja de papel, también celeste, cuidadosamente plegada. La desdobló para luego leer su contenido dos o tres veces, moviendo levemente los labios mientras lo hacía. Se veía bastante confundido cuando nos entregó la esquela en silencio para que nosotros pudiésemos leerla. La misma decía:

“Queridos esposo e hijos:
Creo no tener que recordarles lo mucho que los amo. Verlos a ustedes felices siempre alegró mi simple existencia. Poder contribuir a lograr esa felicidad, me ha dado una poderosa razón extra para seguir viviendo un poco más. Mucho antes de que ustedes se enteraran, yo sabía lo de mi enfermedad. También intuía que no habría mucho tiempo.
Verlos nerviosos e impotentes ante este mal generalizado en nuestro país, que es la mentira artera puesta al servicio de todo tipo de malas artes, me estrujaba el corazón. Escuchar la profunda amargura volcada en sus charlas a la hora de la cena, único momento del día en que podíamos estar todos juntos, me enfurecía profundamente.
Sé que les molestaba mucho mi convencimiento de que todas las personas, aún las peores, las más ladinas, deben ir al cielo. Pero no para permanecer en él, sino para ser juzgados allí por sus actos y enviados a donde Dios lo crea conveniente. Consideré el bienestar de ustedes, así como el de tantas otras familias trabajadoras, como algo que debía empezar a reconquistarse antes que fuese demasiado tarde. Y decidí llevar a cabo mi humilde contribución, sin cambiar mi postura. Los chantas deben seguir yendo al cielo, pero con un pequeño empujoncito para que puedan elevarse más rápido.
Los sigo y seguiré amando, donde quiera que esté,

Mamá”


Nos miramos azorados en un incómodo y tenso silencio . Papá, más aturdido que antes al ver nuestros rostros, sólo atinó a seguir hurgando con dedos torpes el interior del cofre. Al levantar un fino panel aterciopelado, la negra y pulida silueta de un revólver 38 corto nos develó la sorpresa final de ese primer domingo sin mamá.

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Última edición por Fobio el Jue Jul 08, 2010 4:02 am, editado 1 vez

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Manu López el Miér Jun 23, 2010 11:23 am

Fobio a sus pies, genial relato. Siempre pense que los superheroes verdaderos son la gente cotidiana que lucha cada día por su supervivencia y que solo encuentran obtaculos en su camino. Esta mama tan creyente cumplio con un precepto divino, ojo por ojo. Yo personalmente creo mas en lo de la otra mejilla, pero la verdad es que con unos pocos menos de estos mangantes el mundo seria mas feliz, un saludo

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Fobio el Miér Jun 23, 2010 5:57 pm

Manu: Muchas gracias, amigo. Recibo con gran aprecio tu visita y comentario. Y me alegra mucho que te haya gustado. Es cuestion de como se ven las cosas, pero hay veces, con las cosas que uno vive y siente, que es muy dificil poner la otra mejilla siempre. Un fuerte abrazo

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por ZeltiaG el Miér Jun 23, 2010 7:00 pm

Excelente relato! Muy bueno! Como siempre tus desenlaces... nos dejan con la boca abierta! jejejej Lo lei en ZK, y ahora de nuevo... Muy bueno!
Un abrazooo y feliz de verte por los pagos Jose!!

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Doctorfell el Miér Jun 23, 2010 9:23 pm

Me pongo en pie y aplaudo.
¡Eres grande! Que te lo digo yo.

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por ORWELL el Miér Jun 23, 2010 11:38 pm

Un relato tremendo por todo. La historia, el final, tal como está contado. Enorme relato.
Por lo demás, la justicia para quien pueda costearla, así son las cosas, y parace que eso de momento no vaya a cambiar mucho.
un placer leerte.
y un saludo de orwell

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Fobio el Jue Jun 24, 2010 5:44 am

Sandra: Gracias, querida amiga. Me encanta poder compartir estas cosas aqui con ustedes. A pesar de que este cuento fue publicado en la revista ZK 2.0, nunca lo subi a QQML. Por eso lo publico aca, por si algun amigo lector no tuvo la oportunidad de leerlo a traves de la revista.
Un beso grandote,
Jose

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Fobio el Jue Jun 24, 2010 5:48 am

Doctorfell: Un millon de gracias, Jose, tocayo. Que viniendo de alguien tan talentoso como tu, ese cumplido se saborea aun mas. Un abrazo,
Jose

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Fobio el Jue Jun 24, 2010 5:51 am

Orwell: Muchas gracias, amigo mio. Que el placer de tu visita y tu lectura es mio. Me alegra que te haya gustado. Un saludo afectuoso,
Jose

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por M.L el Jue Jun 24, 2010 12:51 pm

Fobio: aplausos, ovaciones, admiración...!
(y , si hubiese reencarnación... prometo ser esa madre!) 026

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

Mensaje por Fobio el Jue Jun 24, 2010 5:14 pm

Maria Luisa: Gracias, querida amiga. Siempre es un honor contar con tu visita por mis cuentos. Y no me cabe duda que seguro te reencarnarias en ella, jaja.
Un beso muy grande,
Jose

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Re: Los Chantas También Van al Cielo

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