La Sangre del Nibelungo

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La Sangre del Nibelungo

Mensaje por Fobio el Dom Jun 27, 2010 1:24 am

Eugenio Buren se sentía cansado, muy cansado. Casi exhausto. En un estado casi aletargado se hallaba sentado al sol en el banco de una plaza porteña. Comía abstraídamente un sandwich, mientras leía un viejo y pesado tomo con tapas de cuerina negra y hojas ajadas y amarillentas. Estaba en su hora de almuerzo y había preferido salir, antes de quedarse en la oficina donde siempre aparecía algún idiota, devoto total de la empresa, a preguntar cualquier cosa sobre stock, tarifas, vencimientos o alguna de esas boberías que él tanto detestaba, pero que lo ayudaban a mantenerse a flote por el momento.
Levantó la vista por unos segundos, achinando los ojos por el reflejo de la luz y llamó su atención un viejo barbudo que se aproximaba por la caminito de grava. Tenía echado sobre los hombros un viejo sobretodo a modo de capote y cubría su cabeza con un raído sombrero de fieltro oscuro de ala ancha. Eugenio lo vió venir, caminando lentamente con su bastón de madera y se estremeció ligeramente.

Su mente saturada reconoció en esa imágen a la del viejo que muchos siglos antes se había acercado hasta Sigmund, hijo de Odín, portando a Balmunga, la espada invencible, que hundió de un potente mandoble en la madera dura de un grueso tronco.
El viejo se detuvo frente a Eugenio, inclinándose levemente y le explicó con voz apenas audible que sólo aquel que fuese capaz de desencajar la espada, sería su legítimo dueño y se tornaría invencible. Pero que jamás debería abusar del poder otorgado.


- No, no... Yo no podría – balbuceó Eugenio, escatimando cruzar su vista con la del viejo peregrino.
- ¿Qué...? ¿No puede darme fuego o no quiere? – Le preguntó el viejo, ladeando la cabeza extrañado por la imprevista actitud del joven.
- No... Es que yo... Yo no fumo – contestó Eugenio saliendo de su trance. A lo que el viejo se encogió resignadamente de hombros y prosiguió laboriosamente su camino.

Eugenio comprendió entonces que entre el trabajo de la oficina, con los cierres de fin de mes y la preparación de su tesis para lograr el doctorado en literatura universal, su estado nervioso pendía de un hilo muy fino.
Comparaba su vida de los últimos días con una bola de nieve que acumulaba horas de trabajo, inmediatamente seguidas por horas de taller literario y luego horas de estudio en el departamento, con algún bocado ligero mientras leía y leía hasta bien entrada la madrugada. Unas pocas horas de sueño. Una ducha semidormido temprano por la mañana. Una taza de café caliente, muy fuerte y la bola de nieve ya había completado una vuelta. Para seguir girando en la pendiente de los días, acumulando más horas de trabajo, de estudio y más cansancio.
Su relación con Norma, la pareja con quien compartía el departamento, se hallaba en un prolongado impasse y él le agradecía su inmensa paciencia. Ella trataba de pasar lo más desapercibida posible, para no molestarlo en estos últimos días previos a la presentación de su bendita tesis. Se adaptaba a sus horarios inusuales. Trataba de prepararle comidas nutritivas pero livianas y lo escuchaba, en las raras ocasiones en que él estaba dispuesto a hablar, relatarle magníficas epopeyas mitológicas que según ella entendía, eran la parte más importante del material para su estudio final.

***


La mañana siguiente fue un poco diferente para Eugenio. Tenía que concurrir a la sala de conferencias de un hotel cercano a su trabajo para asistir a un curso de capacitación. Inserción Proactiva de Productos en el Mercado o algo así. No estaba muy seguro. No le importaba mucho tampoco.
Pudo mantenerse a duras penas despierto, gracias a que el presentador era un tipo inusualmente maleducado y agresivo, que dictaba el curso como si se tratara de un informe militar. En un momento determinado y para enfatizar un punto lo más claramente posible, golpeó el puntero de madera con tal intensidad sobre la pizarra, que lo partió en dos pedazos.
Hubo risas apagadas entre los concurrentes, pero el tipo, sin inmutarse, llamó por el intercomunicador al servicio de conferencias para que le trajeran de inmediato otro puntero. Unos minutos después de un nervioso silencio, golpearon suavemente la puerta y apareció un viejo empleado que le alcanzó el nuevo instrumento.

El anciano reconoció a quién tenía delante suyo, pués era quien había demostrado ser el único guerrero capaz de sacar la espada clavada en el tronco y por lo tanto, su verdadero dueño. Pero le recordó la clara advertencia hecha de no abusar de su poder. Ahora, le decía, la espada estaba rota en dos partes por sus excesos y negligencia y el poder se había roto con ella. Ya no sería invencible. Y sólo aquel que fuese capaz de repararla, recuperaría sus mágicas propiedades.
Eugenio decidió que al finalizar el curso esa tarde, recogería y se llevaría consigo los dos trozos de madera para intentar unirlos. Actuaría entonces como Siegfried, hijo del abusador Sigmund y le daría a la espada Balmunga un uso más noble y honorable. Mataría con ella al temible dragón que protegía la entrada de la cueva de Fafner, que guardaba un fabuloso tesoro y lo rescataría para su beneficio y el de sus más selectos allegados.


- ¿Verdad señor Buren? ¿Le parece que éste puede ser el procedimiento correcto en esta situación particular o usted cambiaría algo? Por favor, ilumínenos con su opinión señor Buren... – lo increpó sarcásticamente el presentador.
Ante la inesperada pregunta, Eugenio volvió abruptamente a la realidad que lo rodeaba y sólo atinó a admitir, enrojecido por la verguenza:
- Lo siento señor. Me distraje unos instantes y no estaba prestando debida atención. Mis disculpas.

El presentador hizo una mueca de profundo disgusto y sin decir más, siguió caminando bien erguido entre la hilera de mesas, buscando una próxima víctima.
Eugenio hizo un esfuerzo supremo para que su mente dedicara un mínimo de atención al aprendiz de nazi y cesara con sus locas divagaciones. Con la llegada de las cinco de la tarde, también llegó el ansiado final del curso. Ni siquiera consideró quedarse para el cóctel de despedida y la entrega de los certificados. Se dirigió sin demora a reunirse con sus compañeros del taller literario y luego a su casa para proseguir con su intensa lectura. Debía darle ya la forma final a su tesis porque el día de su entrega se le venía encima.
Al día siguiente, temprano en la oficina, mientras se organizaba para comenzar con sus tareas, escuchó a varios empleados comentar el reciente chimento fresco que bajaba de la gerencia. Debido a las numerosas quejas de los participantes, el presentador del curso había sido despedido sumariamente. “¡Ahá..., abuso de poder!” No pudo dejar de pensar Eugenio para sí con una sonrisa.

***


Las jornadas fueron pasando con su lento ritmo de molienda y Eugenio, casi agotado, se hallaba totalmente focalizado en la entrega de su voluminosa tesis, ya casi terminada.
El día anterior al gran evento y después de una mañana particularmente complicada en la oficina. Eugenio se hallaba a la hora del almuerzo, sentado en su banco favorito de la plaza, con el solcito de primavera calentando sus hombros. Ya había terminado su sandwich y el grueso, añejo libraco que fue dueño de su completo interés por varias semanas, se hallaba cerrado, descansando a su lado.
Tenía los ojos cerrados y a pesar de estar tan cansado, se sentía satisfecho por su esfuerzo y su dedicación, ahora que el final del camino estaba al alcance de su mano. Así debió haberse sentido Hércules después de completar sus doce trabajos, pensó con placidez. Mañana a esta hora ya habré entregado mi tesis, junto con su breve reseña oral ante el panel de profesores y sólo me quedará entrar en la cueva y matar al dragón para disfrutar de las riquezas en un futuro no muy lejano. Finalmente iba a cumplir con la epopeya descripta en la antiquísima Canción de los Nibelungos.

Entró muy sigilosamente en la cueva húmeda y oscura. Sabía que el dragón pasaba la mayoría del tiempo durmiendo sobre los arcones de riquezas que protegía. También confiaba en la invulnerabilidad que su reparada Balmunga le otorgaba y eso lo llenó de coraje y propósito. Encontró, como esperaba, a la bestia profundamente dormida como si estuviese empollando el tesoro. Ella nunca se imaginaría que sólo un simple mortal se atrevería jamás a atacarla en su propio reducto. Siegfried no le dió oportunidad. Le hundió la espada hasta la cruz en el corazón y cuando el monstruo se irguió sorprendido, mortalmente herido, siguió propinándole tajos a diestra y siniestra hasta que la mole del dragón se desplomó inerte, pesadamente sobre el piso pedregoso de la cueva, con los ojos bien abiertos.
Mientras salía orgulloso y triunfante de la cueva de Fefner, un pájaro se posó amistosamente en su hombro y le susurró al oído que si bañaba su cuerpo en la sangre del dragón, se volvería inmortal. Siegfried, conocedor que la posesión de tales tesoros le acarrearía también la aparición de muchos enemigos, no lo dudó un instante y se encaminó nuevamente al interior de la cueva para bañarse con la sangre de la bestia. Nunca pudo sospechar que una hoja de tilo se había pegado a su espalda sudorosa, entre sus omoplatos y que ese único, pequeño sitio de su cuerpo, no se había inmunizado con la sangre protectora del monstruo.


Una fuerte sacudida en el hombro lo devolvió a la conciencia. Era Julio, un compañero de la oficina que lo miraba alarmado.

- ¡Eugenio, Eugenio... Qué te pasó viejo!. El jefe me mandó a buscarte. Son casi las dos de la tarde y nos tenías a todos muy preocupados.
- ¿Qué...Qué pasa? ¿Me quedé dormido...? – preguntó Eugenio turbado, volviendo de su transición entre mundos.
- Parece que si, ganso. Dále, volvamos rápido a la oficina. Esa víbora de Emilse es la que notó tu ausencia y fué con el chimento al capo. Encima hay muchos quilombos desde esta mañana y te necesitan. Si querés, les decimos que te descompusiste mal y por eso no pudiste volver a tiempo. Dále, apurá el paso.



Nada fué tan serio como Julio lo había pintado. Llegó a la oficina, se disculpó con una buena excusa ante su superior y la mirada pérfida de la eternamente envidiosa Emilse. Se sentó en su escritorio y se dedicó a resolver los “quilombos” de a uno por vez.
Esa tarde se quedó una hora más tarde, para compensar su demora del mediodía. Antes de salir, le recordó a su supervisor que no regresaría hasta la tarde del día siguiente y éste lo miro entre sorprendido y confundido.

- Por lo de mi tesis en la facultad ¿Se acuerda ahora? Ya lo habíamos hablado un par de veces la semana pasada.

Cuando el jefe asintió de mala gana, Eugenio dejó rápidamente el edificio y se dirigió a encontrarse con sus amigos del taller, más para desearse mutuamente buena suerte, que para un repaso de los temas de estudio. Esa tarde volvió temprano a casa.
Quería sentir la compañía de Norma. Todo lo que humanamente pudo haber hecho para su preparación, lo había hecho. Agregar unas pocas horas más esa noche no iba a significar ninguna diferencia en el resultado final. Decidió compartir la mesa con ella y hablar un poco más extensamente de ambos, del futuro y de sus mutuos planes.
Norma estaba muy contenta con su trabajo como maestra jardinera, porque le gustaba de alma lo que hacía y no ganaba mal. Eugenio, por el contrario, no podía esperar para conseguir algún trabajo estable como profesor de literatura en alguna universidad de humanidades. Anticipaba con deleite y ansiedad su renuncia en la oficina y esperaba poder hacerlo, con un poco de buena suerte, a la mayor brevedad. Se sentía tan aliviado por la finalización de su trabajo académico y por la tangible promesa de un futuro mejor, que hasta tuvo la osadía de beber media copa de vino Chardonay con la cena.
A eso de las diez, ambos se hallaban tan relajados como no lo habían estado en mucho tiempo. Se fueron a acostar y se durmieron casi enseguida pensando uno en el otro. El último pensamiento conciente de Eugenio, fué la noble paciencia y lealtad que Norma le había demostrado en esas pasadas semanas.

La única que sabía del punto débil en su cuerpo era Crimilda, su esposa. Pero un amigo de la pareja de nombre Hagen, uno de esos con piel de cordero y corazón de lobo, siempre sospechó algo raro. Este, enfermo de envidia por la riqueza de Siegfried y por sus poderes, fué urdiendo una telaraña de mentiras y conspiraciones, hasta que finalmente pudo extraer de Crimilda, bajo falsas nobles excusas de querer proteger a su esposo, la localización del único punto vulnerable en el cuerpo del guerrero. Ella, confiando en las palabras del diabólico Hagen, hasta llegó a coser una cruz roja en la parte de atrás de la túnica de su marido, indicando el lugar exacto de su fragilidad.
Hagen organizó una partida de caza, ocasión que ambos amigos disfrutaban enormemente. Una vez en el bosque y mientras Siegfried se arrodillaba para beber de un ojo de agua, el vil traidor le hundió su lanza en la espalda, entre los omoplatos, matándolo al instante.
Crimilda, sumida en una profunda desesperación por su infamia involuntaria, consagró entonces su vida a vengarse del asesino de su amado esposo. Como primera medida...


- Riiiinnng, riiiinnng, riiiinnng – Eugenio, atontado por el sueño, manoteó el botón superior del reloj despertador para detener el insistente sonido.
Mientras se estiraba perezosamente bajo las mantas, puso en orden sus pensamientos y después de unos minutos se levantó a regañadientes y se dirigió hacia el baño. Norma se sentó al borde de la cama, se echó como una autómata una bata beige encima y lo siguió en silencio. Prendió la luz de la cocina, puso a calentar el agua para el café y cortó las rebanadas de pan para la tostadora.
Mientras Eugenio se afeitaba frente al espejo empañado, escuchando la pequeña radio sobre el estante a bajo volúmen, Norma abrió la angosta puerta del baño. No le incomodaba orinar en su presencia, ni podía aguantar hasta que él desocupara el baño.
Al entrar al estrecho recinto para llegar hasta el inodoro del otro lado de la hoja metálica, involuntariamente golpeó con uno de sus codos la espalda de Eugenio, entre los omoplatos. Este sintió un ardor de fuego en su mentón e inmediatamente sendas gotas de sangre cayeron sobre la mano que sostenía la afeitadora. Se miró alarmado en el espejo, mientras Norma se disculpaba con vehemencia por su torpeza. Un hilo de sangre le corría hasta debajo de la pera, donde se acumulaba y goteaba fluidamente.
Un inexplicable sentimiento de angustia lo invadió casi en seguida. La tranquilidad y seguridad de la noche anterior desaparecieron como por arte de magia y su propia desesperación lo llevó a preguntarse si esto era una especie de premonición. ¿Era esa su propia sangre vertida o la sangre del Nibelungo?

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Última edición por Fobio el Jue Jul 08, 2010 4:08 am, editado 1 vez

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Re: La Sangre del Nibelungo

Mensaje por ZeltiaG el Dom Jun 27, 2010 10:36 pm

Mira José, que lo he leído... pues creo que esta es la tercera vez! jajajaja Te cuento la primera fue cuando lo pusiste en qqml... creo que lo primero que te leí. Luego otra vez, cuando hice Desmadre en Fobioland! jejeje donde el nibelungo aparece, para saber bien qué hacía y como ponerlo allí! y ahora otra vez, creo que me lo terminaré sabiendo de memoria! jajajaja Excelente!
Un abrazo! Que lo bueno... siempre bueno es!

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Re: La Sangre del Nibelungo

Mensaje por Fobio el Lun Jun 28, 2010 12:52 am

Sandra: Gracias m'hija. Estoy subiendo solo los cuentos que a mi personalmente me gustan mas. Todo lo que es nuevo y que a mi juicio es mas o menos potable, lo dejo para la revista. Siempre sabes que aprecio mucho tus visitas. Esperemos que no se me seque el zapallo.
Un beso con todo cariño,
Jose

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Re: La Sangre del Nibelungo

Mensaje por Manu López el Lun Jun 28, 2010 12:38 pm

Fobio amigo, como disfruto leyendo tus escritos, es un cuento digno de ser editado, lanzate ya a la aventura, saludos

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Re: La Sangre del Nibelungo

Mensaje por Fobio el Lun Jun 28, 2010 3:13 pm

Manu: Muchas gracias, amigo. Ganas no me faltan, solo editores...jajaja. Me alegra saber que lo has disfrutado. Sabes que siempre aprecio de corazon tus visitas y comentarios en mis escritos.
Un saludo con todo afecto,
Jose

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Re: La Sangre del Nibelungo

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