Scott de Relient

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Scott de Relient

Mensaje por Bertu el Vie Feb 20, 2009 10:30 pm

1x01

Las tiendas de campaña estaban muy bien sujetadas al suelo, tal y como ordenó el jefe Brandonn. Las mujeres empezaron a cocinar sus sopas con las especies que encontraron en los bosques. Algunos sacerdotes acompañaron a las damas a la búsqueda de esas hierbas. Los hombres del poblado, ahora nómada, aún tenían que volver de la batalla.

En medio de las tiendas, Ensa miraba fijamente el fuego que Brandonn encendió allí. Aunque hacía viento, el fuego no se apagaba. El hijo de Ensa, Scott salió de detrás de las tiendas y regaló unas flores a su madre, que muy contenta las aceptó y besó a su hijo.
— ¿Cuando volverá papá? — preguntó Scott mirando al infinito.
— Pronto. Ya lo verás — dijo Esna acariciando a su hijo.

De repente, una brisa fría salió de detrás de las colinas, terminando con el calor del fuego, que se apagó al instante. Las prendas de las tiendas de campaña empezaron a olear y las mujeres se refugiaron en el interior.

Brandonn calmó a su caballo, que estaba nervioso por los gritos de las damas. ¿Era por eso?

El oído privilegiado de Brandonn consiguió notar algo que los otros no habían oído. Quizás gracias a su experiencia. El ruído de unos tambores.

Venían del oeste, donde estaba situado el bosque. Cada vez se oían más. El suelo empezó a resonar. Ahora todos oían los tambores.

Del bosque, una gran cantitad de pájaros salieron asustados de los árboles. Los sacerdotes regresaron a las tiendas cogiendo de la mano a las damas, dejando tiradas las especies que habían recolectado. Brandonn subió a su caballo y agarró bien fuerte su espada.
— Amagaros — dijo Brandonn a su tribu.

Obedecieron todos. Scott se ocultaba detrás de las prendas de Esna mientras el ruído de los tambores se acercaban.
— ¿Son nuestros hombres? — susurró la mujer de Brandonn a su marido.
El jefe negó con la cabeza. La mujer de Brandonn se tapó la boca con las manos y soltó unas lágrimas antes de entrar en la tienda.

Brandonn miró fijamente su espada reluciente gracias a los rayos de aquel sol de otoño. Volvió a guardarla en su funda.

De repente. Nada. Silencio. Los ruídos de los tambores se detuvieron. Solo molestaba el ruido del viento cuando pasaba por el bosque.

Con una coordinación increible, una gran cantidad de flechas ardientes atravesaron el bosque y cayeron cerca de las tiendas de campaña. Una docena de balas de paja cayeron quemadas del interior del bosque girando gracias al viento que soplaba.

Los caballos no tardaron en llegar. Los gritos de los soldados resonaban con el metal de las puntas de las flechas. Brandonn estaba abatido. Sabía que no seguiría vivo mañana. Así que hizo lo que siempre quiso hacer. Ser un héroe.

Galopando con su caballo, esquivó las balas de fuego y llegó hasta la línea enemiga donde su caballo fue brutalmente derribado por un grupo de caballeros. Brandonn cayó al suelo aturdido.

Uno de los soldados enemigos, sin piedad alguna, bajó de su caballo y cortó la cabeza de Brandonn que no puso resistencia alguna. El intento de convertirse en el héroe recordado de la tribu y de sus futuras generaciones no logró su fruto. Aquel soldado mostró la cabeza cortada de Brandonn ante sus soldados y la gente de la tribu, con una sonrisa de asco en su rostro. Iba balanzeando la cabeza mientras la agarraba con las dos manos. El cuerpo decapitado de Brandonn estaba estirado en la pradera. Su mujer no quiso acercarse.

Fue cuando el asesino de Brandonn miró a la mujer, ahora vidua, y acto seguido hizo un gesto desagradable a sus hombres con una sonrisa limitada, que bajaron de su caballo y se acercaron a las tiendas.

Scott se ocultó detrás de su madre mientras podía ver perfectamente, por un agujero de la tienda, como los enemigos violaban a la mujer de Brandonn. Su madre miraba la escena con lágrimas. Un soldado enemigo entró en su tienda y golpeó a Esna que cayó aturdida al suelo. Scott intentaba levantarla.
— ¡Apártate de aquí! ¡Mocoso! Tengo cosas que hacer con tu madre — dijo el soldado quitando una prenda de vestir de Esna, que lloraba desconsoladamente— . ¿Qué te pasa? Matamos a tu marido, voy a satisfacerte mejor que él... Vas a salir ganando.

Scott encontró un palo con el que un sacerdote salía a bendecir a la tribu los domingos y golpeó fuertemente a aquel soldado, que cayó redondo al suelo, golpeando con una madera que le provocó la muerte. Esna besó a su hijo.

Pero era demasiado tarde. Scott sintió un golpe muy fuerte en su cabeza mientras oía los gritos de su madre desesperada “No, no, no, no”.



18 años después

En el castillo de Relient, el general Kesing repasaba con sus hombres las batallas que tuvieron anteriormente. Quién dice repasar dice emborracharse con la compañía de unas damas con vestidos muy escotados o incluso desnudas por el salón.

Sus hombres reían las gracias de Kesing que bebía como nunca. De repente, se levantó de su silla y buscó algo en un baúl que despertó la intriga de sus hombres. Segundos después, regresó con un gran jarrón de vino, en el interior del cual se encontraba la cabeza de Brandonn.
— Vamos a brindar — dijo Kesing sirviendo el vino donde estaba la cabeza a sus hombres— . Por mi, que mañana seré proclamado Rey de Relient.

Todos aplaudieron y golpearon la mesa. Bebieron acto seguido. Kesing se atragantó y tuvo que escupir aquel vino, mientras sus hombres se reían de aquello.
— Ah, los boguianos son asqueros — dijo Kesing entre carcajadas.

En la penumbra que rodeaba el castillo de Relient, un encapuchado recorría los bosques con su fiel caballo. La venganza era su objetivo.

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Re: Scott de Relient

Mensaje por Bertu el Sáb Feb 21, 2009 12:52 pm

1x02

Aquel joven encapuchado, solo iluminado por una pequeña antorcha, se adentró en la profundidad del bosque con la intención de cruzar el río Marun, el único modo de entrar en el castillo de Relient. Los búhos parecían letrear el nombre del río cuando aquel hombre se dispuso a cruzarlo.

Era poco profundo, su caballo fue totalmente capaz de pasar de lado a lado sin ningún problema. Hacía tiempo que no llovía mucho por la zona.

Los guardias que hacían guardia en las torres del castillo de Relient avisaron a su próximo rey, Kesing, de la llegada de un misterioso desconocido que cabalgaba lentamente con su caballo dirección a las compuertas del castillo.
— Dejadlo entrar — dijo Kesing aún con una copa en la mano. La llegada del desconocido hizo detener la fiesta— . Parece que no lleva armas.

Efectivamente, no llevaba armas. Solo un pergamino y una gran capa marrón que hacía que el frío no recurriera su cuerpo.
— Dejadme pasar — dijo el joven quitándose la capucha— . Soy un mensajero del reino de Ober.

Casi al instante, las compuertas del castillo se abrieron lentamente. Algunos ciudadanos que hacían noche a la ciudad por la espera de la boda asomaron su cabeza para ver el desconocido, que entró lentamente observando las paredes del castillo. Dejó su caballo en la plaza y lo ató. Kesing se acercó a él.
— ¿Un mensajero del reino de Ober? ¿Del rey Maimand?
— Así es. Traigo un texto escrito por él mismo. Lamentablemente, no podrá asistir a vuestra sagrada ceremonia mañana.
— Oh — dijo Kesing lamentándose— . ¿Y cual es el motivo de su ausencia?
— La muerte de su progenitor en batalla, mi señor.
Kesing se lamentó y trajo al mensajero dentro de su torre.
— ¿Cual es su nombre, mensajero?
— Scott.
— ¿Scott? Un nombre bastante sencillo ¿No cree?

En aquel momento, una dama subió las escaleras que llevaban a la torre.
— Oh... mira quién tenemos aquí. Mi futura esposa — dijo Kesing mirándola con deseo.
La dama sonrió nerviosamente.
— ¿Sabe qué, Scott? Que la dama lea el documento que usted lleva. Así se irá familiarizando.

Scott y la dama se quedaron mirando.
— Si no es molestia, mi dama... — dijo Scott arrodillándose.
— En absoluto — dijo la dama— . Entre en mi cambra.

Scott le hizo caso. En el interior de la habitación, había muchas chicas jóvenes que arreglaban el vestido de boda. Otras, preparaban ramos de flores.
— ¿Empiezo a leer, mi dama? — dijo Scott sacando el pergamín.
— Sí, proceda cuando quiera — dijo la dama sentándose. Casi al instante, una mujer se acercó a ella y empezó a peinarla. Scott carraspeó un par de veces y empezó a leer.
— Bendito sea el Señor. Esa carta va dirigida a los señores y futuros reyes de Relient. Escrita personalmente por Sir Maimand, Señor y Rey de las tierras de Ober. Me ha entusiasmado mucho vuestro casamiento, altezas. Pero lamentablemente, no podré asistir a la ceremonia debido a la muerte de mi progenitor, Oass, que falleció trágicamente en una emboscada cerca de los bosques de Atlet. En Ober estamos preparando el funeral de mi hijo y sus hombres, así que me es imposible asistir a vuestra sagrada ceremonia. Envío a mi mensajero oficial para notificar esa trágica notícia.

— También me gustaría resaltar la belleza de la princesa de Relient, que pronto será la reina. Su belleza es superior a las praderas verdes de la primavera, los días soleados de verano y la nieve blanca pura del invierno.

La dama se sonrojó.
— Esas últimas frases... Me he tomado la licencia de inventármelas — dijo timidamente Scott.
— Oh, muy amable. No obstante, me he fijado en que no ha mencionado el otoño.
— Es verdad. No me gusta esta estación.
— ¿Malos recuerdos?
Scott miró fijamente a la dama.
— Perdón, a veces quisiera morderme la lengua, de veras — dijo la dama disculpándose.
— No importa. Mi madre murió en un otoño.
— Oh, debió ser terrible.
— Fue cuando era muy pequeño — dijo Scott poniéndose el pergamino en la cintura— . Solo me acuerdo de ella... pequeños detalles.
Acto seguido, besó la mano de la dama, se despidió y salió de la habitación. Keising salió de su cambra y se acercó a Scott.
— ¿Por qué no te unes a nuestra fiesta?

Keising llevó a su habitación, donde sus hombres se emborrachaban con la compañía de bellas mujeres. Estiró a Scott a una habitación e hizo un gesto a una mujer, que se acercó a Scott lentamente, quitándose la poca ropa que llevaba y quedando desnuda. Scott miraba asombrado a aquella mujer. El joven no se movía de su posición.
— ¿Qué le pasa? ¿Es que usted es virgen? No se preocupe... puedo solucionarlo.
La mujer besó a Scott, pero ese se quedó igual.
— ¿Nunca vio a una mujer desnuda?
— Sí. Me trae... malos recuerdos — dijo Scott levantándose de la cama. Se puso la capucha y salió de la habitación. Los hombres de Kesing se sorprendieron por la frialdad del mensajero.
— Eh, eh, eh ¿Es que va por cura? — bromeó Kesing que salió detrás de Scott.
— Es una posibilidad que aún está intacta — dijo poniéndose la capucha el mensajero.
— Vamos, Scott. Usted es joven, atractivo... Aproveche la vida ahora.
El mensajero siguió como si nada y se acercó a su caballo.
— Al menos ¿Mañana le veré en mi boda? — preguntó Kesing saliendo medio desnudo a la plaza del castillo.
— Allí estaré — dijo Scott subiendo a su caballo.
— Pero ¿Cómo pasará la noche?
— Cabalgando — dijo Scott despidiéndose. Las compuertas volvieron a abrirse. Horas después, el sol volvía a iluminar los muros del castillo de Relient. Era el día de la boda.

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