"DON SISTO, UNA VIDA SOBRE RIELES"

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

"DON SISTO, UNA VIDA SOBRE RIELES"

Mensaje por ZeltiaG el Miér Jun 03, 2009 1:42 am

Don Sisto, una vida sobre rieles


Para quienes vivimos en las afueras de la ciudad, nos vemos en la necesidad de ir a ella de vez en cuando ya sea por provisiones o efectuar pagos. Para ello, a falta de automóvil, debo recorrer tres kilómetros por un antiguo sendero que va desde mi casa hasta Pequeña Estación. Al igual que el pueblo, ha permanecido sin cambios desde que colocaran el primer trozo de riel. Ya está entrado el otoño, los diferentes matices de amarillos y rojizos adornan la vegetación del entorno, dándole un toque mágico y encantador. Las hojas secas recorren el pequeño andén, mecidas por el viento.
Después de comprar mi billete, me detengo ante el antiguo reloj que cuelga sobre la arcada que separa el hall del andén. Reparo con gran sorpresa, que funciona con precisión. He llegado temprano, por lo que decido continuar paseando. Mientras disfruto de las vistas, medito acerca de toda la historia contenida en cada rincón de Pequeña Estación y no puedo evitar retroceder en el tiempo. Mi mente empieza a rememorar nombres, caras; a evocar viejas anécdotas que la gente ha procurado mantener vivas mediante relatos de sobremesa o esas típicas historias de invierno frente a la chimenea.
Sin darme cuenta llegué hasta un lugar apartado, en donde un cúmulo de hojarasca se empeñaba en esconder un pequeño pedestal. Me incliné y retiré las hojas dejando al descubierto una antigua placa conmemorativa.

A Don Sisto, quién vivió como murió, sobre estos rieles. Los empleados de la “Pequeña Estación” y los vecinos del pueblo, le rinden este homenaje.
1930-2003

En ese momento, su recuerdo vino a mí. Casi había olvidado a Don Sisto. Durante algunos años estuve residiendo fuera de España, para cuando retorné solo me cruzaba de vez en cuando con éste singular viejecito deambulando por Pequeña Estación, con su anticuado uniforme de guarda del ferrocarril y una alforja negra, deslucida y cuarteada. Aunque su aspecto era un tanto abandonado y desaseado, eso no parecía molestarle a la gente del lugar. Para mí tan solo era un indigente, pero la curiosidad me empujó a querer averiguar quién era y porque la gente no huía de él, como se suele hacer con los mendigos.
Uno de los mayores del pueblo, quién había vivido toda su vida allí y había conocido a mis abuelos, era quién podría contarme todo sobre don Sisto.
El ferrocarril había sido el eje central de su existencia. Había estado presente en los buenos y también en los malos momentos. Los horrores de la guerra civil y sus consecuencias, obligaron a sus padres a poner a salvo a los pequeños. Sus vidas corrían peligro, por lo que decidieron hacer un gran sacrificio. Unos conocidos de su pueblo, planearon escapar a Francia, puesto que sus vidas estaban en peligro. Convinieron con el matrimonio, que llevarían consigo a los niños, hasta que pudieran regresar.
Una triste mañana de invierno él y su hermana de tres años, con unas pocas pertenencias, salían en el primer tren con destino: Toulouse. La última imagen que conservaría de su familia: su madre llorando abrazada a su abatido padre. Sisto tan solo contaba con escasos siete años, y su ingenuidad no le permitía comprender el por qué de determinadas decisiones. Sin embargo, cuando las personas atraviesan por tiempos críticos, el pensar con claridad y escoger el camino correcto es un privilegio que gozan unos pocos. Lamentablemente, la suerte de éstos niños estaba echada, y como pasa con los desafortunados, lo nefasto les esperaba a la vuelta de la esquina.
La situación del matrimonio que los tutelaba fue de mal a peor. No mostraban deseos de asentarse, ni hacer una vida medianamente normal. Menos aún, de “cargar” con hijos de otros. De modo que, sin compasión ni explicación, abandonaron a los niños en un orfanato de religiosas en las cercanías de Toulouse.
Otro duro golpe para el entonces pequeño Sisto. Como hermano mayor, se volvió más protector de su hermana. Las religiosas no contaban con documentación alguna de los pequeños, aún así comenzaron a buscarles un hogar adoptivo. A tres meses de estar allí, una familia se llevó a la pequeña. Jamás volvería a saber de ella. Una vez más la pena de la separación les golpeaba de lleno.
Al llegar a éste punto en mis cavilaciones, el sonido del tren al entrar en la estación, me hizo retornar a la realidad. Por un momento, dejé de lado la increíble historia de Don Sisto y me centré en subir al vagón que tenía frente a mí. En esta ocasión, mi visita a la gran ciudad no era sólo por los motivos corrientes. Iba a reunirme con un editor.
A propósito, creo no haberlo mencionado, pero intento desde hace unos años cumplir con los requisitos necesarios para poder decir que soy escritora. No he escrito aún ningún Best Seller. Tampoco se ha publicado nada mío..., no creo que una “Receta con historia” cuente. Pero puedo decir a mi favor, que he escrito cuentos cortos, una novela y alguna que otra “Crónica de denuncia”, de esas que jamás llegarán a quienes corresponde. Sin embargo, no pierdo las esperanzas.
Pero regresando a lo de antes, una vez en el tren me acomodé junto a la ventanilla y volví a mis pensamientos. Intenté ponerme en el pellejo del pequeño Sisto, sentir y sufrir su drama. Entonces, mi mente evocó las largas charlas con mi abuelo, narrándome con detalle y posiblemente un poquito “aderezado”, todo cuanto él sabía de muy buena fuente. El propio Sisto.
De repente la historia de este singular personaje se me antojó interesante, digna de conocerse. Para no perder lo esencial de lo que iba recordando, saqué mi cuaderno de notas y tomé apuntes de los momentos más significativos de su vida. Por supuesto, tratando de seguir la narrativa lo más coherente y ordenada que la memoria me lo permitiese.
Pasarían cuatro años más hasta que, un buen día, un matrimonio español radicado en Toulouse se allegara al orfanato de las religiosas, con la intención de adoptar un niño ya que ellos jamás podrían tener hijos. Fue amor a primera vista. Pasaron toda la tarde con Sisto, paseando y conversando. Quedaron prendados con el niño. Ellos le colmaron de todo el amor y la seguridad que tanto necesitaba de una verdadera familia.
Hicieron todo lo posible por encontrar a su hermanita; una y otra vez chocaban con la puñetera burocracia, el mutismo de las religiosas y ese funesto “Derecho de confidencialidad” que violaba, desde todo punto de vista, el auténtico “derecho” de aquellos que por diversos motivos fueron dados en adopción. El derecho a conocer y reencontrarse con sus raíces y familiares.
No era feliz. Aunque sus padres adoptivos eran maravillosos y le satisfacían generosamente de afecto, no podía evitar extrañar a su familia, no podía olvidar. Su nueva familia aún sabiendo que probablemente lo perderían, no pretendía retenerlo por la fuerza. De manera que, aunque no era el mejor momento, puesto que todavía muchas heridas seguían abiertas, hicieron todos los preparativos y regresaron a España, con la intención de encontrar a sus parientes.
A comienzos de la primavera, tras un largo viaje a través de Los Pirineos, llegaría a la tierra que le viera nacer. Volvía a su hogar. En ésta ocasión, el trayecto le resultó emocionante, colmado de esperanza y alegría. Disfrutaba del paisaje que pasaba ante sus extasiados ojos. Estaba viviendo uno de los días más felices que jamás olvidaría. Su largo exilio se iba esfumando con cada columna de vapor que brotaba de la locomotora. Atrás solo quedaba un gran dolor, su pequeña hermana, cuyo rostro temía olvidar por culpa del tiempo y la distancia.
Llegaron a Pequeña Estación, en donde sus padres adoptivos conservaban una casita de campo. Desde la gran finca de cultivos, podían distinguirse los trenes que iban y venían, de pasajeros y de carga, atravesando praderas y montes. Mientras ayudaba a sus padres en las faenas de la granja, soñaba con recorrer kilómetros y kilómetros sobre esas vías, a través de pueblos y valles. Ser maquinista, o tal vez guarda, daba igual. Picando los boletos a los pasajeros, conduciéndolos a sus hogares, o simplemente de paseo. El tren no solo se llevaba a la gente lejos de su tierra, también los devolvía a ella. Les llevaba su correspondencia, y por qué no, les descubría el mundo que les rodeaba, a través de sus ventanillas. Imaginaba que aquellos sitios en los que no llegaba el ferrocarril eran como pueblos fantasmas, aislados, condenados al olvido.
Por las tardes, se acercaba a la estación y conversaba con los empleados, quienes habían empezado a apreciar al “francesito”, como le llamaban por su acento al hablar. Iba hasta el andén y cuando llegaba el tren, se prestaba a dar su ayuda al maletero, llevando el equipaje de los viajeros que lo requerían. Así fueron sus comienzos como “empleado de Pequeña Estación”. La gente se había acostumbrado a verlo y por su servicio, le daban propina. Cuando la estación quedaba desierta, se sentaba a descansar, mientras escuchaba las anécdotas de Don Pedro, el encargado más veterano. De cuando en cuando, le permitía subir a la locomotora y llegar hasta el final del trayecto. Un pueblecito minero situado a unos treinta kilómetros. Una vez allí, enganchaban los vagones con la carga y regresaban hacia la gran ciudad, dejando al muchacho en su estación. El entusiasmo le desbordaba.
Sin embargo, como sucede con los buenos tiempos, duran poco. Sisto fue convocado a cumplir con el servicio militar. Nuevamente era arrancado de su hogar, para hacer algo que, según su opinión, no tenía ningún sentido: entrenar para la guerra.
Para esa época el mundo estaba sumido en guerra, unos contra otros. No sabía por cuánto tiempo estaría lejos y tendría que esperar para ir en busca de su familia biológica. Estaba pasando los últimos días en Pequeña Estación y su ánimo no era el mejor. La tarde del último sábado que le quedaba antes de marchar, fue a charlar con sus amigos de la estación. Aprovecharía a hacerse de unas “pelas”, acarreando equipaje y evitar pensar en la partida. El tren proveniente de la gran ciudad, llegó con varios pasajeros. Entre ellos un cura, muy mayor. Por la cantidad de maletas, parecía que se mudaba. Sisto, apresuradamente cogió las más grandes. No fue capaz de moverlas.
—¡Dígame, Padre!, ¿está mudando su iglesia en las maletas? —Le preguntó jadeando Sisto.
Al párroco le causó gracia la ocurrencia del chaval, y entonces se dispuso a explicar:
—¡No, muchacho, de ninguna manera! Lo que sucede es que vengo a pasar una temporada a casa de mi hermano y cuando uno empieza a hacer las maletas parece que todo va a necesitarse. Además mis libros..., siempre llevo algunos, ¡y cómo engañan! No parecen muchos, pero pesan lo suyo. Pero dime, ¿cómo te llamas?, ¿no eres de aquí, verdad? —Le indagó.
—Sisto es mi nombre. Y sí, soy español, si a eso se refiere. Pero he vivido en Francia por algunos años, por eso el acento.
Entonces ambos se quedaron mirando. Sisto notó que el cura le miraba con una expresión entre sorpresa y alegría. A su vez, la cara del sacerdote le resultaba familiar.
—¡Sisto! ¿No me recuerdas? Soy el padre Felipe, de la parroquia de Valleverde.
Al escuchar ese nombre el muchacho soltó las maletas, haciendo gran estruendo al caer y se abalanzó hacia el hombrecillo regordete, quién a causa del sobresalto casi termina rodando por el suelo. Pero los fuertes brazos de Sisto le evitaron la caída al aferrarlo, estrujándolo en un emotivo abrazo, al tiempo que lloraba, como jamás lo había hecho. El curita se conmovió profundamente y comprendió que había mucho para contar y escuchar.

ZeltiaG
Keidiano de ley
Keidiano de ley

Cantidad de envíos : 180
Localización : Galicia
Puntos : 8572

Ver perfil de usuario http://elmundodezeltia.blogspot.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: "DON SISTO, UNA VIDA SOBRE RIELES"

Mensaje por ZeltiaG el Miér Jun 03, 2009 1:42 am

Lo cierto es que, cuando debía partir cargando con la pena de tener que separarse “otra vez” de lo que ahora era su familia y su casa, desde el cielo, le enviaban un consuelo. El poder reencontrarse con su pasado y tener noticias de los suyos.
Pronto la estación quedó desierta, de modo que se acomodaron en la salita de espera. Sisto, atropelladamente le contaba a grandes rasgos por todo lo que había pasado y la dicha de estar con una buena familia..., pero que no eran sus padres.
En ese punto, el Don Felipe le rogó que se serenara y le escuchara. Le habló de los tiempos difíciles que sobrevinieron, poco después de que ellos partieran a Francia.
—Mira muchacho, mucha gente desaprobó contundentemente la acción de tus padres, al “venderlos” a desconocidos. Esa era la versión que circuló. Algunos sabíamos la verdad, mas no podíamos decir nada..., ese maldito pacto de silencio. ¡Que Dios me perdone! —Susurraba, mientras se persignaba—. Tus padres corrían peligro, y tus hermanos mayores se negaron rotundamente a abandonarlos. De manera que, previendo los acontecimientos horribles que se avecinaban, resolvieron que los más pequeños deberían irse. Pero sería tan solo por un tiempo. Dios sabe que los amaban profundamente y fue el sacrificio más grande que alguien puede hacer: renunciar a lo que más se ama.
—...Entonces, ¿qué les pasó? —Preguntó compungido, como quién espera lo peor.
—Lamento decirte que... —hizo un alto para suspirar, mientras trataba de buscar las palabras adecuadas—, me temo que probablemente seas el único superviviente de tu familia. Claro, sin contar a la pequeña, de la que no tienes noticias. No te proporcionaré detalles. No tiene sentido añadirte más sufrimientos, lo que puedo decirte es que lo que no diezmó la guerra, con todo lo que ella acarrea: carencias, hambre...matanzas injustificadas, lo hizo la tuberculosis. En nuestro pueblo, familias enteras literalmente se extinguieron. En cosa de meses. Tu familia no fue la excepción.
La terrible tragedia narrada por el cura, hundió en un mar de lágrimas al pobre Sisto. Jamás imaginó que no volvería a ver con vida a ninguno de sus seres queridos. Fue otro duro golpe. Sin embargo su familia y los amigos de la estación, no le dejaron solo. Los últimos momentos antes de partir, recibió todo tipo de demostraciones de apoyo y afecto, además de una hermosa despedida. Mientras subía al tren con su maleta, su madre le abrazó y le dijo que era alguien muy especial y que de haber tenido un hijo, no le hubiera podido querer tanto como le amaba a él. Que no sufriera, que para cuando regresase, sabría con total certeza que volvía “a casa” para siempre, y por supuesto Pequeña Estación le estaría esperando, con muchos amigos y afecto. El sol saldría una vez más para Sisto.
De repente, me detuve a mirar por la ventanilla y, con gran sobresalto, me percaté que estaba a punto de pasarme de mi destino. Cogí mi bolso y le grité a Vicente, el guarda, que iba a bajar allí. Se sonrió. Ya me conocía por mis despistes. Descendí del tren y me planté en el medio del andén, no sabía hacia dónde tenía que ir. Me encontraba muy nerviosa. Estaba a punto de tener una entrevista con un importante editor, en la que se jugaba la oportunidad de mi vida. Al mismo tiempo, el seguimiento de la vida de Don Sisto me había atrapado de tal forma que no podía postergar mis apuntes, ya que mi cerebro seguía casi compulsivamente hilando los sucesos.
Una mujer me hizo pasar a la oficina del editor. Me dijo que tomara asiento y luego se retiró. Mientras esperaba, volví a mis anotaciones. Tenía la sensación de que si no lo hacía, olvidaría todo cuanto venía a mis recuerdos. Me doy cuenta de que hay muchos “vacíos” en la historia, datos que desconozco.
En cuanto a Sisto, regresó y tal como le pronosticara su madre, fue para siempre. Todo el pueblo le esperaba con júbilo y para su familia fue un día festivo. En Pequeña Estación le aguardaba una sorpresa: sería el nuevo guarda de los servicios de corta distancia. Don Pedro, el encargado, lo había propuesto con excelentes referencias. Más feliz no podía estar. Unos días más tarde, estaba en el andén luciendo orgulloso su uniforme gris. Ida y vuelta, pasaje y carga. Nada parecía poder robarle la sonrisa que llevaba a todas horas.
Solo tenía agradecimiento para con su pueblo y su Pequeña Estación, que aunque seguía siendo vetusta, su servicio era uno de los mejores. Cuando las locomotoras empezaron a ser reemplazadas por los trenes eléctricos, muchos pueblitos que “no daban la talla” para merecer una estación de ferrocarril eran confinados a la desaparición, junto con sus gentes. Sisto luchó junto con los habitantes de su pueblo para que no cerraran su futuro simplemente porque no había viajes frecuentes. Él mismo, cuando no estaba de turno, fue quién dio forma a los bosquecillos circundantes. Puso flores, canteros, plantó árboles, convirtiéndola en un atractivo lugar de descanso y recreación. Venían de muchos sitios para pasar sus vacaciones. Pequeña Estación, no cerraría. Para una fiesta local, entre un grupo de turistas, vino una muchacha que se enamoró del pueblito... y de Sisto. Un año más tarde, volvería para casarse con uno de los tíos más enrollados de esos parajes: Sis...para los íntimos.
Una voz, saludándome, me sobresaltó. Me levanté del asiento, como un resorte. Mi bolso, bolígrafo y cuaderno, terminaron en el suelo. Le estreché la mano y torpemente me agaché a recoger mis cosas. Histérica, abochornada y torpe. No podía estar resultando mejor la entrevista.
—Deje que le ayude —me dijo el editor, a quién al parecer mi desventura le causaba mucha gracia, al tiempo que recogía mi libro de notas—. ¿Bosquejos para una nueva obra? Si no le importa, deseo echarle un vistazo.
Antes de que pudiera negarme o tan siquiera reaccionar, éste se acomodó en su gran sillón y comenzó a pasar hoja, tras hoja. Durante todo el rato que estuve allí, que me parecieron horas, sentía deseos de salir corriendo y no regresar jamás. Repentinamente, levantó la mirada y con un gesto de extrema gravedad, me dijo:
—¿Para cuándo cree que puede tener la obra completa?
Me quedé sin palabras, y eso en mí, es casi imposible. ¿Así sin más? ¿Y la dificultad, las contras..., las preguntas, ¿para cuándo? La situación me había cogido por sorpresa y empecé a sentir que estaba mostrándome como una mema.
—Un mes, plazo máximo..., pero si es demasiado...
—Un mes está perfecto. Por supuesto, quisiera hablar....
Lo que siguió, era lo que esperaba en un principio. Cerré el trato de mi primer libro no escrito, aún y todavía no lo creía. Por increíble que pareciera, Don Sisto me había ayudado a conseguir lo más importante que me pasaba en años. Feliz, como Sisto con su uniforme nuevo, me dispuse a despedirme de “mi” editor, para regresar a casa. Antes de salir de la oficina, me llama y me dice:
—Quisiera pedirle un favor. Sé que ustedes, los escritores, son muy escrupulosos...pero, ¿podría adelantarme qué sucede con Don Sisto?
¿Se refirió a mí como una escritora?, pensé mientras mi orgullo estaba a punto de explotar de felicidad. Le expliqué que en realidad la historia de Don Sisto había surgido esa misma mañana y que lo que él había leído era un conciso recuento de la vida de éste personaje. Que debía buscar más información y hablar con algunos de los mayores del pueblo para proveerme de más detalles.
—Sin embargo, sí puedo anticiparle que tuvo una vida de provecho, junto a su amada Eugenia, unos hijos hermosos y que muy pocos en este mundo han sido tan estimados como Don Sisto. Era un alma romántica y sensible, aunque la vida había sido muy dura con él. Las amarguras le encanecieron siendo aún joven y a los setenta años ténía el aspecto de alguien que ha visto pasar el siglo. Como no podía ser de otra forma, sus últimos años también le reportarían pérdida y dolor. Parecía estar condenado a vivir, sobreviviendo a todos sus seres queridos. Conforme pasaba la vida, se acostumbró a perder. Sus padres, su amada esposa y luego sus hijos. Sin embargo en la nobleza de su espíritu, soportó cuanto pudo los embates de la vida con la mejor disposición.
Pero la entereza y la cordura le fueron abandonando poco a poco, convirtiéndolo en ese pobre chaladito que de vez en cuando sonreía o arreglaba los canteros de flores en primavera y que en rara ocasión cruzaba palabra con alguien.
En mi humilde opinión, perder la razón fue una dádiva del cielo. De alguna manera le permitió vivir sus últimos momentos sin el terrible peso de la soledad y las viejas heridas. Su vida pasó a ser sencilla y sin malas historias. Dedicaba su tiempo a vagabundear por el pueblo. Nadie le molestaba y era dueño de hacer cuánto quisiera. Los días de lluvia, subía al tren y hacía el trayecto de ida y vuelta. Por supuesto, jamás pagó un billete. Era como si le perteneciera y la gente de Pequeña Estación lo entendía así. A su modo, al final fue feliz.
Los últimos días que le vieron, ya parecía no encontrarse bien. Probablemente, en un atisbo de lucidez presintió que llegaba su hora y aunque los vecinos le insistían de que debería ver al médico, éste se empecinaba en pasar el día sobre el tren viajando ida y vuelta. Miraba a través del cristal y de vez en cuando se le escapaba una sonrisa. Se deleitaba observando sus bosques, sus valles, su Pequeña Estación. Así, una tarde de primavera, arrullado por el trajinar de su tren, Don Sisto se dormía para siempre. Se despedía de éste mundo, realizando su último viaje, como era natural, en tren.





ZeltiaG
Keidiano de ley
Keidiano de ley

Cantidad de envíos : 180
Localización : Galicia
Puntos : 8572

Ver perfil de usuario http://elmundodezeltia.blogspot.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: "DON SISTO, UNA VIDA SOBRE RIELES"

Mensaje por Manu López el Miér Jun 16, 2010 9:03 pm

buenisimo el relato Sandra, me encanto. Por esta zona mía, el tren queda bastante lejos por lo que había un señor que se encargaba de llevar y traer , viajeros y paqueteria, ahora ya no para el tren hace muchos años, mis hijos alucinan cuando ven uno, vamo como antes nosotros un avión, un abrazo

Manu López
Keidiano de ley
Keidiano de ley

Cantidad de envíos : 139
Edad : 51
Localización : Los Santos de Mainona
Puntos : 7329

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: "DON SISTO, UNA VIDA SOBRE RIELES"

Mensaje por ZeltiaG el Miér Jun 16, 2010 9:13 pm

JO! Es cierto... en Argentina hay líneas que dejaron muchos pueblos del interior sin servicio...lo que les dejó casi en pueblos fantasmas. Con las distancias que hay allí y sin forma económica de llegar, incluso para las mercancías... eso fue la muerte! Es una barbaridad... pues brindaban no solo un servicio para el correo, trabajo a mucha gente, sino también la vida... conexión con el resto de los pueblos y ciudades.
Caray! Lo cierto es que el disfrute de ver los paisajes desde el tren... no se compara con viajar en buses o en automóvil...
Un abrazo y Gracias Manu... me alegra te aya gustado!

ZeltiaG
Keidiano de ley
Keidiano de ley

Cantidad de envíos : 180
Localización : Galicia
Puntos : 8572

Ver perfil de usuario http://elmundodezeltia.blogspot.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: "DON SISTO, UNA VIDA SOBRE RIELES"

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 12:15 am


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.