Zona KeideII (2)

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Re: Zona KeideII (2)

Mensaje por Bertu el Miér Dic 16, 2009 11:14 pm

51. El episodio en el que Willy habla más que el perro (básicamente porque el perro no aparece)


—¿Qué pasa allí fuera? —preguntó Dani sentado en su batería mientras escuchaba la voz de una mujer en la entrada de la casa.
—Voy a ver —dijo Hyun Suk capturando la última mandarina que quedaba (a falta de porros).
En el sótano se quedaron los dos miembros restantes, Dani y Willy, ya que Iván hacía dos días que no aparecía sin haber dicho nada, y Bertu solo acudió en principio para verlos tocar, pero terminó capturando una guitarra (sin quemar).
Rápidamente escucharon el sonido de un móvil sonando y aquella voz femenina desapareció. Hyun Suk regresó.
—Viene una tía en tu casa y nos lo perdemos, hay que ver.
—¿Y Bertu? —preguntó Willy.
—Se ha ido con Eva... o con Albert... No lo he entendido muy bien ¿Mandarinas?
—Te las has tragado todas, Hyun Suk —dijo Dani.
—Pues voy a comprar más —dijo capturando su chaqueta Hyun Suk.
Willy y Dani volvieron a quedarse solos.
—Creo que hoy vamos a practicar poco. Nos vemos —dijo Willy finalmente.
Dani se quedó plantado, por enésima vez, en su batería.

Finalmente Eva, Bertu y su padre habían podido entrar a visitar al padre de Eva. Padre e hijo salieron pocos minutos después, dando la oportunidad a Eva de permanecer un rato con su padre.
—Bueno ¿Vamos a casa? —preguntó Bertu.
—¿Irás al partido? Hoy jugáis en casa.
—Me olvidé —dijo Bertu poniéndose las manos en la cara—. Vale, vayamos a casa a por las botas ¿No?

Gabriel caminaba por su casa. Su dolor de cabeza ya le había pasado un poco, pues la banda había dejado de tocar, aunque solo quedaba su hermano en el sótano practicando con la batería con la ayuda de su MP3. Se encontró con su madre en la cocina.
—¿Cómo van los estudios, Gabriel? Con tantos hijos es difícil ser autoritaria e imperativa con todos.
—Pues que bien. Bueno, van como siempre.
—Y... ¿Lo otro?
—¿A qué te refieres?
—A las chicas.
—Ah, como siempre, también.
Su madre se acercó.
—Cuando he salido al balcón he visto salir a Eva y a Bertu.
—Sí, son primos.
—¿En serio?
—Eso dicen, bueno, supongo que son primos.
—¿Has hablado con Marisa últimamente?
—Mamá —dijo Gabriel cansado—. Me duele la cabeza ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?
—Esto es una madre intentando que su hijo se independice otra vez. Sin ánimo a ofender, claro ¿Quieres una aspirina?
—No, no gracias. Creo que este dolor de cabeza no se va a ir nunca.
—Aún no me has respondido a la primera pregunta.
—Eh... no, no he hablado con Marisa. El otro día me llamó.
—Al menos ha dado el primer paso.
—¿A qué te refieres?
—Bueno Gabriel, se ha interesado por ti. ¿Qué te contó?
—Me dijo que... lo estaba pasando bastante mal en el campus. Ya sabes, hizo aquel papel en aquella serie, si es que se puede decir así, y ahora... se encuentra con las consecuencias.
—Hijo, no soy psicóloga, pero creo que Marisa te necesita.
—¿Tú crees?
—Es más, creo que ambos os necesitáis. ¿Vais a seguir reñidos para siempre? Si es así, adelante pero... espero que tu lecho de muerte no sea en una habitación de un hospital, solo, y recordando como malgastaste tu vida.
—¿Te estás pasando un poco, no?
—¿Tú crees? Yo solo te digo cómo combatir tu dolor de cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó Sole a Alan, pues a este le costaba ir recto por la calle.
—Sí, es solo que el coñac...
—Vamos a sentarnos —dijo Sole señalando un banco.
Una vez ya sentados, Alan continuó la conversación, pronunciando las palabras con dificultad.
—Así que... eh... mi jefa, es la jefa... digo es la tía de...
—Magui —dijo finalmente Sole al ver que Alan no terminaba su frase.
—¿Pero Magui, Magui? —preguntó Alan en un intento de alejar su vergüenza.
—Magui, la que confunde su izquierda con su derecha cuando conduce.
—Magui.
—Sí, Magui.
—Madre mía —dijo Alan cubriéndose la cara—. ¿Cómo me ha podido pasar esto? Pero si odio a aquella mujer.
—¿Desde cuando te gustan las... maduras?
—Desde nunca, creo —dijo Alan.
—Esto... olvídate de esto ¿Sí?
—Como si fuera tan fácil... Menudas curvas, qué movimientos, qué...
Sole carraspeó.
—Perdona —dijo finalmente Alan—. Que Magui no se entere ¿Vale?
—Bueno, allá tú —dijo Sole levantándose.
—¿A dónde vas? ¡Sole! Ayúdame a levantarla. Digo, a levantarme.

Willy estaba caminando por las calles de Gerona. Era tarde y ya era de noche. Todas las luces navideñas se habían encendido. Fue en aquel momento en el que vio a Mónica hablando con un chico. Se acercó.
—Hola —dijo Willy.
El chico que acompañaba a Mónica parecía algo mayor que él. Iba en una moto. Después de un beso bastante dudoso a Mónica (Willy no apreció si fue en la boca o en la mejilla), aquel tipo se largó.
—Hola —dijo Mónica peinándose el pelo hacia atrás.
—¿Cómo va todo?
—Bien. ¿Tú? ¿Aún sigues con la banda?
—Sí, gracias por el contacto.
—De nada —dijo sacando un pintalabios de su bolsillo y maquillándose sus labios.
—Esto Mónica...
—¿Sí?
—He pensado... en... espera. Vuelvo a empe... Quería pedirte que salieras conmigo.
Mónica se rió.
—Willy, en serio. Muchas gracias, pero ya te habrás dado cuenta que no soy el tipo de chica que está con un chico así... en serio, como quieres tú ¿No?
—Bueno... eh... en realidad.
—Gracias por pedírmelo, Willy. Pero... encontrarás a alguien mejor.

Música: Trading Yesterday – Love Song Requiem

Mónica iba por largarse, pero Willy la detuvo.
—No estoy seguro de esto —dejó su brazo—. Creo que eres una chica muy inteligente, además de guapa.
—Willy... eso es...
—He visto los trabajos que haces en clase, las notas de los exámenes, leí tu trabajo de investigación ¿Tuviste un 10, verdad?
—Sí, es verdad. Pero... no soy más que una chica que...
—No, no te mientas a tí misma. Eres...
—¿Qué? —rió Mónica.
—Especial —dijo finalmente Willy—. Bueno, tan solo... quería que... supieras lo que siento por ti. Eh... adiós.
—Un momento, Willy.
Ahora fue Mónica la que no dejó marchar al chico.
—No sé a donde irá todo esto pero...
Se acercó a sus labios y le besó.

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Re: Zona KeideII (2)

Mensaje por Bertu el Jue Dic 17, 2009 11:36 pm

52. Melafó 2.0

El estadio estaba medio vacío, o medio lleno, según como se miraba. Hacía bastante frío. La mayoría de padres no se acercaron para ver a sus hijos jugar. El arbitró calentó incluso más que los jugadores. Las luces ya hacía rato que estaban encendidas.
—Vale chicos. La Bisbal es un equipo muy ofensivo ¿Vale? Es imposible frenar a los dos negros que tienen por delante, son muy rápidos y van muy bien de cabeza, además pueden chutarte de treinta metros y marcarte sin problemas. Lo que vamos a hacer, es presionar en el medio del campo y forzar el fuera de juego. Quiero faltas ¿Vale? No os cortéis. Ya encontraréis el límite.
Bertu intentaba concentrarse en las indicaciones de su entrenador, pero hoy fue un día muy movido, y su cabeza no se encontraba allí.
—Vale, alineación... veamos.
El entrenador indicó a los once jugadores y les indicó a cada cual un contrincante a marcar y un par de instrucciones.
—Los otros, al banquillo. Vamos, vamos.
Bertu volvía a ser suplente. Y empezó el partido.

—¿He llegado tarde? —preguntó Roy entrando en el apartamento de José.
—Da igual, no quedamos a ninguna hora en concreto ¿Qué traes? —dijo José fijándose en una bolsa de plástico que llevaba Roy en la mano. De ella salió un peluche.
—¿Un peluche? —preguntó confundido José.
—Keidell es más que un simple juguete —dijo Roy capturando el peluche y abriéndole por la mitad. Del interior salieron unas pequeñas bolsas cubiertas de cierto polvo blanco—. Adivina qué es.
—Cocaína —dijo José sujetando una de las bolsas.
—En efecto. Ronald vio que aquí no pedía hacer nada más, y buscó otro lugar en el que las irregularidades y los beneficios son los mismos. China.
—¿Me estás diciendo que Ronald usa estos muñecos para comerciar con China?
—Y también con el exterior, José. Es difícil que los de tráficos de drogas se fijen en estos sencillos peluches.
—¿De donde obtiene la droga?
—Eso no lo sé. Por eso lo estoy cazando.
—Así que eres de esos que se dedican a perseguir a los camellos ¿Eh?
—Más o menos, sí.

Ya se notaba demasiado el frío en el parque. Willy estaba sentado en un banco al lado de Mónica frente a una plaza llena de palmeras.
—Buff... que frío —se quejó Mónica.
—Toma —dijo Willy quitándose su abrigo y prestándolo a la chica que se rió—. ¿Qué?
—Nada, creía que no quedaban caballeros. Ten —dijo devolviéndosela—. Me tengo que ir Willy.
—Oh —dijo Willy sin saber qué decir—. Eh... ¿Puedo...
—¿Sí?
—¿Podríamos quedar otra vez?
—Claro que sí —sonrió Mónica—. Esta es una de las mejores primeras citas que he tenido.

Bertu miraba pasar como la pelota botaba una y otra vez. Los jugadores de la Bisbal eran más altos que sus compañeros y todo el rato intentaban pasar la pelota por encima de sus cabezas con la intención de encontrar a un delantero desmarcado. Quizás es por el frío que el partido no fue muy violento y la mayoría de jugadores se limitaron a correr de una banda a otra del campo, malgastando infinitas de gol que nunca llegaron dentro de la meta.

La segunda parte fue algo diferente. Los contrincantes se habían puesto las pilas en el descanso y ahora eran ellos los que habían optado por una táctica agresiva, que hizo subir al medio del campo. La Bisbal tenía más técnica, y eso se notó enseguida. En una pasada que rompió la espalda del defensa, uno de los dos delanteros africanos se desmarcó y se encaró solo delante de la portería. El otro defensa que quedaba no tuvo más remedio que hacer penalti, y fue castigado con una tarjeta amarilla. En pocos segundos ya habían perdido por un gol.

Ahora la moral de los contrincantes había aumentado y no dejaban salir al equipo de Bertu del centro del campo. Fue en una falta cometida cerca del área, que pudieron aprovecharse de un descuido de la defensa rival y en el que el delantero estrella del equipo, y principal enemigo de Bertu por la titularidad, consiguió lograr un tanto que empataba el partido de nuevo. Uno a uno y treinta minutos para el final del encuentro.

—Bueno, me voy —dijo Roy capturando lo que quedaba del peluche en el suelo.
—Un momento, me has contado todo esto. ¿Para qué?
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué me has contado todo esto de mi hermano?
—Todo llegará.
—Quiero saberlo ahora —dijo José alzando su tono de voz.
—Necesitamos tu ayuda.




•°o.OмαgυιO.o°• se ha conectado

•°o.OмαgυιO.o°• dice:
holaaaa

(5 minutos más tarde)


«S σ ι ε » ۞ Everything eventually will end {escribiendo} dice:
buenas ^^

•°o.OмαgυιO.o°• dice:
¿¿Alguna novedad??

(30 minutos más tarde)

«S σ ι ε » ۞ Everything eventually will end {escribiendo} dice:
emmm... nop, creo que no nuse




El partido estaba bastante igualado. El equipo de Bertu estaba desgastado físicamente, ya que eran los contrarios los que llevaban la posesión, pero aún así, podían continuar con la fortaleza detrás en la defensa. Pero todo cambió cuando el jugador estrella del equipo, archienemigo de Bertu cayó al suelo. Se había torcido el tobillo.
—Mierda, mierda, mierda —dijo el entrenador poniéndose las manos en la cabeza.
Los contrincantes se relajaron.
—Bertu —dijo el entrenador—. ¿A qué esperas? Vamos, escalfa, escalfa. Mierda, mierda, mierda.
Bertu obedeció. En dos minutos llegó incluso a sudar y estuvo listo para salir al campo. El entrenador no paraba de darle instrucciones, la mayoría inútiles. Bertu estaba seguro que incluso le dijo que “la pelota se chuta con el pie” y “es gol cuando se mete la pelota dentro de la portería contraria, recuerda, la contraria”, pero por algo que no sabía, no podía concentrarse en el partido. Tenía diez minutos.

Empezó mal. Perdió las dos primeras pelotas que tocó, cosa que provocó la ira del entrenador. A la tercera pelota perdida, que fue falta, Bertu vio como el entrenador mandaba a calentar a otro delantero ¿Se atrevería a cambiar a Bertu después de cinco minutos jugados? Tendría cierta lógica, si es que el entrenador se conformaba con el empate y quería perder tiempo pero... ¿Se atrevería con cambiar a un jugador que solo jugó cinco minutos?

El otro equipo cambió a uno de sus dos jugadores africanos. Estaba exhausto. En su lugar entró un chico que parecía un enano, comparando con el subsahariano.

Bertu recibió una pelota, consiguió regatear a dos jugadores e intentó pasarla a un compañero a la banda para que centrara, pues los centro-campistas no se conformaban con el empate y habían subido al área. Pero Bertu fue derribado por un contricante. Le dolía la pierna. Incluso creyó que el taco de la bota del rival había quedado marcada en su pierna.
—Venga, no hagas comedia —dijo el que hizo la falta golpeando más violentamente que amistosamente su espalda. Bertu se levantó del suelo y entonces dijo la frase que resolvía todas las polémicas posibles en un partido.
—¡Kneel before Zod! —dijo encarándose al que le hizo la falta.
—¿Qué? —dijo este que no entendió nada y se acercó a su defensa mirando con un gesto de incomprensión.
—¡Bertu! ¡Bertu! —gritaba el entrenador—. ¡Acércate!
Bertu obedeció.
—Quiero que vayas a la defensa, eres alto y no es que vayas mal de cabeza.
—¿Que me quede atrás? Podemos marcar ahora. Además, me hicieron la falta a mi.
—Vamos Bertu... no lograrás marcar. Quédate detrás y no la cagues ¿Eh? Ah, luego te cambio por Joan y así perdemos tiempo. Venga, corre hacia atrás.
—Voy —dijo Bertu obedeciendo otra vez. En menos de veinte segundos se encontró allí, solo en su defensa mientras observaba como sus compañeros preparaban la falta metros delante, donde debería de estar él.
¿Qué estaba pasando? ¿Era aquello lo que le gustaba del fútbol? ¿Defensar un empate y quedarse detrás para no molestar a sus compañeros? ¿Ser el suplente? ¿Incluso ser el suplente del suplente? Entonces, gritó. Miró a su entrenador. Estaba concentrando mirando la última jugada, no quedaba tiempo.

Bertu corrió hacia adelante.
—¡Eh! ¡Bertu! ¡Te he dicho que te quedes atrás!
Sonó el silbato. Ya se podía lanzar la falta.
—¡Imbécil que nos marcan!
—¿Sabes a quién van a marcar? ¡A tu madre! —dijo Bertu que ya había atravesado el medio del campo.
—¿Cómo has dicho? —gritó enfuriado el entrenador.
Ya se había lanzado la falta. La pelota golpeó contra la cabeza de un jugador que se encontraba en la barrera. Bertu logró tocar la pelota y evitó que saliera a fuera de banda. De repente se encontró con toda la barrera que había defendido la falta que se acercaba a él, intentando arrebatarle el esférico.
—¡Pásala! —gritaba el entrenador desde la banda.
Entonces Bertu hizo una finta e hizo creer a los contrincantes que iba a pasar la pelota, pero en realidad se dirigió directo a portería. Pasó la pelota a un compañero, pero este estaba demasiado marcado y le pasó otra vez a Bertu que se encontraba delante de dos contrincantes. Intentó un regate muy forzado que no le salió bien, aún así, la pelota aún se encontraba entre sus pies. Encontró un hueco entre los dos jugadores y un tercero que venía a marcarle. Pasó por en medio y, entrando prácticamente al borde del área, se giró de espaldas y chutó a portería.

Gol.

El árbitro pitó el final del partido cuando los contrincantes sacaron el servicio en el medio del campo. Tres puntos para el equipo.
—Bien chico —dijo finalmente el entrenador a Bertu—. Bien hecho.
—Ya —dijo Bertu cabizbajo. Se quitó la camiseta—. Tomé.
—¿Qué quieres que haga con esto?
—No sé —dijo Bertu detuviéndose, ya que había emprendido el camino hacia los vestuarios—. Quémela.

Mañana

—Y entonces me di cuenta que me había equivocado. Así que... os pido que me dejáis volver —pidió Bertu delante de Hyun Suk, Dani, Willy e Iván.
—¿Cinco? —dijo Hyun Suk mirando a la banda.
—¿Qué te parece? —dijo Willy a Iván.
—¿Tocas la guitarra? —preguntó Iván a Bertu.
—Sí. Aunque perdí un poco la práctica.
—Bueno, esto se arregla —contestó Iván.
—¿Eso significa que puedes entrar? —preguntó Bertu.
—No —dijo Hyun Suk—, eso significa que te marchaste sin dar motivos y te comportaste como el imbécil que eres, pero necesitamos a alguien feo en el grupo, así que venga, volvamos al ensayo que tenemos trabajo que hacer.
Bertu se rió.
—¿Sabes quién es fea, Hyun Suk?
—No te atreverás —rió Bertu.
—¿Vamos? —dijo Dani jugando con la batería.
—Uno, dos, uno dos tres y...

—Ya empezamos —dijo Gabriel tragándose la aspirina.

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Re: Zona KeideII (2)

Mensaje por Bertu el Miér Dic 23, 2009 8:46 pm

53. Nieve, neveras y Navidad
Música: Coldplay – Shiver

Pocos días después

Las tiendas de la ciudad estaban llenas de gente. Las obras del AVE dificultaban cada vez más el aparcamiento en el centro de la ciudad. Las bicis que habían impulsado el ayuntamiento empezaban a tomar importancia. La ciudad no había llegado a ver la nieve aún, aunque hacía cinco días que llovía. Aún así, los ciudadanos salían con el coche a comprar los regalos para sus hijos. En una tienda cercana a la estación, se encontraban Gabriel y Salva.
—¿Crees que le gustará a mi hermana? —preguntó Gabriel mostrándole un peluche a su amigo.
—No sé... ¿A ti te gustaría que te lo regalasen?
—¿A qué viene eso? —preguntó Gabriel extrañado.
—No sé, es lo que decía mi madre cuando tenía que decidir qué regalar. No es muy buen criterio en algunos casos...
—Ah, bueno. No es que me guste a mi este regalo, no —dijo Gabriel dejando el peluche otra vez en la estantería—. ¿Qué Salva? ¿No vas a comprar nada?
—Aún no lo sé. Mis hermanas ya son autosuficientes, piden el dinero directamente.
—Qué suerte tienes —dijo Gabriel rebuscando entre los juguetes—. Nosotros tenemos que hacer eso de cagar el Tió.
Salva capturó un colgante de una estantería.
—¿Vas a hacerles un regalo a tus hermanas? —preguntó Gabriel que parecía haberse decidido por un peluche de un gato gigante.
—¿Cómo? No, no es para mis hermanas.
—¿Y entonces para quién es?
—No es cosa tuya —dijo Salva dirigiéndose a la salida con el colgante.
—Bueno, bueno —dijo Gabriel sacando el gato de la estantería.
Los dos se dispusieron a pagar.
—Oye ¿Estás seguro que este peluche cabe debajo del Tió?
—Es verdad... —dijo Gabriel—. Bueno, espera.
Se dirigió otra vez en las estanterías y sacó el primer peluche que vio.
—¿Qué? —dijo al ver que Salva le miraba atentamente—. Ni que mi madre se pasara tanto tiempo en seleccionar mis regalos. Vamos, que va a empezar a llover.
—¿Y el peluche grande? —dijo Salva viendo que Gabriel ya salía de la tienda.
—Ah, llévalo.
—¿Para quién es?
—Eh... tampoco es cosa tuya.

Se escuchaba el sonido del reloj. Tic-tac. Tic-tac. Tic.
—Tac —dijo Dani que estaba estirado en su sofá.
—¿Ninguna idea? —dijo Iván que intentaba tocar la guitarra sin hacer ruido.
—Creo que voy a meter mi cabeza en la nevera, a ver si así me viene alguna idea —dijo Willy.
Hyun Suk se levantó del sofá y arrastró a Willy hasta la nevera.
—¿Qué haces? —preguntó Willy pegado en la puerta del frigorífico.
—Ah ¿No lo decías en serio? —dijo Hyun Suk confundido.
—¡Claro que no! Aunque a lo mejor funciona. Te haré una señal si tengo demasiado frío —dijo Willy poniendo su cabeza en el interior de la nevera. Hyun Suk se puso detrás para empujar.

En aquel momento entró Bertu en el sótano, y vio a Hyun Suk y a Willy en aquella postura.
—¿Qué pasa? —preguntó Bertu confundido.
—No es lo que parece —dijo Iván.
—Ah, ah, ah —empezó a gemir Willy.
—¿Estás seguro? —dijo Bertu.
—¡Sácame de aquí! —dijo Willy.
Hyun Suk empujó a Willy hasta afuera.
—Me congelaba —dijo Willy con hielo en la cabeza.
—Bueno, será mejor que haga ver que no he visto nada —dijo Bertu capturando una guitarra.
—¿Tienes alguna idea, Bertu? —preguntó Iván.
—¿Idea de qué?
—Tenemos que hacer nuestras propias canciones y enviarlas a la discográfica.
—Veamos, no no tengo ninguna —dijo finalmente Bertu.
—Mierda —dijo Hyun Suk sentándose otra vez en el sofá.
—Un momento —dijo Bertu, que empezó a tararear. Todos le miraron estupefactos.

Día muy activo en la tienda de electrodomésticos e informática. Alan se había pasado el día substituyendo a una empleada que atendía a los clientes en el teléfono. La mayoría llamaban para saber qué días la tienda estaría abierto. Finalmente terminó su turno. Muchos estudiantes aprovechaban aquellos días para buscarse un trabajo y ganar un poco de dinero, y la jefa, decidió acortar por unos días los turnos de los empleados fijos aunque cobraran el mismo salario. La verdad es que esa forma fue para evitar polémicas por no haberles pagado el salario doble de Navidad.

Alan se despidió de sus compañeros, había empezado a hacer amigos allí. Su padre, pero, había sido despedido. Alan se encontró con su jefa, hablando con unos señores vestidos de corbata por el pasillo central.
—Entonces bajaremos los precios de Sony un 5% y los de Toshiba un 10%. Ahora vuelvo —logró escuchar Alan, que se giró. Sorprendido, se encontró con su jefa dirigiéndose hacia él.
—Hola —dijo ella.
Alan asintió con la cabeza.
—¿Has terminado ya tu turno?
—Sí.
—¿Te importa esperarme en el despacho?
Alan no supo como reaccionar. Finalmente, volvió a asentir.

—¿Qué pasa allí fuera que es tan entretenido? —preguntó José a Roy. Estaban sentados en un avión, que iba dirección a Pequín.
—Nada. Solo que parece que está nevando —dijo Roy alejándose de la ventanilla y sonriendo a José—. Pronto llegaremos.

—¡Muy buena! —dijo Hyun Suk finalmente.
—¿En serio? —dijo Bertu sonrojado.
—Sí, sí, sí. Sobretodo el estribillo —dijo Dani.
—Venga, vuelve a cantarla —dijo Hyun Suk dando un golpe amistoso en la espalda de Bertu.
—¿Cómo? —dijo Bertu.
—Que vuelvas... a cantarla.
—No sé, no me acuerdo de como iba.
—¿Cómo que no te acuerdas? —dijo Hyun Suk.
—Sí, mira, el estribillo era... tan... tan tan tan —decía Iván intentando recordar la canción que había improvisado Bertu—. Mierda, no me acuerdo.
—No sé, lo siento... —dijo Bertu, que se sentía atacado por los otros miembros.
—Vale, tengo una idea —dijo Willy.
—Espero que no sea nada relacionado con una nevera —dijo Iván.
—No, no... vamos a grabar los tarareos de Bertu.
—¿Te escuchas alguna vez cuando hablas, Willy? —dijo Hyun Suk.
—Sí, hagámoslo —dijo Bertu.
Willy capturó su mp3 y lo puso en la mesa.
—Venga, ya está grabando. Empieza a tararear —dijo Willy.
Todos miraron a Bertu.
—Ta... ra ra ra... ta ta... Joder, que presión.
—Ánimos —dijo Willy.

En aquel momento la madre entró en el sótano para traer unos batidos de chocolate a los “músicos”.
—Mejor vuelvo en otro momento.

Laura estaba en la tienda de su madre, atendiendo a algunos clientes vendiendo algunos dulces expresamente confeccionados para la Navidad. En aquel momento entró Salva. Laura dejó de hablar.
—Perdone —dijo interrumpiendo la conversación que tenía con un cliente. Se acercó a Salva—. Hola.
—Hola.
—¿Qué quieres? —dijo Laura mirando a su clientela.
—Oh, no es nada... he comprado un colgante. E.. e... es para ti.
Laura lo capturó.
—Gracias. Es precioso.
—Como tú —dijo timidamente Salva que esbozó una leve sonrisa y salió de la tienda.
Laura se quedó plantado unos segundos en la puerta. Sonrió.

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Re: Zona KeideII (2)

Mensaje por Bertu el Jue Dic 24, 2009 5:01 pm

54. Vívela (final de temporada)

Bertu terminaba de tararear otra canción. No lograba recordar la primera que hizo, la buena.
—Venga, otra vez —dijo Hyun Suk poniendo la grabadora a cero.
—Esto es inútil —dijo Bertu—. ¿Alguien quiere traerme agua?
—Os traigo unos batidos, ahora que ya parecéis más mentalmente estables —dijo la madre entrando en el sótano.
—Mamá, ¿Quedan mandarinas? —preguntó Hyun Suk.
—No soy tu madre Hyun, y no, no quedan mandarinas.
—¿Ha ido a la peluquería? —preguntó el coreano.
—Sí, alguien se ha dado cuenta.
—Su nuevo peinado le queda muy bien —dijo Hyun Suk guiñando un ojo.
—¿Qué estás haciendo Hyun? —susurró Dani.
—Bueno, no toquéis muy alto —dijo la madre saliendo del sótano. Empezó a tararear una canción.
—Un momento —dijo Iván—. ¡Para! ¡Para!
—¿Qué? —dijo la madre confundida.
—Esta canción que tarareas... es... es ¡Es la de Bertu!
—¿Ah sí? Seguramente se me pegó de escucharla.
Hyun Suk se acercó a la madre de Dani.
—Venga, tararee.
—¿Qué? —dijo la madre más confundida que nunca—. ¿Se ha tomado algo, Dani?
—Tararea mamá —dijo Dani—. Piensa en tus hijos.
La madre, bajo la mirada de todos, empezó a tararear la canción que se le quedó grabada en la cabeza.

—Tenemos que hablar —dijo Alan al ver que se abría la puerta del despacho. Entró su jefa.
—Vaya, el otro día no eras muy hablador. Aunque claro, tenías la boca ocupada —dijo la mujer con una fría sonrisa. Se acercó sensualmente a Alan.
—Para —dijo retrocediendo.
—¿Qué pasa?
—Tengo que contarte algo... esto no puede seguir así.
La jefa se sentó en su sillón.
—Dime.
—Se trata de Magui.
—¿Conoces a Magui? —dijo la jefa extrañada.
—Soy amigo de Magui, que por lo que tengo entendido, es tu sobrina.
—Vaya... no lo esperaba... —dijo la jefa que empezó a volverse pálida—. Entonces... mi sobrina y tú...
—Somos amigos. Amigos desde la infancia. Es más, llegamos a enrollarnos y... la dejé preñada —dijo Alan cabizbajo—. Perdió el bebé.
—Lo siento —dijo finalmente la jefa al ver a Alan afectado—. Y... Magui sabe que tú y yo...
—No. Pero no creo que pueda mirarla a la cara como antes.
—Por favor, no se lo cuentes. Es... mi hermana me mataría y...
—Intentaré vivir con ello.
Alan se dispuso a salir del despacho.
—Aunque...
—¿Sí? —dijo la jefa.
—Quiero que mi padre vuelva al trabajo. Es un buen hombre y aunque sea algo mayor siempre está atento a los clientes.
—De acuerdo.
—Sí... por alguna razón mi padre es despedido sin motivo alguno. Entonces... le contaré la verdad a Magui.
—¿Me estás amenazando? —dijo la jefa confundida.
—Yo tan solo quiero... que mi padre esté bien.
—Hijo de puta. ¿Lo pensaste todo para que pasara? —dijo la jefa fríamente.
Alan tardó unos segundos en contestar.
—Dejo el trabajo. Adiós.

Salva se encuentra en su pequeño jardín, limpiando los restos que dejó el antiguo árbol de Navidad. Entonces, apareció Laura, cubierta por un grueso abrigo.
—Hola —dijo Salva abriendo el portal.
—Ho... hola. Toma —dijo Laura mostrando el colgante.
—¿No... no lo quieres? —dijo Salva mirando fijamente a los ojos de Laura.
—No, no es eso —dijo Laura dejando el colgante en la mano de Salva y girándose—. Creo que sería mejor que se lo regalaras a tu novia.
—Está bien —dijo Salva capturando el colgante.
Laura se despidió.
—Laura —interrumpió Salva.
—¿Sí?
—¿Te... te gustaría... salir conmigo?
Entonces aprovechando que Laura estaba de espaldas, le puso el colgante en el cuello.
—¿Realmente crees que lo nuestro puede funcionar? —preguntó Laura aún sin girarse.
—No lo sé.
Laura se giró y besó a Salva. Luego esta se alejó y Salva la capturó por la mano.
—Sí que funcionará —dijo Salva, ahora tomando la iniciativa y besándola.

El hospital está lleno de visitas. Hoy muchos familiares se han acercado a ver a los hospitalizados para que estos no se sientas solos en estas fechas. Aunque Eva, ya llevaba unos días durmiendo allí. Gabriel llegó a la planta en la que estaba ingresado el padre de Eva, y se encontró con ella en el pasillo tomando un café.
—Hola.
—Hola —dijo Eva—. ¿Te puedo preguntar qué haces con ese gato enorme?
—Ah ¿Eso? —dijo Gabriel que ya no se acordaba de la presencia del peluche que compró—. Es un regalo.
—¿Para quién?
—Para ti.
—¿Para mi? —rió Eva.
—¿Cómo está tu padre? —dijo Gabriel sentándose a su lado.
—Ahora hay dos médicos en su habitación que le están examinando. Aunque está muy grave, han decidido hacerle la quimioterapia.
—Esto es que aún hay esperanzas —dijo Gabriel.
—Eso me gustaría pensar —dijo Eva que empezó a llorar.
—Eh... eh... venga. Se mejorará —dijo Gabriel abrazándola.
—Lo sé —dijo Eva cabizbaja.
Entonces los dos estaban tan cerca que los labios de Eva se acercaron a los de Gabriel y se besaron. Eva se detuvo.
—Tú no quieres que pase eso —dijo Eva. Gabriel no contestó.
—¿Y tú quieres? —dijo finalmente Gabriel.
—Necesito un amigo, es verdad —dijo Eva—. ¿Por qué somos amigos, no?
—Sí —dijo Gabriel acariciando la mano de la chica. La besó en la frente.
—Venga, vete —dijo Eva cabizbaja—. ¿No hay otra chica que te necesita?
—No, me voy a quedar un rato contigo.
—Ah no Gabriel. Necesito que mi amigo esté feliz para empezar a estar feliz. ¿Lo entiendes? Además, creo que a Marisa le gustará el peluche.
Gabriel sonrió y volvió a abrazar a Eva.

—¿Quién es mi amigo invisible? —dijo Magui mirando a Sole y a Alan.
—Yo —dijo Sole que no pudo evitar escapar una sonrisa—. Toma. Es una colonia.
—Gracias —dijo Magui abrazándola—. Me la pondré todos esos días. Y bueno... el amigo invisible de Sole es...
—Creo que soy yo —rió Alan—. Es algo predecible eso de hacer el amigo invisible con tres personas.
—Puede, pero es el espíritu navideño.
—Toma —dijo Alan ofreciéndole un pequeño paquete a Sole.
—¿Qué es? —dijo Sole.
—Ábrelo.
En el interior del paquete se encontraba un teléfono móvil.
—¿Un celular nuevo? ¡No tenías porque hacerlo!
—¡Claro que sí! —dijo Alan besándola.
—Bueno, creo que nos has superado Alan —dijo Magui—, pero aquí tienes mi regalo.
Magui sacó una caja en el que se encontraban unas gafas de sol.
—¿Unas gafas de sol en invierno? Muy adecuadas ¿no?
—Bueno, me acordé de aquel día que paseábamos y te detuviste en el aparador de una óptica.
—Gracias —dijo Alan besándola—. Os hecharé de menos.
—Un momento ¿Qué quieres decir? —dijo Magui.
—He decidido pasar estos días de Navidad con mi madre.
—Ah, bueno —dijo Magui.
—Y... he pensado quedarme a vivir allí después de las Fiestas.
—¿Te marchas? ¿Pero por qué?
—No es por vosotras —aclaró Alan—, he dejado el trabajo en la tienda y un hermano de mi madre tiene una tienda de electrodomésticos, así que... le he pedido un puesto de trabajo ahora que tengo un poco de experiencia en el sector.
—¿Dejas el trabajo? ¿Pero por qué? ¿No te trataba bien tu jefa? —preguntó Magui.
Alan y Sole se miraron.
—No es eso —dijo Alan—. Venga, acercaros.
Las chicas obedecieron y Alan las abrazó.
—¿Ven a visitarnos, vale? —dijo Magui.
—Lo haré —dijo Alan besándola.

Willy salía del sótano con la guitarra en la espalda y tarareando la canción cuando vio a una chica de espaldas que parecía ser Mónica.
—¡Eh! ¡Mónica! —dijo Willy corriendo hacia ella.
La chica continuó caminando como si nada y Willy la siguió hasta llegar a alcanzar su espalda.
—Mónica.
—¡Déjame! —dijo girándose de golpe Mónica. Estaba llorando.
—Eh, eh, eh —dijo Willy esquivando los golpes de la chica—. ¿Qué pasa?
—No es cosa tuya —dijo Mónica continuando su camino.
—Mónica ¡Mónica! —dijo Willy siguiéndola hasta llegar a un paso de cebra en el que el semáforo estaba en rojo. La abrazó por detrás. Willy escuchaba los sollozos de la chica.

Sai salió de la celda. Esperaba una visita inesperada. Incluso el guardia que siempre le vigilaba parecía tener una actitud diferente. Al entrar en la sala de visitas, se encontró con un hombre vestido de traje.
—¿Puedo ayudarle en algo? —dijo Sai sentándose.
—No, pero yo puedo ayudarle a usted —dijo tendiéndole a la mano—. Podrá abandonar la prisión.
—¿En serio? Vdijo Sai contento.
—Sí. Un juez ha revisado sus delitos y al facilitar la información y la buena conducta, ha decidido enviarle a un centro de recuperación por su adicción con las drogas.
—¿Un centro para drogadictos?
—Así es. Y será juzgado cuando esté recuperado.
—Muchas gracias —dijo Sai estrechándole la mano.
—Aunque... piense que el mayor peligro se encuentra fuera. Algunos culpables que usted facilitó aún no han sido detenidos.
—Entiendo —asintió Sai.

Willy y Mónica se detuvieron en un parque. Las calles andaban completamente transitadas, aunque estaban bastante lejos para ignorar las bocinas de los coches.
—¿Puedes contarme qué ha pasado? —dijo Willy mientras Mónica se balanceaba en un columpio.
—He discutido con mi padre. Y con razón —dijo ella secándose las lágrimas—. Me ha dicho que soy una puta.
—Esto no es...
—Tiene razón —interrumpió Mónica—. ¿Y sabes por qué? Un novio que tuve colgo un vídeo en internet de... ya sabes.
—Dios mío —dijo Willy incrédulo—. ¿Cómo se puede ser tan enfermo?
—Supongo que quería vengarse —sollozó Mónica—. Mi padre... aún no sé como... vio el vídeo y...me ha echado de casa.
Willy se sentó en el otro columpio y acarició la cara de Mónica.
—Estaría enfadado. Ya ves como te llama pidiéndote que le perdones.
—No, esta vez creo que va en serio. Me he quedado sin casa... sin dinero. Sin nada.
—Me tienes a mi —dijo Willy después de unos segundos—. ¿Sabes? Hoy hemos compuesto nuestra primera canción. He escrito la letra ¿Me puedes decir si te gusta?
—Está bien —asintió Mónica.

Willy sacó la guitarra de la funda y empezó a tocar la canción.

Música: Viu-la (Vívela) → Traducida en el post de comentarios

El grupo completo estaba tocando en el sótano la canción que aquel mismo día habían compuesto (por accidente).

Marisa abrió la puerta segundos después de haber escuchado el timbre. Se encontró con un gato gigante y reculó unos pasos.
—Hola —rió Gabriel—. ¿Te ha asustado? Lo siento.
—Gabriel —dijo Marisa sorprendida.

El avión aterrizó en el aeropuerto de Pequín.
—Aquí también hace frío —dijo José sujetándose a su abrigo.
—Venga, vamos —dijo Roy capturando una maleta.
—¿Qué hay aquí dentro?
—Documentación.

—Feliz Navidad —dijo Gabriel entregando el peluche a Marisa.
—¿Es para mi? —preguntó Marisa.
—Sí. Y por favor... Acéptalo. Pesa mucho.
—Está bien —rió Marisa.
—Oh ¿No te gusta, verdad?
—¡No! Sí que me gusta.
Los dos se quedaron mirando.
—Pasa —dijo finalmente Marisa.

Sai capturó sus cosas y se dispuso a salir de la carcel, eso sí, acompañando por un coche de la policía que lo llevaría al centro de desintoxicación.

José se fijó en la gente del aeropuerto. Todos los estaban mirando.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó.
Roy no contestó.

—No hacía falta ningún regalo... —dijo Marisa.
—Perdóname —interrumpió Gabriel.
—¿Qué te perdone el qué? —dijo Marisa.
—Haber sido un imbécil. Quiero volver contigo.
Marisa estaba sorprendida.

José escuchó los gritos de unas personas que se acercaban delante de él.
—¿Qué pasa? ¡Roy! ¿Qué está pasando?
Roy dejó el maletín en el suelo.
Se acercon una docena de soldados chinos vestidos de uniforme que los acorralaron.

—Gabriel... yo...
—¿Podemos volver a empezar? Te prometo que las cosas cambiaran —dijo Gabriel acercándose.
Marisa se rió.

Eva se dispuso a visitar a su padre ahora que los médicos ya lo habían dejado. Al entrar en la habitación escucho un pitido de la máquina en la que estaba conectado su padre.
—¡Enfermeras! —gritó desesperada.

—¡Ah! —gritó José de dolor.
Un soldado le golpeó en la cabeza y le hizo una herida en la altura de la frente. Roy señaló el maletín. Un soldado lo capturó y vio que estaba lleno de dinero.
—¡Roy! —gritó José.
Este dibujó una leve sonrisa y se fue corriendo.

—¿Seguro que las cosas cambiarán? —preguntó Marisa.
—Te lo prometo —dijo Gabriel.
—Está bien —dijo Marisa acercándose a los labios de Gabriel—. Ah, pero es por el peluche ¿Eh?
—Lo tendré en cuenta por otra vez —rió Gabriel.

Eva lloraba desconsolada mientras los médicos intentaban reanimar a su padre.

Sai observaba de nuevo las luces de Navidad de Gerona, ahora desde fuera de las rejas. Empezó a nevar.

José cayó inconsciente al suelo debido a los golpes de los soldados. Estos lo arrastraron hasta el exterior del aeropuerto, hasta llegar a la salida donde los esperaba una camioneta.

Marisa y Gabriel se besaron, dos estaciones después.

José entró en el maletero de la camioneta que se alejaba del aeropuerto. Nevaba.

Continuará...

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