Yellowstone

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de miedo... Yellowstone

Mensaje por Bertu el Lun Ago 10, 2009 2:46 pm

Yellowstone



Capítulo 1: Síntomas


Richard Armitage empezaba sus vacaciones de verano. Unos pocos días en medio del calor del agosto que aún no había decidido donde lo pasaría. Temía la reacción de sus hijo, pues éstas serían las primeras vacaciones sin su madre. Estaba un poco atareado preparando el almuerzo mientras su hijo pequeño, Mike, estaba en su habitación jugando con la Play Station. Su otra hija, Danielle, casi no daba señales de vida desde que estudiaba en la universidad de Utah.

En aquel momento en el que cocinaba, el teléfono fijo de su casa empezó a sonar con un ruido que no era demasiado normal.
—¿Señor Armitage? —decía la voz dulce de una mujer.
—Sí —dijo Armitage poniendo las herramientas que utilizaba al frigorífico.
—Hemos encontrado unos objetos de su padre.
Richard se calló unos segundos.
—¿De qué se trata?
—Es una libreta llena de escritos.
—Eh... no me interesa, la podéis lanzar. Mi padre se dedicó a escribir sus propias locuras...
—¿Entonces lo tiro?
—Sí, tírelo.
—Verá... es que en la portada dice: “Para mi hijo Richard: un día os servirá”.
Richard dudó.
—Está bien, lo vendré a buscar.
—Oh, no hace falta ¿Quiere que se lo envíe por correo?
—Sí, gracias.
Después de despedirse, Richard escuchó unos pasos que bajaban las escaleras. Los de su hijo Mike. Iba vestido completamente de negro, cosa que hacía resaltar la palidez de su rostro que también tenía su padre y las uñas pintadas del mismo color de la ropa. Era bastante bajito y delgado, llevaba el peinado de un color castaño peinado hacia un lado. Una calavera se dibujaba en la camiseta.

Mike se acercó a la cocina y capturó un cuchillo.
—Ni que se te pase por la cabeza —regañó el padre.
Mike bajó la mirada y dejó el cuchillo otra vez en la mesa. Se sentó esperando el almuerzo.
—¿Sabes? Ahora yo también tengo vacaciones.
—¿Te han echado? —preguntó Mike jugando con el tenedor.
—¡No! Tengo una semana de fiesta. ¿Quieres ir a algún lugar?
—¿Vendrá mamá?
—No —dijo rápidamente Richard—. Mamá tiene mucho trabajo.
—¿Crees que no sé que os habéis separado?
Richard suspiró.
—Sí, lo siento... Pero mamá tiene trabajo. Por eso estás conmigo.
—Ya... —soltó Mike.





Parque de Yellowstone

Unos niños de un campamento de verano cercano a Yellowstone llegaron con un autobús a la entrada del parque. Enseguida quedaron asombrados por las fotos que el guía les mostraba del volcán del parque, aunque no se dirigirían allí. Al bajar, se acercaron a pie por una zona que era difícil de acceder para los vehículos con dirección a un taller. Se encontraron con una multitud de turistas, probablemente alemanes que no dejaban de hacerse fotos. Un niño, cansado por el paseo, preguntó varias veces al guía.
—¿Cuándo veremos al oso Yogi?
—Ya llegamos —dijo finalmente el guía ante la impaciencia del niño.
Se acercaron al interior del bosque donde un cartel con el nombre “Bienvenidos a Jellystone”. Llegaron a una pequeña cabaña hecha de madera aunque era evidente que en realidad aquel material era plástico. Entraron y no se encontraron con nadie allí dentro.
—¿Y Yogi? —preguntó el mismo niño?
De repente escucharon unos gritos de el exterior y el guía salió para ver de que se trataba aquel sonido. Vieron a un hombre vestido de oso mientras se quitaba el vestido nerviosamente.
—¿Qué pasa, George? —dijo el guía acercándose.
Aquel hombre pronunció con dificultad “gas”. Le faltaba la respiración. El guía le ayudó a quitarse el disfraz. Pero ya era demasiado tarde. Los turistas curiosos se acercaron a la escena.
—Está muerto —susurró el guía.
Todos se sobresaltaron. Entonces, el guía vio que detrás de los arbustos se levantaba un humo extremadamente blanco.
—¡Lárguense! ¡Es peligroso! ¡Ahora, rápido!
Los niños empezaron a chillar. Los turistas se fueron corriendo. El guía capturó al muerto y lo llevó por la espalda pero vio que no podía. Dejó el cadáver allí y acompañó a los asustados niños hasta un lugar seguro.





Mientras Richard fregaba los platos escuchaba las noticias que se emitían en la televisión. Mike estaba jugando con las postres, unas fresas que parecía que no le convencían.
—Vamos, Mike. Sé que te gustan las fresas —se quejó el padre.
—No...
Richard se centró en el televisor, que parecía que era el único que le daba la razón, o al menos no le llevaba la contraria.
Debajo del presentador surgió un pequeño panel blanco con las palabras “última hora” en naranja. El texto que le seguía era el siguiente “Fuga de gas en el parque de Yellowstone. Al menos una persona muerta”.


En la estación del parque de autobuses de Yellowstone, los turistas hacían cola mientras esperaban los vehículos. Todos estaban extremadamente nerviosos y querían largarse lo antes posible de allí. Los guardias se repartían por el bosque llevando cada uno unas caretas para así no respirar los gases tóxicos.
—He encontrado a George —dijo uno de ellos.
El guardia se acercó al cadáver que parecía mirarlo con los ojos salidos.
—¿Has visto la fuga? —preguntó otro guardia.
—Estoy en ello.
Entonces vio un agujero bastante grande en el suelo que nunca antes había visto.
—Parece que la he encontrado.
—¿La fuga sigue activa?
El guardia observó detenidamente el agujero.
—No... parece...
En aquel momento una violenta columna de agua caliente salió del agujero y atacó al guardia que no se esperaba aquello.
—¿Qué ocurre? —preguntó otro guardia por el transmisor.
Pero no obtuvo respuesta de su compañero, sino de la naturaleza. Un terremoto sacudió el parque. Un autobús que se largaba se encontró con unas grietas en la carretera y el conductor al intentar esquivarlas volcó el vehículo. El autobús empezó a incendiarse.

El terremoto solo duró unos segundos, suficientes para aterrar a las personas que se encontraban allí. Después la columna de agua se levantó aún más y fue visible para todos los del parque. Segundos después también se desvaneció.




Richard estaba conmocionado mientras escuchaba las últimas noticias de Yellowstone.
—Papá... —susurró sonoramente.

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Mensaje por Bertu el Miér Ago 12, 2009 1:57 pm

Capítulo 2: Memorias


Hace setenta años

Un guardia llevaba un pequeño grupo de niños junto a un cura. La escuela estaba situada en Salt Lake City, una ciudad que cada vez crecía más y más gracias al turismo neoyorquino, ahora aficionado a las bajas temperaturas y al esquí.

Era primavera pero el frío en cotas elevadas como aquella era considerable, unos dos grados centígrados. Aún así, el sol estaba radiante y los bisontes eran visibles. El trailer que llevaba a los niños tuvo que ampliarse con un remolque que llevaba dos niños dentro. Albert Armitage, en cambio, estaba sentado en uno de los asientos traseros del vehículo mientras observaba a una familia de bisontes a lo lejos de una pradera semi-cubierta de nieve.
—¿También hay lobos? —preguntó Albert entusiasmado.
El guardia asintió mientras tomaba una curva. Estaba claro que no era un hombre al que le gustaran los niños, y menos los niños con una curiosidad casi infinita.

El trailer se detuvo en medio de una elevación donde el suelo estaba marcado por múltiples roderas. Un cartel de “no tiren basuras” se encontraba a pocos pasos de allí.

Continuaron subiendo la colina cuando empezaron a caer copos de nieve. Se encontraron con un cartel más grande que el anterior que decía prohibido cazar. El cura parecía no soportar demasiado el frío pero en cambio los niños parecían disfrutar de aquella visita al Parque Nacional de Yellowstone, el primero de los Estados Unidos.
—Ahora acercaros —dijo el guardia con desgana.
Todos le siguieron hasta llegar a un lado de la colina.
—Y observad la belleza de América —dijo el guardia al mismo tiempo que los niños descubrían con la vista el gran volcán del parque. Todos estaban asombrados, incluso el guardia parecía algo emocionado aunque hubiera hecho aquel recorrido todos los días. El volcán; una fusión de verde, azul, amarillo y naranja que se dibujaba en el medio de los bosques, como si la natura lo hubiese puesto allí expresamente para contemplarlo.




Richard capturó las llaves de su coche dentro de una pequeña cesta llena de caramelos de menta y se dirigió a la acera del frente donde tenía aparcado su Chevrolet. Mike salió de la casa tímidamente y preguntó a su padre el porqué de aquella “huída”.
—Volveré enseguida.
—¿Vas a ver a aquella mujer?
Entonces Richard se dio cuentas que no había hecho las cosas bien. Estaba saliendo con una mujer que conoció en la tienda de electrodomésticos en la que él trabaja y no quería que sus hijos, sobretodo Mike, lo supieran hasta que estuvieran listos.

Mientras conducía pensaba en esas ideas ¿Estaba listo Mike para aceptar a otra mujer para su padre? Pero se dio cuenta que era él el que aún no estaba preparado, ya que no había superado la separación con su mujer y madre de sus hijos.

Entre emociones encontradas y ocultas, finalmente aparcó en una de las plazas de parking que quedaban libres cerca de la Residencia de Ancianos Brook, el asilo en el que su padre, Albert Armitage, pasó los últimos años de su vida.

Entró en la residencia y se encontró con una joven dependienta de cabello oscuro en la entrada.
—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó la chica con sus ojos saltones, insinuándose quizás.
—Soy Richard, Richard Armitage...
—Ah, señor Armitage —interrumpió la chica—. Ya le dije que no tenía que molestarse.
Se levantó de su sillón mostrando su esbelta figura y se dirigió al interior de una de las habitaciones cercanas.




Hace un año

Richard tuvo que terminar su jornada laboral en la tienda de electrodomésticos dos horas antes de lo previsto por culpa de una llamada telefónica del hospital que lo cambió todo. Su padre había sido trasladado al centro médico por una urgencia que no podía ser tratada en la Residencia de Ancianos.

El hijo se encontraba en medio de unos improvisados atascos en una de las carreteras generales de Salt Lake City. Tardó media hora más de lo previsto. Finalmente llegó al hospital, tercera planta. Vio a dos doctores que trataban a su padre, débil como nunca antes lo había visto. Tenía los ojos vagamente abiertos, como si se acabara de despertar o tuviera mucho sueño. Esperó unos segundos en la puerta hasta que un doctor salió y le preguntó si era de la familia.

Richard se sentó en una de las dos sillas libres de la habitación. Parecía que su padre aún no había percibido su presencia.
—¿Papá? —dijo en voz baja Richard mientras los doctores conversaban con términos puramente médicos, quizás por la gravedad del paciente.
—Richard, hola —dijo Albert con dificultad para articular.
Albert se quedó observado el techo, perfectamente pintado de blanco.
—Todo va a salir bien —dijo el hijo intentando tranquilizar a su padre.
—Nada... va a salir bien —dijo Albert con un tono de voz que mostraba algo de enfado. Los médicos dejaron de hablar y se acercaron al paciente. Albert los miró de reojo y les ordenó que se alejaran. Los médicos, después de varias miradas entre ellos, asintieron y salieron al exterior, observando detrás de la puerta.
—Me muero, hijo —dijo Albert Armitage tajante.
Richard no sabía como reaccionar al ver a su padre siempre lleno de vitalismo diciendo aquello.
—No ahora —dijo Richard observando uno de los aparatos a los que estaba conectado su padre. Vio que tenía las pulsaciones bajas.
—¿Qué más te da que me muera, Richard? Nunca me creíste.
Richard se giró y observó a su padre. Unas lágrimas brotaban en el rostro pálido y lleno de vejez.
—Eres un catastrofista, pero... no importa ahora.
—No ha importado nunca —el paciente sujetó un brazo en la barandilla de la cama—. ¿Sabes por qué empecé mis investigaciones? Todo sucedió dos días después de visitar Yellowstone. Soñé... que me encontraba delante del volcán, observando la fauna del parque y de repente todos caían lentamente al suelo, de golpe. Yo me acerqué a un lobo, ya estaba frío. Entonces vi que estaba a escasos metros de lo que es el volcán y la temperatura subió desmesuradamente. Me quemaba vivo. Luego pareció que el sueño había terminado, pero no. Estaba en mi casa cenando, un túnel de lava entró por la puerta y se llevó a toda mi familia. Luego vi como la lava también se llevaba a mis amigos, al cura, a la ciudad...
Albert dejó de hablar. Su hijo se levantó de la silla y llamó a los médicos. La mirada del padre estaba perdida observando la ventana de la habitación que estaba cerrada. Albert levantó un dedo de la mano izquiera y susurró “acércate” a su hijo. Los doctores permanecían en un profundo silencio.

Richard se agachó y puso su oreja a escasos centímetros de la boca casi cerrada de su padre.
—Llegará un día que te arrepentirás... pero te perdono, yo estaré allí... ayudándote.
De repente la máquina de la habitación empezó a emitir un sonido y Richard escuchó el último soplo de aire que quedaba en los pulmones de su padre salir por su boca. Los doctores salieron rápidamente de la habitación y ordenaron a Richard que también hiciera lo mismo.

Observó como intentaban reanimar a su padre desde la puerta. Mientras recordaba las últimas palabras mencionadas por su padre.




La dependienta llegó con una libreta cubierta de polvo, solo limpia en la parte en la que llevaba la inscripición. Richard le quitó el polvo y se despidió de la dependienta apresurándose hacia el coche. Al subir, leyó lla primera frase de la primera página. Empezaba así:
“Hola hijo, vuelvo a estar contigo”.
Luego un dibujo del logo del parque de Yellowstone ocupaba una página. Ahora unas letras rojas en cursiva escritas a mano decían lo siguiente:
“Empieza con la irrupción de otro géiser y surge un terremoto que sacude el parque y las zonas cercanas a un radio de dos quilómetros del punto en el que se originó”.
Después terminaba la página. Richard tragó saliva y siguió leyendo.
“¿Todavía no me crees?”, decía la página siguiente únicamente con esa frase.

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Mensaje por Bertu el Lun Ago 17, 2009 4:07 pm

Capítulo 3: Alarma

El periodista Robert Smith se preparaba en su sillón las preguntas que le habían pasado. Un hombre bastante mayor se sentó en el sofá que se encontraba a escasos centímetros de la mesa en la que estaba sentado Smith. El realizador hizo una señal y Smith se acomodó en el sillón. Una sintonía empezó a sonar.
—Buenas noches, estamos preocupados por lo que puede ocurrir en el Parque Nacional de Yellowstone pero en realidad no sabemos casi nada sobre el tema. Con nosotros tenemos a James Lawrence, especialista en sismología y catedrático de la Universidad de Salt Lake City desde hace treinta años. Señor Lawrence, buenas noches ¿Debemos preocuparnos?
Lawrence bebió un trago del agua que le habían puesto.
—Verá, las condiciones que se esconden dentro del parque para un sismólogo son excepcionales. Tenemos un cráter de 40 a 60 kilómetros de diámetro. Con solo imaginarse eso ya se ve que es bestial, pero aún es más crítico cuando sabemos que dentro de este volcán se encuentra una gran cantidad de magma. ¿Qué provoca eso? Con la gran cantidad de calor que trasmite el volcán se han originado unos diez mil géisers en lo que al parque se refiere. Los acontecimientos de ayer... podrían no ser una alarma, pero la erupción de gases tóxicos es bastante preocupante, la verdad, estos gases se encuentran en unas capas bastante interiores de la Tierra.
—Entonces, hay peligro —preguntó Smith que se encontraba con la exclusiva del siglo.
—El volcán de Yellowstone no está dormido para nada, en los últimos años hemos notado un aumento bastante considerable de actividad volcánica. También hay otro aspecto que quizás sean simples estadísticas que no sirvan pero nada pero creo que se deben al menos puntualizar. El volcán, estadísticamente, entra en erupción cada 600 o 700 mil años y según nuestros estudios, la última erupción se produjo hace unos 650 mil años.
Hubo un silencio inquietante. Robert Smith aprovechó aquel momento para crear más tensión de la que había.
—¿Qué pasaría si el volcán entrara en erupción?
Lawrence dejó el baso en la mesa.
—Que Dios nos bendiga.




Richard obligó a su hijo que subiera al coche. Se dirigían hacia el Parque Nacional de Yellowstone.
—¿A donde vamos, papá? —preguntó Mike mientras se quitaba y se ponía el cinturón de seguridad.
—Ya lo verás —dijo Richard que iba a una velocidad algo elevada.
En aquel momento Mike se fijó en un cartel amarillo que decía “Parque Nacional de Yellowstone”.
—¿Vamos al Parque de Yellowstone? Pero si las noticias decían...
—No me distraigas ¿Vale? —dijo Richard capturando con fuerza el volante.
—El abuelo decía que no debía ir nunca allí.
—¡Calla! —gritó Richard desesperado, observó por un momento el asiento del co-piloto donde se encontraba la libreta de su padre. Mike, asustado, se limitó a estarse quieto y a observar la carretera.

Una hora después, el coche se encontró con una retención. Aún faltaban unos veinte kilómetros para llegar al Parque Nacional. Una gran multitud de coches se detenía en medio de la carretera impidiendo el paso en ambos sentidos. El coche de Richard ocupaba él solo el carril, nadie más iba a la misma dirección que él. Unos policías rodeaban la zona y dejaban pasar a los coches de uno en uno con una lentitud que provocó que muchos conductores bajaran de sus vehículos para criticar a los agentes. Richard bajó de su coche y se dirigió hacia un agente con la libreta de su padre en la mano.
—No puede pasar —soltó el agente que estaba centrado en el control del tráfico.
—Puedo ayudar —dijo tímidamente Richard.
—¿En serio? Coja mi pistola y dispare a todo aquel que insulte a mi madre.
—No... no es eso. Creo que en esta libreta se encuentran los acontecimientos que van a pasar en Yellowstone.
El agente observó perezosamente la libreta.
—Lárguese ¿Vale?
—No lo entiende, este texto predijo con exactitud el nuevo géiser y el terremoto.
El agente se mosqueó.
—Vale Nostradamus, deme su libreta, le daré un vistazo.
Capturó el cuaderno y intentó partirlo en dos. Richard estuvo atento y golpeó al agente para que no hiciera aquello. La libreta cayó el suelo. Todos los agentes rodearon a Richard apuntándolo con las pistolas mientras las personas que estaban en el tráfico ovacionaban a Richard. El agente que había sido golpeado por Armitage se levantó del suelo e hizo su propio contraataque, empujando a Richard y embistiéndolo contra el suelo. Mike salió del coche para interesarse con su padre. El agente pateó dos veces las costillas de Richard que restaba adolorido en el asfalto de la carretera.

En aquel momento un vehículo semi-blindado se acercó a la escena por la misma dirección de donde vino Armitage. El coche se detuvo entre los agentes.

Un hombre mayor, alto, con barba bastante blanca, poco pelo en la cabeza y unas gafas bastante gruesas salió del vehículo y se acercó a los agentes. Era James Lawrence. Luego, del mismo vehículo salió una joven rubia, alta y ojos azules con una camisa bastante apretada. Lawrence saludó a los agentes y se fijó en Richard que aún permanecía en el suelo junto a su hijo que intentaba levantarlo.
—¿Eres el hijo de Albert Armitage? —dijo Lawrence deteniéndose delante del aturdido Richard. Él asintió con la cabeza y se levantó lentamente del suelo.
—¿Qué hacéis aquí? —dijo Lawrence prestando un pañuelo a Richard, ya que le sangraba el labio inferior.
—Mi padre... escribió... en esta libreta... los acontecimientos que están ocurriendo ahora en Yellowstone.
Lawrence permaneció en silencio unos segundos, donde parecía meditar.
—¿Cuando escribió eso tu padre?
—En los últimos años de su vida —respondió Armitage.
La chica que acompañaba a Lawrence rió al ver que Mike la estaba mirando y el niño se sonrojó y se escondió detrás de su padre.
—No le hagáis nada —dijo Lawrence a los agentes. Lawrence y la chica volvieron a subir en el vehículo y se adentraban entre el tráfico en un carril que estaba expresamente vacío para ellos.
—¡Espere! —gritó Richard sujetando la libreta—. ¡Después del primer terremoto es muy importante evacuar a todas las personas que se encuentren a un radio de 100 kilómetros, incluso Salt Lake City, ya que la zona de incidencia se ha multiplicado por cinco!
—Este Albert... —susurró Lawrence que logró escuchar los gritos de Richard.
—Pero tiene sentido —dijo la chica que lo acompañaba.
—¿Tu crees?

De repente, en una montaña que se encontraba a un kilómetro de aquella carretera salió un géiser disparado del suelo durante unos pocos segundos. Todos vieron aquello.
Lawrence observó sorprendido a Richard que tomó aire al ver aquello y continuó leyendo.
—La evacuación se debe hacer rápidamente porque pueden surgir nuevos géisers en el radio mencionado.
Lawrence se acercó a Richard y capturó su libreta.
—Está bien —dijo asintiendo con la cabeza. Richard y Mike dejaron su vehículo abandonado allí y subieron en el de Lawrence y la chica que se alejó de allí y se dirigía hacia un lugar más seguro.

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